Cómo piensa y qué hace la generación malcriada de los veintipico, que exige la satisfacción inmediata de sus deseos y busca la gratificación instantánea. Una declaración de principios a favor de la vocación y el placer, de la autogestión y el riesgo.

¿Qué estás haciendo en este momento? Probablemente, la respuesta sea “leyendo esta revista”. Está bien. Afinemos la pregunta: ¿qué estás haciendo en este momento de tu vida? ¿Lo que te apasiona? ¿No? Entonces, ¡empezá! En pocas palabras, esta es la filosofía de la época. Con la retórica de una secta positivista, una declaración de principios a favor de la vocación y el placer, de la autogestión y el riesgo. Una diatriba contra la rutina del trabajo de oficina que te esclaviza de 9 a 18 y cuya recompensa (el aguinaldo, las vacaciones, ¡la jubilación!) llegará después de mucho tiempo de esfuerzo y sacrificio. Es la filosofía de los millennials, la generación de aquellos nacidos y criados entre 1981 y 1995, que en sus veintipico exigen la satisfacción inmediata de sus deseos y que buscan la gratificación instantánea.

 

Si es cierto que en tiempos de relaciones virtuales uno puede quedarse en pijama todo el día pero sería imperdonable que no mantenga vital y atractivo su perfil en las redes sociales, la ambición de sus mayores será considerada la más alta renuncia frente al patrón: convertirse en el empleado del mes.

 

“Son criticados por ser impacientes, malcriados y, sobre todo, por tener un título universitario.”Así empieza el artículo que la periodista Leslie Kwoh publicó el año pasado en The Wall Street Journal y que, para los rancios banqueros que leen el diario de negocios neoyorquino, patentó el fenómeno y certificó el ingreso en sus empresas de la Generación Y, aquella que no le debe ninguna lealtad ciega al señor gerente y que insiste más en disfrutar la carrera que en la ambición de llegar a la meta: el 54 por ciento de ellos planea abrir su propio negocio. Una tiranía de la “relación de dependencia” marcó los vínculos laborales de sus padres, tíos y abuelos.

 

Los baby boomers de las décadas del 60 y 70 limitaban el espacio de trabajo a la oficina, con responsabilidades claras e individuales, un sistema de ascensos casi militar y una certeza: el trabajo terminaba a las 6 de la tarde. Recién entonces podían aflojarse la corbata. “Los más viejos enseñaban a los más jóvenes, porque los años de experiencia llevaban al crecimiento dentro de una compañía”, explica el didáctico cortometraje All Work and All Play, que suma cientos de miles de reproducciones en YouTube. “Pero los baby boomers trabajaban mucho y eso tenía que ver con un alto sentido de la disciplina y el honor. Los sacrificios diarios garantizaban el sostén de la familia y ellos sabían que la recompensa llegaría aunque tardara un largo tiempo”.

 

En un mundo de incertezas, con el apocalipsis anunciado en cada atentado terrorista o crisis económica, ¿quién puede esperar hasta la jubilación para permitirse el disfrute? En los 80, la arrogante generación de yuppies, que protagonizó novelas como American Psycho o películas como Wall Street, redefinió la relación entre trabajo y recompensa. Dotados de tarjetas de crédito corporativas, trajes con el precio de un auto usado, un celular del tamaño de un ladrillo y, a veces, cuantiosos sobrecitos de cocaína, se convencieron de que el éxito era una fruta para disfrutar en la juventud, y ya no en su madurez. El ascenso laboral se basaba en los méritos, no en la experiencia. “En esta lógica supercompetitiva, un buen guardarropa y una tarjeta personal ayudaban a cerrar grandes negocios y a expandir su red de contactos”, se dice en All Work and All Play. “La jornada laboral fue extendida al happy hour, y esta mezcla de la vida personal con la profesional convirtió al workaholic en objeto de admiración, incluso en alguien sexy.” Pero entonces llegaron los 90. Y el 2000, con su amenaza de aquelarre informático.

 

Si un teléfono inteligente es todo lo que hace falta para trabajar, los millennials se metieron la oficina en el bolsillo.

 

 

La empresa como lugar de paso

 

“La generación malcriada quiere cambiar el mundo”, se lamentó el tradicionalista diario español ABC en un extenso reportaje sobre las nuevas fuerzas laborales que alcanzaron la mayoría de edad en el cambio de milenio. Los gerentes de saco y corbata están desconcertados. Según una encuesta realizada por la agencia Optimum Media Direction (OMD), el 76 por ciento de los millennials comparte una certeza: “Mis jefes pueden aprender mucho de mí”. Sobreestimulados e hiperconectados, la recompensa por el trabajo bien hecho ya no toma la forma de quince días en enero, del medio aguinaldo en junio o de un incierto bonus a fin de año: es el omnímodo placer de hacer lo que se quiere. Siempre. La velocidad con la que se conectan marca el ritmo de sus agendas laborales. Los proyectos a largo plazo no los estimulan. Si una generación anterior se esmeraba en cumplir con el viejo adagio peronista (“de casa al trabajo y del trabajo a casa”) con la ambición de recibir diploma, medalla y reloj al cumplir 25 años como empleado, para sus hijos la empresa no es más que un lugar de paso. “Por lo general, son descriptos como apáticos y desinteresados, aislados y egoístas”, escribió Chelsea Clinton, la hija del ex presidente yanqui, en la revista Time.

 

Conectados con el mundo a través del Wi-Fi, pudieron estudiar carreras universitarias gracias a la relativa prosperidad de sus padres y, siempre pendientes de un berretín esteticista, suelen tener oficios o profesiones vinculados con el diseño, el arte o la comunicación. Son hedonistas en pleno ejercicio de sus derechos de disfrute. Ella misma, una millennial arquetípica, Chelsea Clinton aceptó el desafío de Time de confirmar o rebatir los mitos fundamentales creados alrededor de su propia generación: lo único que los mueve es el dinero (no tan verdadero: es más importante el placer); son maníacos de los celulares (verdadero); están obsesionados con las redes sociales (verdadero); son terriblemente impacientes (verdadero). El tiempo se mide en menciones de Twitter, y el espacio, en los pulgares azules de su muro de Facebook. Si el desprecio por el trabajo esclavo los anima en su anhelo de la independencia, la tecnología plantea una paradoja imprevista: las computadores portátiles, los smartphones, los espacios de trabajo compartidos, el home office, los archivos en la nube y la posibilidad de administrar sus horarios permiten que trabajen día y noche, siempre disponibles como una farmacia de guardia. En cualquier momento y en cualquier lugar se puede completar una planilla de cálculo o diseñar una presentación en PowerPoint. La pesadilla orwelliana toma la forma de una conexión constante. “En este entorno económico riesgoso, la energía, la inteligencia, el amplio conocimiento y el dominio de la tecnología de los jóvenes de la Generación Y serán esenciales para todas las organizaciones de alto rendimiento”, publicó la consultora Deloitte en un informe dedicado al fenómeno.

 

Una vez más, las empresas de afanes voraces intentarán que sus empleados sean parte del inventario: si es cierto que para el año 2025 el 75 por ciento de la fuerza laboral en los Estados Unidos estará copada por los millennials, para entonces las grandes compañías llenarán los pasillos de mesas de ping-pong o metegoles.

 

Y repetirán su oferta, imposible de rechazar: podrán quedarse en pijama todo el día, pero la jornada laboral será de 24 horas.

 

 

“Los millennials son criticados por ser impacientes, malcriados y, sobre todo, por tener un título universitario”, escribió la periodista Leslie Kwoh.

 

 

Cifras que representan a esta nueva generación:

 

 

Usualmente se dice que los millennials son adictos al cambio, que raramente se encuentran satisfechos (su frase de cabecera sería “necesito más”). Se sienten con demasiados derechos (“Todo se trata de mí) y esperan  ser gratificados por cada pequeño logro.

 

 

65% Asegura que las oportunidades de desarrollo personal en un trabajo son el factor de mayor influencia en su carrera.

 

 

17% Valora un trabajo con más de dos semanas de vacaciones. Los esquemas de descanso son la mayor variante.

 

 

92% De esta generación piensa que una educación “para emprendedores” es fundamental en la nueva economía laboral.

 

 

Estado civil

 

21% Casado

 

4% Separado, divorciado

 

75% Soltero, nunca casado

 

 

¿Con qué frecuencia visitan las redes sociales?

 

25% Una vez por semana o menos

 

29% Muchas veces al día

 

20% Día por medio

 

26% Una vez al día

 

 

Top 5 de cosas que hacen único a un millennial

 

Uso de la tecnología

 

Música y cultura pop

 

Liberalismo y tolerancia

 

Inteligencia

 

Ropa y moda

 

 

 

 

 

 

En un mundo de incertezas, con el apocalipsis anunciado en cada atentado terrorista o crisis económica, ¿quién puede esperar hasta la jubilación para permitirse el disfrute?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La verdad sobre los millennials

 

 

El estilo de esta generación se refleja no sólo en su comportamiento, sino  también en su forma de vestir y en los productos que consume. Aquí, algunos datos para entender a esta tribu.

 

 

La edad promedio de  los millennials es de 18 a 29 años    

 

Son también conocidos como la Generación Y    

                                                             

 Tecnología: Dispositivos de música, Facebook y mensajes de texto     

 

9/10 de esta generación posee un dispositivo electrónico

 

90% tienen una computadora personal

 

45% tienen Internet en sus dispositivos móviles

 

Compras

 

Más del 50% frecuentemente comparte información sobre productos interesantes con sus amigos.

 

Los millennials establecen una relación auténtica con los vendedores de los productos que compran.

 

 Trabajo

 

 

 

92% de los encuestados de 21 a 24 años sienten que el sentido empresarial es vital en la nueva economía y en el mercado de trabajo.

 

6/10 empleados millennials han cambiado de carrera una o más veces.

 

 

Skinny jeans y zapatillas cómodas con reminiscencias vintage.

 

 

El gorro para dar un aire juvenil es otro de los ítems indispensables a la hora de vestirse.