Nuestro periodista especializado en rock viajó hasta Barcelona para vivir el festival de música electrónica Sónar. Allí conoció a Lana del Rey y nos trajo su particular visión de la chica del momento.

Así como sucedió en 2007, cuando anotaron en su grilla a Calle 13, que en aquella época, a partir de su hit “Atrévete”, se le consideró erróneamente un grupo de reguetón, los organizadores del festival catalán de música avanzada y arte multimedia Sónar colaron en su programación del año pasado a Lana del Rey, para no perder la costumbre de sumar en la oferta del evento a alguna figura que contrastara con el concepto general y atentara contra la vanguardia sonora que este alienta. No obstante, para los que desde el vamos dudaron del temperamento artístico de la artífice neoyorquina o para los indocumentados sobre su breve obra, la ocasión funcionaría para contemplar su estoicismo en el escenario.

 

Elizabeth Woolridge Grant debutaba en España luego del bochorno en Saturday Night Live, donde desafinó hasta en los silencios mientras presentaba los temas de su segundo disco solista, Born to Die (2012), cuando ya era otro de los fenómenos virales del ciberespacio gracias al clip de “Video Games”, dirigido y editado por ella misma, con más de 20 millones de visitas en YouTube. Así como buena parte de los exponentes de su generación, la cantante de 26 años aprovechó las herramientas digitales para desarrollar su carrera, al punto de que su primer álbum, Lana del Rey a.k.a. Lizzy Grant (2011), apareció nada más que en formato virtual.

 

Pero un detalle la aventaja por sobre el resto de su progenie: su padre y mecenas, el millonario Robert Grant, es un inversor de dominios de internet.

 

Aparte de conocer a fondo el poder y la trascendencia de la web, el otro rasgo que le permitió a esta admiradora confesa de Britney Spears, Frank Sinatra, Elvis Presley y Kurt Cobain alcanzar la popularidad fue el misterio que generó en torno a sí misma, lo que además se encargó de alimentar a través de la polémica y la contradicción.

 

Si bien se ha definido como una artista auténtica, su concepto musical y estético alterna entre la cinta Blue Velvet de David Lynch, el legado del grupo Mazzy Star, el blin blin hiphopero y el estilo de vida del Miami glamoroso. A pesar de su semblante de Barbie con el que desata la histeria y la provocación, se reconoce como católica y adversa a la fiesta, aunque a sus tiernos 14 años se sumergió en el alcoholismo y debió internarse en rehabilitación. 

 

La artista hizo su arremetida tres años después de lanzar Kill Kill (2008) bajo el alias de Lizzy Grant. Mientras Adele se convertía en mamá, Madonna la remaba con MDNA y Lady Gaga lidiaba con la controversia, Lana del Rey recibía el respaldo de los hipsters encontrando en el indie su principal bastión sonoro. Pese a que invocó el barroquismo, flirteó con el narcótico sadcore y retapizó sus temas a punta de remixes llevándolos a la pista de baile, el emprendimiento sonoro de la estadounidense ha sido puesto en tela de juicio a tal instancia que se la compara con la farsa de Milli Vanilli.

 

A la medianoche, en el horario estelar de la versión nocturna del festival, Lana del Rey subió al escenario haciéndose nada más que de un cuarteto de cuerdas, guitarra y piano. Si bien en los 45 minutos de su recital recorrió el repertorio de Born to Die, incluyó algún tema nuevo como “Body Electric” y presentó una puesta en escena retro –amparada en el sepia o en imágenes que rememoraban la vida trágica de los Kennedy–, la artífice de labios carnosos mostró un espectáculo comercial y eficiente, bastante ajustado al imaginario onírico, al tiempo que genuino, que pretende mostrar.

 

Al final del espectáculo, menguaba la muchedumbre en el Sónar Pub: un escenario a cielo abierto, ubicado en el centro de exposiciones Fira de Barcelona, que evidenciaba las bondades del recién inaugurado verano europeo, al que la artífice regresará próximamente con su Paradise Tour. Mientras una porción del público tomaba rumbo hacia el show de Nicolas Jaar, en un galpón contiguo, los fans de Lana del Rey se mantuvieron dando vueltas por el predio con la esperanza de que su ídolo se acercara a saludarlos. Y sucedió lo impensado. La quimera se tornó en un espécimen aún más tangible que no abandonó el espacio hasta complacer la sed de fantasía de su séquito y la de los signados por la casualidad, entre los que se cuenta quien suscribe esta nota, que de paisano se topó con el tumulto y hasta rescató un souvenir fotográfico del momento. Verla, incluso besarle el cachete, provocaba extrañeza, pues era tanta la languidez que despertaba la sempiterna duda: ¿está el alma en los ojos?

 

Se reconoce como católica y adversa a la fiesta, aunque a sus tiernos 14 años se sumergió en el alcoholismo y debió internarse en rehabilitación.