Uno es una figura emblemática de la escena nacional y el otro es famoso, fundamentalmente, por su trabajo en la televisión. Pero ambos, a pesar de las diferencias, comparten la misma pasión por el teatro y los grandes textos.

Alfredo Alcón y Joaquín Furriel habían trabajado juntos hace tres años en Rey Lear, en el teatro Apolo, donde el primero interpretaba al personaje principal y el segundo a uno de sus hijos. En este entonces, nació entre ellos un respeto mutuo y un espíritu de camaradería que continuó desarrollándose el año pasado, en los los camarines del teatro Metropolitan, donde uno actuaba en Filosofía de vida y el otro en Lluvia constante.

 

Hoy, la misma pasión por un texto de Samuel Beckett los vuelve a reunir sobre un escenario, el de la sala Casacuberta del Teatro San Martín. Todas las noches y durante una hora y media son Hamm y Clov, el amo y el sirviente del inquietante mundo apocalíptico que propone Final de partida. El público los aplaude de pie.

 

–¿Qué los motivó a volver a trabajar juntos?

 

Alfredo Alcón: –Fundamentalmente, las ganas. Joaquín me parece que es un tipo que tiene mucho talento y muchas ganas de crecer. No se conforma con lo primero que encuentra, siempre está buscando el límite de las cosas. Un día estábamos tomando un café y me dijo: “Qué ganas tengo de hacer Final de partida”. No estábamos hablando de trabajo, para nada. Pero fue decirlo y me volví a encontrar con aquel que era yo, años atrás, cuando estando en España (haciendo El público, de Federico García Lorca) un compañero me presentó esta obra.

 

Joaquín Furriel: –En mi caso también primaron las ganas de compartir escenas. Porque en Rey Lear trabajamos juntos, sí, pero no compartimos ni una sola escena. Sin embargo, en los ensayos tuvimos empatía y eso aumentó cuando logré conocerlo como ser humano fuera del trabajo. ¡Cómo no querer volver a trabajar con Alfredo!

 

“Con Alfredo compartimos los miedos, las inseguridades, esa intemperie que te propone el teatro, donde hay noches en las que te sentís más querido y otras en las que no.”

 

–¿Qué diferencias y similitudes encuentran entre ustedes, en el plano profesional y personal?

 

A. A.: –Compartimos la misma ambición por los grandes textos, que te hace crecer pero también te humilla porque uno sabe que allá arriba no va a llegar nunca, pero el hecho de tender hacia lo alto te hace crecer. No me doy cuenta si en lo personal tenemos algo parecido, lo que sí puedo decir es que él es un tipo del que nunca tenés que preguntarte: “¿Qué me habrá querido decir?”. Él es como es. Hay gente que es sinuosa; él, en cambio, es de una claridad tal que te hace sentir muy acompañado, porque sabés que está de tu lado siempre, apoyándote. Y si hay algo que no le cae del todo bien te lo dice con el mismo afecto con el que te puede dar las gracias por algo. Es un regalo de los angelitos.

 

J. F.: –Alfredo me hace sentir que tiene los mismos interrogantes que yo y las mismas ganas de que la función ocurra y que se produzca una experiencia vital con el público. Al contrario de lo que algunos creen, que un actor con el tiempo debería ir dejando de lado la experimentación y trabajar sobre seguro, él sabe que la experiencia no otorga seguridad, y por eso se adentra por caminos inexplorados, va por más. Por esto siento mucha cercanía con él.

 

A. A.: –Pero eso no significa que uno no se muera de miedo.

 

J. F.: –Claro. Compartimos los miedos, las inseguridades, esa intemperie que te propone el teatro, donde hay noches (no sé por qué) en las que te sentís más querido y otras en las que no tanto. Y en general todas las noches, después del saludo final, nos vamos caminando juntos hacia los camarines y compartimos un poco qué nos pasó durante esa hora y media. Y eso me une mucho a Alfredo. Después te puedo decir que gracias a él, en un principio pude ser espectador de grandes textos y personajes clásicos. Y luego, cuando empecé a estudiar en el Conservatorio, nació en mí la ilusión de acercarme a esos personajes que le había visto interpretar. De aquellos tiempos tengo recuerdos muy vivos de momentos de Alfredo sobre un escenario de una dimensión extraordinaria.

 

–Alfredo, los actores de su generación sienten devoción por la técnica de la memoria emotiva. ¿Alguna vez la usó?

 

A. A.: –No, ¡la memoria emotiva me parece una porquería! Ponerse a llorar porque se te murió tu abuela para hacer bien un papel es bajo, es ruín.

 

–Y Joaquín, ¿nunca apela a ella?

 

-Sí, yo la uso y lloro mucho. Por suerte se me murieron mis cuatro abuelos, así que tengo para llorarlos a todos (risas). Si bien estudié cinco años en el Conservatorio y después tomé seminarios con diferentes maestros, mi objetivo nunca fue encontrar un sistema de técnicas, sino desarrollar mi potencial como actor más allá de los resultados. Hoy para mí cada obra es un viaje en sí, donde contás con un texto, un determinado direc- tor, una producción, unos compañeros y una sala específica. Y creo que cuanto más “limpio” uno entre en esa experiencia, más se va a sorprender. Es como cuando te vas de viaje a un lugar, si tenés mucha información previa tal vez luego no te sorprenda. Hay algunos requerimientos técnicos que hay que seguir, sí, pero que tienen que ver con lo físico, no con las emociones. Trabajé muy duro, tratando de llegar hasta dónde podía, de acuerdo a los estímulos que me brindaba Alfredo como director.

 

“Joaquín es un tipo del que nunca tenés que preguntarte: ‘¿Qué me habrá querido decir?’. Él es como es. Hay gente que es sinuosa; él, en cambio, es de una claridad tal que te hace sentir muy acompañado. Es un regalo de los angelitos”.

 

–Siempre se habla de la dimensión de Alfredo como actor. ¿Pero cómo es en su rol de director?

 

J. F.: –Es un director preciso, tiene la palabra justa en el momento indicado. Es muy claro con lo que quiere. Lo que más me gusta de él es que no entra en ninguna cuestión intelectualoide ni técnica. Va haciendo que algunas cosas que para mí eran muy difíciles vayan apareciendo de a poquito como accesibles y sobre todo disfrutables. Es un director que, sin ser exigente, quiere que vos disfrutes en el escenario.

 

–¿Y qué opina usted, Alfredo, de Joaquín como actor?

 

A. A.: –Tiene una sensibilidad, una imaginación y una disposición para el juego especiales. Esto lo tiene per se, no se adquiere estudiando. Lo mismo que la presencia, que también tiene. Y no digo que tiene presencia porque sea lindo, sino porque transmite imágenes, aun quieto, sin hacer nada. Hay gente a la que uno le ve la cara o el cuerpo y todo termina ahí. Existe otra, en cambio, que trasciende su físico y genera expectativa. ¿Soy claro o un poquito Cantinflas? (risas).

 

–¿Cómo es para cada uno el ritual del teatro? ¿A qué hora llegan? ¿Realizan ejercicios de relajación? ¿Tienen cábalas?

 

J. F.: –A mí me gusta llegar una hora antes al teatro. No mucho antes porque si no me empiezo a poner nervioso. Paso por el camarín de Alfredo y charlamos un rato. Luego tengo una rutina de veinte o veinticinco minutos de ejercicios para la voz, articulatorios. Y después, sí, si algún día me sucedió algo que me atravesó mucho, no me lo puedo sacar de la cabeza y se me viene encima la función, puedo llegar a apagar la luz del camarín, acostarme en el piso y realizar ejercicios de relajación. No tengo cábalas porque no soy supersticioso.

 

A. A.: –Yo llego una hora y pico antes.

 

Y no es que arribe temprano para ponerme a pensar en mi personaje, no. Lo hago para de alguna manera acompañar al público que a esa hora también se empieza a preparar en sus casas, tanto interna como externamente. Durante ese lapso me gusta estar con mis compañeros, con los que conformamos como un cuerpo, y no con gente que no tenga que ver con la obra. No vale, por ejemplo, que venga mi tía a visitarme. Y no, yo tampoco tengo cábalas, o a lo mejor no me doy cuenta.

 

–¿De qué hablan antes de cada función? ¿Cúales son los temas más recurrentes?

 

A. A.: –Lo importante es de lo que casi no se habla y que compartimos todos: el miedo. Sabemos que en un rato nos va a pasar algo muy trascendente, que va a haber gente en la oscuridad que nos va a estar mirando a nosotros iluminados casi como en un interrogatorio policial. ¿Cómo no vamos a tener miedo? Sabemos que además esa gente en la oscuridad puede decir cualquier cosa de uno y no podés distinguirla. O sí, pero no podés contestarle (risas).

 

–¿Y qué ocurre después de cada representación? ¿Logran desprenderse fácilmente de sus personajes?

 

J. F.: –Yo me quedo un rato con la energía de la obra, sí. Por eso me hace bien bañarme inmediatamente. Me relaja y me “limpia”. Una cosa rara que me sucede sólo los domingos es que después de estar ante tanta gente en un escenario no puedo llegar a mi casa y estar solo. Me pone triste. Necesito rodearme de amigos o encontrarme con mi hija.

 

A. A.: –Lo horrible que a algunos actores les pasa es que no pueden abandonar sus personajes. Cuando un colega me lo ha confesado le he dicho: “Andá al médico”. Porque imaginate que esté haciendo Otelo y cuando llega a la casa quiere matar a la mujer. Eso es algo enfermo, no tiene nada que ver con el arte. El arte es vitalidad, puede ser una búsqueda dolorosa, sí, pero siempre dentro de ciertos parámetros de normalidad. El que continúa con su personaje más allá de la función está desvariando.Eso no es de buen actor, es de loco.

 

–Joaquín, Alfredo siempre se caracterizó por cultivar un bajo perfil y preservar su vida privada. ¿Eso es algo impensado para un actor de su generación?

 

J. F.: –Si hacés televisión y estás en un programa que hace más de treinta puntos de rating, sí, es imposible. Hoy la televisión es un espacio que genera mucha tensión entre quienes estamos ahí trabajando, pareciera que es inherente al medio. Yo sabía, por ejemplo, que no estar haciendo televisión cuando me separé de la madre de mi hija (Paola Krum) era un placebo en el momento que estaba viviendo, mientras que ella, que estaba grabando El elegido, tuvo que soportar que le inventaran romances con Pablo Echarri y Ludovico Di Santo. Y luego, ya separado, cuando hice Sos mi hombre, me inventaron un romance con mi compañera Eugenia Tobal. Yo nunca hice prensa desde ese lugar, ni siquiera cuando empecé. Nunca me interesó y tampoco sé cómo hacerlo, no sé jugar a ese juego, como hacen otros. Pero hoy, por más que vos no quieras, te puede seguir un fotógrafo, te saca una foto acompañado y después tal vez ni siquiera la publican en ese momento sino tres meses después. Es extraño cómo se maneja todo eso. De todos modos, yo confío que con el tiempo y el trabajo que voy haciendo, mi identidad profesional quede muy clara para el medio y cosas como esas cada vez me sucedan menos.

 

–Alfredo, ¿tiene algún consejo para brindarle a Joaquín en ese aspecto?

 

A. A.: –Es que no tuve ni tengo ninguna estrategia. Cuando yo empecé a trabajar no existían tantos medios, ni la televisión era lo que es hoy. Era otra época. Hoy un actor joven que quiere preservar su vida privada la tiene difícil. Yo recuerdo lo que le sucedió a Nicolás Cabré (su compañero de rubro en la obra El gran regreso), cuando le generaron una campaña diciendo que era un antipático y miserable porque parecía que contestaba mal. Yo nunca lo vi contestar mal, pero le armaron fama de tipo huraño. ¿Y por qué no ser huraño? ¿Eso está mal? ¿Y si uno no es simpático no puede ser actor? Yo he conocido a grandes figuras que no eran necesariamente simpáticas. La gran Margarita Xirgu, por ejemplo, no era una persona simpática y a mí me trataba muy mal. ¡Pero que magnífica actriz que era! Definitivamente, la estatura de un actor no tiene que ver con su simpatía.