A pesar de que en su origen signifique padecer, hoy la vemos como otra cosa y la asociamos con el amor erótico, aunque la literatura y la historia nos llenen la cabeza con relatos de parejas que terminaron muy mal.

La pasión (del latín passio,-onis) es la acción de padecer. Por algo la cultura occidental y cristiana levanta como paradigma mayúsculo lo que conocemos como La Pasión de Jesucristo. Hablamos de un estado de sufrimiento atroz que atraviesa un sujeto –en el caso bíblico, Jesús– convertido en doliente pasivo hasta su muerte en la cruz, en nombre del amor. Si nos atenemos a cuestiones más terrenales y contingentes, esto es, a las pasiones terrenales, ligadas al ámbito del placer, el amor con minúscula, el sexo, la política, el deporte, el arte en general, las oscilaciones y el vértigo del consumo, cuesta entender esto de que la pasión está ligada al dolor, al sufrimiento y a la muerte. Conviene entonces aclarar algunos matices.

Existe un tipo de pasión amorosa en la que lo erótico tiene un valor fundamental y es el señuelo nutriente, en tanto y en cuanto los amantes estén atrapados por las redes de un obstáculo. Adulterio, distancia extrema, aventuras, piedras en el camino para que el anhelado encuentro se produzca. El deseo, sobre el que se sustenta toda pasión amorosa, debe permanecer encendido siempre. A mayor atracción, curiosidad y aventura por conocer lo nuevo y desconocido, mayor deseo.

Pero atención: no todo lo que se desea es lo que se quiere. Si el encuentro amoroso no se consuma jamás, mayor será la pasión. Es el caso de Alcibíades, el joven discípulo enamorado de Sócrates, que no logra ser recibido amorosamente en el lecho por su maestro y, por eso, desespera de amor/pasión. Así lo cuenta Platón en El banquete. Otras leyendas suscriben la pasión amorosa como un camino de éxtasis doloroso en la Tierra. La de Tristán e Isolda, por caso, amantes a quienes se les da de beber un filtro mágico, es un modelo típico de pasión enloquecedora, adúltera, con todos los obstáculos imaginables, sólo aplacada con la muerte de los protagonistas. Llevada a la ópera por Richard Wagner, alcanza ribetes místicos: “Nací para desear y morir”, dirá Tristán. El cine da cuenta de casos de pasión erótica cuyo final previsible será la muerte: Una vez en la vida, protagonizada por Jeremy Irons y Juliette Binoche, dirigida por Louis Malle, cuenta la historia de un diplomático que se pierde de pasión por su nuera. El hijo los descubre y se suicida.

El padre termina loco y vagabundeando por el mundo. La pasión erótica está ligada a la perturbación de la mente, se dice que los enamorados tienen “comido el coco”, y uno de los dos siempre se convierte en esclavo o siervo del otro. Cuando esta perturbación se lanza más allá y supera los límites, cae en excesos incontrolables, se convierte en vicio. El cristianismo primero, y luego Dante en La divina comedia, por dar un ejemplo, llaman a estos usos ilícitos pecado de lujuria. Lujuria que en pleno siglo XXI tiene su expresión más detestable en el mercado ascendente de la pedofilia y otros ilícitos horrorosos que el sentido común nos lleva a no detallar aquí.

 

 

El capital erótico

La pasión amorosa –íntimamente ligada a la del consumo– tiene en el mercado global miles de adeptos dentro del avance cada vez más ostensible del capitalismo. De todos modos aquí nos detendremos en la revalorización de la erótica desde una perspectiva que, según la socióloga británica Catherine Hakim, ensayista posfeminista, transforma positivamente, mejora la performance de un sujeto, en particular si es mujer, en su interacción con el resto de los sujetos sociales. Hakim
habla del capital erótico, que sabiamente utilizado conduce a una persona al éxito. Belleza facial, sex appeal, un buen cuerpo, charme, vitalidad, elegancia y sexualidad parecen ser la clave para triunfar en el sistema. Más allá de la vida privada, las investigaciones de Hakim volcadas en su ensayo Capital erótico apuntan a despenalizar la prostitución y a considerar el capital erótico como un valor deseable.

Dice Hakim que ha sido la hegemonía patriarcal y machista la que ha sostenido la idea equivocada de denigrar la belleza y la sexualidad. Y apunta algo llamativo: “Los informes más interesantes de mi libro vienen de la Argentina: demuestran que el atractivo físico y lo social están íntimamente relacionados”. ¡Bingo! Sin embargo, volviendo al ámbito del amor/pasión, no hay más remedio que aceptar que: a) la pasión erótica previa al amor –dicen los que saben– dura por lo general entre dos y tres años, el mismo tiempo que lleva elaborar un duelo; b) la pasión así entendida poco tiene que ver con el tejido entrañable que se crea en y por el amor, que como explica Platón en el Fedro es amistad amorosa y fraterna, complicidad leal, compañerismo y respeto entre pares; c) la pasión erótica se nutre y acrecienta por la existencia de un enigma inicial, por el ansia de develar lo desconocido y desafiante. Convertida en secreto absoluto, casi un misterio, quizás hasta pueda fomentar la ilusión de durar toda una vida. Para que esto ocurra, por lo general es indispensable la existencia de un triángulo amoroso, sea real o simbólico. Hablamos del matrimonio, contrato socioeconómico que poco tiene que ver con sentimientos encendidos, y de la existencia de la pasión erótica fuera de ese marco. Y como para muestra basta un botón, aquí va una historia verdadera de toda verdad transcurrida en pleno Renacimiento, siglo XVI, cuando la genialidad de El Bosco nos legaba El jardín de las delicias.

 

Diana y Enrique: el deseo que no cesa jamás

En 1531 Enrique II de Francia tenía 11 años. Una mañana primaveral su padre, el rey Francisco I, lo entregó a quien sería su tutora,vvva, encargada de enseñarle modales cortesanos. En rigor de verdad se los enseñó demasiado bien. Pocos sospechaban los nervios del adolescente junto a esa bella señora que, mientras le enseñaba cómo comportarse, inclinaba su escote generoso con resultados un tanto incómodos para Enrique, a veces imposibles de ocultar. Así le hablaba Diana: “¿Qué os pasa, dulce Enriquillo?/ Os noto una temblorina/ No sé si será la niebla/ pero observo con sorpresa/ que vuestro pelo está raro/ se os ha movido… el… flequillo”. El pobre Enrique estaba muerto de amor por esa dama perfecta, sustituta de su madre biológica, Claudia de Valois, muerta en 1524. Diana mostraba una belleza distante unida a la virtud: estaba casada con Louis de Brézé, Gran Senescal de Normandía. El príncipe vivía en un estado de excitación permanente sin consumación cuando su padre decidió casarlo, a los 14 años, con Catalina de Médicis, de su misma edad. Catalina era culta –se había formado al lado del papa Clemente VII– pero no era sexy y carecía de glamour, por lo cual en ese matrimonio pasaba poco y nada. Dos años después Diana ya había enviudado, Enrique se había convertido en heredero del trono y la platónica Senescala, con 36 años sabios, decidió pasar a la acción con su alumno de 16.

Y descubrió que “el niño Enriquillo” era un joven que había guardado para ella durante años de “elaboración intelectual” un tesoro jamás visto por ella. El príncipe, por su parte, quedó fascinado para siempre con Diana, a quien consideraba una diosa. Los amantes no se privaron de nada pero instalaron la ilusión de su amor perfecto, mitológico, sin carnalidad alguna. Error: la había, y mucha. Ella luchaba contra el paso del tiempo en una batalla espectacular: baños helados, gimnasia al aire libre, dieta magra, cara casi lavada. A tal punto estaba convencida de que era la imagen de Diana Cazadora que así se hizo retratar desnuda, tendida de costado y abrazada a un ciervo real. Su siervo, con “s”, era Enrique. La pobre Catalina tuvo que resignarse a espiar por una grieta de la pared los encuentros eróticos de la pareja. Según Pierre de Brantôme, Catalina casi se desmaya entre sollozos al ver que Diana hacía a su amante “mil melindres, caricias y cosillas gratas”, que él se las devolvía y luego “bajaban los dos del lecho y se tendían y abrazaban sobre la blanda alfombra extendida a los pies de la cama”. No necesitamos decir que descubrió un universo similar al que se describe en el legendario Kamasutra de la India.
Cuando Enrique subió al trono en 1547, oficializó el mito de Diana como una suerte de alegoría del amor cortés, e incitado por su amante procreó con Catalina de Medicis –sin pasión alguna– diez hijos. Luego, a la muerte de su marido, Catalina logró vengarse malamente de Diana, condenándola a no volver a pisar la corte jamás.

Una decisión tardía e inútil. Porque la pasión por Diana de Poitiers, gracias al triángulo matrimonial, había triunfado en vida de Enrique, mientras Catalina se dedicaba a la procreación infinita y vivía en el más absoluto aburrimiento. Una historia de ribetes similares, con Diana Spencer, situada en el siglo XX, en el lugar de la esposa anoréxica y aburrida, puede verse en la saga de Carlos de Inglaterra y Camila Parker Bowles. Pero así suelen ser las cosas de la vida, el poder, la pasión, el amor y la muerte.