Después de un siglo con muchos avatares propios y ajenos, la Argentina se encuentra ante una oportunidad de crecimiento única, y quien no lo entienda perderá un tren que pasa cada mucho tiempo.

Creo fervientemente que la Argentina del siglo XXI tiene por delante una oportunidad histórica, como no la ha tenido en más de un siglo. Nuevamente el mundo abre ante nosotros una chance única. Ya lo hizo a finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. La Revolución Industrial produjo un salto cualitativo en la capacidad productiva, y mayor producción requería, naturalmente, mayores recursos. Entre ellos, alimentos, y de modo vinculante, territorio fértil disponible para elaborarlos. La Argentina, que contaba con ambas cosas, vivió en ese entonces un extraordinario ciclo de crecimiento.

Y lo que a tamaños poblacionales de hoy era una provincia se volvió, en 65 años, en un país. Se calcula que en 1850 los argentinos éramos apenas 1.139.000. En el censo de 1914 la población ya ascendía a casi ocho millones de personas, de los cuales el 30 por ciento era extranjero y el 65 por ciento hijo de extranjeros. Sólo el cinco por ciento eran habitantes de origen no europeo. El proceso inmigratorio promovido por la generación del 80 bajo la idea madre de que gobernar es poblar, y sustentada en que “el problema de la Argentina es la extensión”, había dado resultado.

En 1870, el Producto Bruto Interno de nuestro país era de apenas 2.947 millones de dólares. Para 1920 se había multiplicado por 10, y para 1929 por 18, alcanzando los 53.577 millones de dólares. Entre 1903 y 1913 se dio un ciclo de once años consecutivos de crecimiento.

Habría que esperar un siglo para encontrar otro ciclo de crecimiento similar. Se dio tras la debacle de los años 2001/2002 y luego de un período fuertemente recesivo que se extendió por cuatro años. Entre 2003 y 2012 la economía de la Argentina creció otra vez de manera prácticamente ininterrumpida durante diez años, expandiéndose un 90 por ciento.

Debe hacerse la salvedad del año 2009, cuando no hay acuerdo entre las estadísticas oficiales y las privadas. Si se confirmaran los pronósticos mayoritarios de un crecimiento moderado para 2013, oscilando entre el 1,5 y el 3,5 por ciento, el ciclo estaría aún más cerca del de comienzos del siglo XX: serían 11 años con una expansión acumulada aproximada del 95 por ciento.

En este sentido, en un país que se ha caracterizado durante décadas por el famoso stop & go, estamos nuevamente frente a un ciclo de características únicas. Asumo este pensamiento como la idea central que no tenemos que perder de vista. Más allá de los vaivenes cotidianos y las cercanías o las distancias ideológicas, económicas, filosóficas, éticas, de estilo, de forma y de fondo que cada quien pueda tener con el gobierno actual. Revisando la historia, queda claro que el presente ciclo excede la coyuntura y se sustenta en sólidos patrones de carácter estructural.

Hoy el mundo vive una nueva revolución. No ya sólo industrial y económica, sino también tecnológica, social y demográfica. No se trata de ningún “viento de cola” o proceso efímero. Se modifica de manera acelerada el mapa del poder global. Luego de 150 años, Oriente ha recuperado el centro de la escena. Lo había perdido cuando no pudo acompañar el gran salto que dio Occidente con la Revolución Industrial. El ocaso de China hacia mediados del siglo XIX hizo suponer a muchos que el subdesarrollo sería el destino inexorable de la región. Si bien Japón fue la estrella de los años 80, se lo vio más como una excepción que como una señal.

Los gigantes ya habían comenzado a despertarse, pero a los ojos de la gran mayoría todavía dormían. A partir de los años 90 y, especialmente, en la década de 2000, resultó evidente que el letargo era cosa del pasado. Cuando al desarrollo de Japón se sumaron el crecimiento de China e India, la balanza finalmente se inclinó. Contrariamente a lo que se supuso tras la caída del muro de Berlín (el 9 de noviembre de 1989), el siglo XXI no se está definiendo bajo la impronta hegemónica de los Estados Unidos. Por el contrario, se constituye con un perfil heterogéneo donde Oriente y Occidente exploran un formato de equilibrio desconocido en la era moderna.

Este giro de la historia nos favorece. El peor error que podríamos cometer es no leerlo correctamente. Aquel mundo del 1900 que nos dio una chance tenía 1.600 millones de habitantes. Este tiene 7.000 millones. En 2050 se estima que serán 9.000 millones los que habiten el planeta. Todas esas personas tienen muchas cosas por hacer, pero ninguna es posible si no hacen la primera y fundamental: comer. Queda claro que, como país tradicionalmente experto en alimentos, tenemos un rol por jugar.

Es desde esta perspectiva que vale la pena poner nuestra mirada más allá del puro presente. Propongo ubicarnos por encima de las controversias y los antagonismos actuales para analizar el potencial del país. Se trata de imaginar cómo construir sobre lo construido. Y de aprovechar una oportunidad que no sabemos si volveremos a tener. Es tiempo de volver al futuro.