Una revolución silenciosa se está organizando en nuestros livings: desde el nacimiento del streaming hasta la muerte de la tanda publicitaria, la nueva Era Dorada de la TV pone en pantalla la mejor narrativa de nuestros tiempos.

La última batalla de la humanidad no será por un país, una isla o un continente: será por un sillón. Con su prematuro rigor castrense, la tele normalizaba los horarios del living: a la mañana, dibujitos o el didactismo práctico de Telescuela técnica; a la tardecita, noticieros y comedias familiares; a la noche, unitarios serios, siempre amparados en la fiscalización adulta porque “la permanencia de los niños frente al televisor queda bajo la exclusiva responsabilidad de sus señores padres”. Varios años después, la era de las cuatro pantallas (televisor, computadora, tableta, celular) multiplica las imágenes en un loop infinito y la conquista del sofá será para el que responda a la demanda de la época: “Ver eso que quiero. ¡Y lo quiero ya!”. Si en la ficción animada de Los Supersónicos se imaginaba un futuro espacial con televisores como cuadros que se colgarían de las paredes, la realidad superó las fantasías más improbables: la TV es ubicua y omnipresente.

 

 

Uno puede mirar viejos capítulos de Friends o nuevos episodios de Mad Men cuando, como y donde quiera. El sillón es el centro del imperio doméstico y el devoto catódico puede ver cómo se volvió arcaica la más fabulosa promesa de lealtad televisiva de todos los tiempos: “La semana que viene, a la misma hora, en el mismo canal”. Ahora. Más tarde. Nunca. Si el viejo lema de un canal premium se distinguía de la tele de módicos cinco canales para crear otra categoría (“no es televisión, es HBO”, se decía), ahora la TV se entiende (¡se enciende!) de otra manera: nadie espera sentado hasta el miércoles a la noche para ver el último episodio de su serie favorita y, con tantos avances en la trama como espectadores haya, el spoiler es un nuevo mal de época, y la pregunta, una contraseña de etiqueta para entendidos en tal o cual serie: “¿Vos por dónde vas?”. “La espera está muerta”, decretó Reed Hastings, el CEO de Netflix, a la revista estadounidense GQ. Con 33 millones de suscriptores y más de mil millones de horas de contenido por mes, Netflix cambió la manera de consumir televisión: en la Argentina y en otros cuarenta países, por 7,99 dólares mensuales, cualquiera puede ser el gerente de programación de su propio hogar, sin esperas ni avisos comerciales, con la TV transmitida ya no por aire ni por cable: por internet. “El ecosistema tradicional del entretenimiento estuvo construido a partir de un concepto artificial”, analiza Hastings. Durante cincuenta años, la liturgia televisiva consistió en disponer a millones de personas a mirar lo mismo, casi siempre de noche, esperando que termine la tanda para resolver la intriga generada por el gancho de un guionista ingenioso. 

 

 

 

 

Hoy, el ritual es individual. Y en la próxima década, según Hastings, el público cambiará de canal: ya no pagará 200 pesos por superpoblar su televisor con infinitos canales de cable que no mira nunca sino que elegirá un abono mínimo para ver de lo que quiere… todo. Cada noche de los Estados Unidos, la tercera parte del tráfico en internet se lo lleva Netflix, contra un 13 por ciento de YouTube y apenas un 2 por ciento de Facebook. Esta revolución llegará hasta los contenidos: si es cierto que “la Gran Novela Americana se está escribiendo en la televisión”, según dijo Terence Winter, guionista de Los Soprano y Boardwalk Empire, la nueva Era Dorada de la TV pone en pantalla la mejor narrativa de nuestros tiempos.

 

 

Prácticamente todo lo que sabíamos sobre “mirar televisión” está cambiando: desde el nacimiento del streaming hasta la muerte de la publicidad, el espectador abandonó su rol pasivo y la caja boba se convirtió en el medio más inteligente de la historia. En un informe especial titulado “Cómo serán los próximos cuatro años”, la revista yanqui Esquire arriesgó: “Todo sugiere que Netflix, en lugar de ser el próximo Blockbuster, será el próximo HBO”. No es televisión. Es algo más. En febrero se estrenó la serie House of Cards, una ficción seria sobre un político corrupto, protagonizada por Kevin Spacey y producida por David Fincher, el director de Pecados capitales y Red social, que debutó en la pantalla pequeña con un presupuesto de 100 millones de dólares. La serie no se estrenó en ninguno de los canales que supieron ser sedes de los grandes dramas contemporáneos: sólo se vio (se ve, se verá) en Netflix, que, a tono con el consumo compulsivo de la época, presentó los trece episodios de la primera temporada… a la vez. Así, lo que empezó como una plataforma de distribución de contenidos ajenos se convirtió en un generador de ficciones propias. En los próximos meses, se estrenarán Hemlock Grove, una historia de terror dirigida por Eli Roth (el creador de Hostel), la cuarta temporada de la amada sitcom Arrested Development, que había sido cancelada por un canal de aire por sus bajos índices de audiencia “tradicional”, y Derek, la nueva comedia del sardónico Ricky Gervais. “¿Qué pasaría si pudiéramos cambiar radicalmente la manera en que contamos historias?”, se preguntó retórico Ted Sarandos, director de Contenidos de Netflix en la revista GQ: “¿Qué pasaría si la manera en que la gente quiere consumir televisión pudiera cambiar la manera en que la hacemos?”.

 

 

 

 

 

Expulsados del cine taquillero, los guionistas se refugiaron en las series, acaso la última forma de arte capaz de contar la vida cotidiana. La línea entre las películas y la TV se vuelve cada vez más difusa: rendidos ante los superhéroes y las exigencias del merchandising, los grandes estudios cinematográficos renunciaron a la vocación de cultivar un séptimo arte y producen largometrajes para un público con el desarrollo intelectual de un varón de 9 años. “Desde Los Soprano, la tele llegó al punto más alto de lo que puede ser. Las series son las nuevas películas”, me dijo Steve Buscemi, mito vivo del cine independiente yanqui, el correoso Mr. Pink de Perros de la calle y protagonista de Boardwalk Empire, durante una entrevista en Nueva York. A riesgo de volverse un dinosaurio electrónico, HBO lanzó su propio servicio de streaming (se llama HBO GO) para que sus abonados puedan ver Girls o Game of Thrones en sus teléfonos, tabletas o computadoras, sin someterse a los rigores de la grilla, tan anacrónica como un calendario escolar: “Nuestro objetivo es claro”, chicanea Sarandos, de Netflix: “Convertirnos en HBO antes de que HBO se convierta en nosotros”. Una señal de ajuste: según la encuesta anual de consumos culturales de Motorola, realizada entre 9.500 personas de 17 países, el 46 por ciento de la gente mira videos en un smartphone, el 41 por ciento en su tableta y sólo el 36 por ciento en un televisor. Pico de rating en el bolsillo. Si una efeméride de la cultura pop todavía recuerda aquel día de los años 80 en que el parlamento turco suspendió una sesión para saber quién mató a JR en un episodio clave de Dallas, en los 90 y más allá, las series exhumaron el folletín decimonónico como recurso narrativo: “Esta historia continuará”, se prometió. Ahora, con la ansiedad como síntoma de época, la sobredosis televisiva toma la forma del atracón de una serie completa en un fin de semana, con los espectadores devenidos en yonquis catódicos. ¿Acaso la metanfetamina sobrenatural de Breaking Bad es lo único adictivo de esta temporada? El sillón, en un juego de tronos: la revolución está siendo televisada.

 

 

 

 

 

 

 

Todo sugiere que Netflix, en lugar de ser el próximo Blockbuster , será el próximo HBO.

 

 

 LA NUEVA TV en números

 

Las cifras resultan contundentes a la hora de analizar el fenómeno de la televisión a pedido.

 

46% de los consumidores mira videos en un smartphone, el 41% en su tableta y sólo el 36% en un televisor.

 

33 millones son los suscriptores de Netflix.

 

1.000 millones de horas es el contenido que se ofrece por mes.

 

7.99 dólares es la cantidad mensual que se abona por el servicio.

 

 

 

“La espera está muerta”, decretó Reed Hastings, el CEO de Netflix. El ecosistema tradicional del entretenimiento estuvo construido a partir de un concepto artificial”.