El diseñador argentino más puro, genuino y original de los últimos tiempos fue la estrella indiscutida del Fashion Week porteño  ¿La sorpresa? Una colorida y masiva colección en alianza con la marca de ropa teen Muaa. Sus secretos, en este reportaje.

 

¿Ramírez siempre viste de negro?

–Sí, yo uso ropa negra y lo que propongo es ropa negra o blanca. Para mí, el negro es la síntesis, es la forma de trabajar la silueta, la línea, sin distracciones. Es práctico, es atemporal, perdura y se puede combinar con lo que uno quiera. Yo no propongo a los demás estar íntegramente vestidos de negro, aunque personalmente sí elijo eso para mí.

–¿Por qué elige eso?

–Me resulta práctico. Y no me siento cómodo con el color, no me representa, no me identifica. Para mí es re-normal, aunque al resto le parezca extraño.

–Puede sonar a uniforme.

–El tema del uniforme es algo que me gustó siempre, algo que me interesa. Me parece que te facilita, no sólo a nivel práctico, sino también en otras cosas. Hoy en día la gente asocia el uniforme con el sometimiento, pero yo no lo veo así, considero exactamente lo contrario. Creo que un uniforme te da libertad para poder elegir sobre otros temas. Es como si fuera un bien: que te den un uniforme te facilita cosas, subraya a las personas. Si ves a cuatro personas vestidas igual, eso hace destacar sus rasgos físicos, se notan más las diferencias personales que hay entre ellos. Además, me parece que el uniforme embellece, por esto de mostrar la esencia de cada uno.

 

–¿Qué le produce en el plano estético el fenómeno eclesiástico que estamos viviendo?

–Hablando estrictamente de moda, me encanta. Para mí lo eclesiástico siempre fue algo teatral, y a medida que pasa el tiempo es cada vez más teatral. Que te aparezca una monja en medio de la calle, hoy en día, ya es una puesta en escena. Si yo estuviera como vestuarista del Vaticano empezaría a sacarles los bordados y conmigo vendría una era de austeridad en el vestuario, por eso me causa gracia lo que está pasando con el nuevo papa, es más mi onda.

–A nivel empresarial transitó varios procesos, en una época la marca creció con un grupo inversor y luego volvió al estilo boutique. ¿En qué lugar se siente mejor?

–Creo que ahora estoy en el lugar que me corresponde, alineado.

–¿Por qué?

–Tengo momentos en los que me considero menos ambicioso y priorizo tener una vida tranquila, no meterme en cosas que me excedan. Por otro lado, a veces pienso que tengo una capacidad que es mayor a mi escala actual, y que podría hacer muchas cosas más, pero a la vez me siento temeroso. No soy arriesgado, no soy un loco que sale a buscar. Siempre tengo el no adelante, hasta frente a las propuestas que me llegan. A veces incluso me cuesta creer todo lo que pasé y todo lo que hice.

–¿Cómo sería eso?

–Siempre tengo la sensación de estar sobreviviendo, y cuando miro hacia atrás pienso: “Bueno, si estuve tantos años en este lugar, habré hecho algo mejor que sobrevivir”. Todavía no logro conectarme con el disfrute.

–Entonces, de ego ni hablar.

–No, para nada. Y lo más gracioso es que mucha gente piensa todo lo contrario, que me creo mil. Yo no reniego del reconocimiento, pero no me interesa el juego mediático, porque la paso muy mal con la exposición.

–¿Es obsesivo con su trabajo?

–Sí, puede pasar que una cosa esté terminada y que después yo la mire y piense que podría estar mejor. También pasa cuando termina un desfile, que todo el mundo aplaude y está feliz, y yo tengo en mi cabeza esa pequeña cosa que a mi entender salió mal.

–Su estilo es muy afrancesado. ¿Por qué se desarrolló en Buenos Aires y no en París?

–Balenciaga hizo su carrera en España, y recién a los 42 años inició su trabajo en París. El Balenciaga que todos conocemos es ese.

–42 años, justamente su edad.

–Claro (risas). París, ¡allá vamos! El año pasado hice allá la presentación de alta joyería de Van Cleef & Arpels, y la repercusión fue genial. Estuvo alucinante, imaginate que el dress code de la fiesta eran los diamantes, y todo lo que había en el menú tenía oro comestible. Era lujo, lujo, lujo. Hace unos años pensaba que no me iría de la Argentina ni loco, pero ahora, más que nunca, me siento más preparado para París.

 

Ramirez, de color

 

–En esta colección en alianza con la firma Muaa sorprenden sus conjuntos en tecnicolor. ¿Fue una exigencia de la marca?

–No, no estaba pactado. Para mí era más importante que se respete lo que hago yo, que tiene que ver con construir una imagen, tener una identidad, antes que los medios a los que debas recurrir, como el color. Lo que importa, en este caso, es lo que uno quiere contar. En mis colecciones no hago nunca color, esta es la primera vez. Pero para mi trabajo como vestuarista o los diseños que hago a pedido, sí. No soy colórfobo.

“No me siento cómodo con el color, no me representa, no me identifica”.