El vicepresidente de la fundación El Arte de Vivir escribe sobre este método probado a la hora de eliminar las tensiones nuestras de cada día. Claves para entender el mundo en el que habitamos, en boca de un verdadero experto.

Nuestro mundo está repleto de contradicciones. Hace algunos días, un amigo me pidió que hablara con su padre, quien acababa de sufrir un pico de estrés. Le comenté que soy instructor de meditación y de técnicas de respiración para eliminar el estrés. “Ah, mirá –me respondió–. No es lo mío. Tengo una mente demasiado científica. Soy demasiado racional.” ¿Demasiado científico? A ver… Resulta que en el año 1925, el científico Wolfgang Pauli identificó una propiedad muy especial de las partículas subatómicas. Estos pares de partículas han demostrado tener pleno conocimiento de cómo se está comportando la otra sin emitir ningún tipo de señal. Una partícula simplemente sabe lo que está haciendo la otra partícula en otro lugar.

 

Si yo estuviera sentado en una silla giratoria, tendría que rotar 360 grados para regresar a mi punto de partida. Se han descubierto electrones que para llegar al punto de partida tienen que dar dos vueltas de 360 grados y no una. Y dicen que los electrones no giran alrededor del núcleo de un átomo de forma continua y ordenada.

 

En lugar de eso, desaparecen de un lugar y aparecen en otro sin recorrer la distancia que existe entre ambos. ¿Qué querrá decir demasiado científico? No soy físico, pero no hace falta mucha percepción para sospechar que estos comportamientos quánticos de demasiado racional no parecen tener nada.

 

Vuelvo a aquello de las técnicas de respiración para eliminar el estrés. Resulta que la respiración es uno de los principales mecanismos de eliminación de toxinas del cuerpo. Sin embargo, habitualmente utilizamos menos de un cuarenta por ciento de nuestra capacidad pulmonar, respirando inadecuadamente. Cuando se deteriora nuestra respiración, disminuye la llegada de oxígeno al cerebro y baja nuestro nivel de energía, debilitando nuestras defensas.

 

A su vez, se desencadenan cambios químicos que detonan altibajos en nuestras emociones (dormiste poco, estás cansado e irritable; alguien te hace un comentario, te lo tomás mal, reaccionás de mal modo y comenzás a discutir. En pocos minutos te sentís angustiado y no sabés por qué).

 

Existe una relación directa entre los ritmos de tu mente y los ritmos de tu respiración. Cada cambio en tus emociones genera un cambio sutil en tus respiraciones. Habitualmente, los ritmos de nuestras emociones rigen sobre los de nuestra respiración. Cuando sentís miedo, tu respiración se detiene. Cuando estás enojado, la respiración es agitada. Cuando estás deprimido, sentís que no entra el aire. Cuando estás feliz, la inhalación se estabiliza y se expande. ¿Y si hacemos el recorrido inverso? Podemos aprender a usar distintos ritmos de respiración para transformar las emociones no deseadas y despertar aquellas emociones que nos producen alegría y bienestar. Cuando llevamos la atención a nuestra respiración, cuando observamos el movimiento expansivo de la entrada de aire y el movimiento en contracción de la exhalación, la mente se aquieta y encontramos la sensación de paz que todos estamos buscando.

 

¿Demasiado científico o demasiado racional? Es bueno llamar a las cosas por su nombre.  Cuando nos sentamos a meditar, simplemente observamos los fenómenos que suceden: los sonidos del ambiente, las molestias y sensaciones físicas en el cuerpo, cada uno de los pensamientos que pasan por nuestra mente y las sensaciones, agradables o desagradables que puedan surgir. No esperamos que suceda nada en particular. Sin embargo, a los pocos minutos sentimos que algo ocurrió. Nos sentimos aliviados y en paz, en un descanso profundo.

 

Lo interesante de todo esto es que la meditación surgió en el planeta hace miles de años, cuando los antiguos sabios pasaban larguísimas horas, e incluso días, en estados de meditación. Estos sabios eran considerados los científicos de su época. En esos estados de meditación encontraban la inspiración y el entendimiento de cómo funciona el mundo.

 

Habrá que encontrar la palabra adecuada. ¿Demasiado científicos o demasiado racionales? ¿O habrían sido, acaso, demasiado meditadores?