Las cosas por su nombre

Ante un mismo hecho existen miradas diferentes. Si hablamos de nutrirse de optimismo frente a la adversidad, podemos acudir a frases de escritores famosos como Oscar Wilde, que decía: “La razón de que todos seamos tan amigos de pensar bien de los demás es que todos tememos por nosotros mismos. La base del optimismo es simplemente el miedo”. En tanto, E. W. Stevens opinaba exactamente lo contrario, que la condición esencialísima para ser optimista es tener una absoluta confianza en uno mismo. “Por exceso de miedo o de confianza, el optimismo aparece en la vida de un sujeto como la manera de no dejarse vencer”, escribe en su columna de opinión Malele Penchansky.

¿Demasiado científico o demasiado racional? Es bueno llamar a las cosas por su nombre, sostiene nuestro nuevo columnista Juan Mora y Araujo, vicepresidente de El Arte de Vivir. Cuando nos sentamos a meditar, simplemente observamos los fenómenos que suceden: los sonidos del ambiente, las molestias y sensaciones físicas en el cuerpo, cada uno de los pensamientos que pasan por nuestra mente y las sensaciones, agradables o desagradables, que puedan surgir. No esperamos que suceda nada en particular. Sin embargo, a los pocos minutos, sentimos que algo ocurrió.

Nos sentimos aliviados y en paz, en un descanso profundo. Lo interesante de todo esto es que la meditación surgió en el planeta hace miles de años, cuando los antiguos sabios pasaban larguísimas horas e incluso días en estados de meditación. Estos sabios eran considerados los científicos de su época. En esos estados de meditación encontraban la inspiración y el entendimiento de cómo funciona el mundo. Habrá que encontrar la palabra adecuada. ¿Demasiado científicos o demasiado racionales? ¿O habrían sido, acaso, demasiado meditadores?

Al mal tiempo, buena cara, dice uno de los refranes más usados por los argentinos. ¿Qué queremos decir cuando buscamos sólo el lado positivo de todas y cada una de las cosas? ¿Cuáles son nuestros miedos? ¿Por qué invocamos siempre situaciones casi mágicas? Nunca lo sabremos de manera científica, por suerte. “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”, decía Jorge Luis Borges desde su controvertida manera de ver a sus compatriotas. Finalmente, las cosas por su nombre y definitivamente: somos así, y cómo nos gusta.

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