Un ignoto y eximio concertino californiano de 34 años recorre las esquinas porteñas ofreciendo su música a quien quiera escucharla. Así vive este personaje que llegó a Buenos Aires persiguiendo su sueño: tocar en el Teatro Colón.

Benjamin Einstein busca desesperadamente en su caja de herramientas de español urgente la palabra para decir amazing. Pero no la encuentra. Estamos los dos sentados en uno de esos sillones exhaustos que están en los recibidores de los hostels, con la computadora de Benjamin abierta en Youtube y con Antonio Agri, el violín de Piazzolla, maximizado en la pantalla, haciendo una versión devoradora de “Nostalgias”. Cuando termina, Benjamin finalmente encuentra lo que quiere decir: “¡Hendrix!”.

Nació en California y ahora, con casi 35 años, Benjamin toca su violín en las callecitas de Palermo. La explicación para comprender qué pasó en el medio arranca con el niño Ben creciendo en Los Ángeles, con una madre sensible que le regaló sus primeros violines; y continúa con nueve años, viviendo en Río de Janeiro, trabajando en Louis Vuitton, siempre queriendo hacer otra cosa, siempre queriendo encontrar en el violín una vida entera y no una vida por la mitad. Llegó a Buenos Aires como pateando el tablero, como tirando todo a la mierda. A veces alguna gente cumple su sueño, aunque su sueño salga caro, importe pura incertidumbre, te deje hambriento en la calle y perdido en el mundo. Pero quién te quita lo soñado, lo cumplido. Una vez en Buenos Aires, Benjamin hizo lo que había querido hacer siempre y se puso a tocar. La primera opción fue San Telmo. Era obvio, allí van los que llegan desde el más remoto paisaje extranjero, así que por qué no iría él también. Pero no fue una buena opción: alguien le manoteó el estuche con los dos violines y cuatro arcos que su madre le había regalado, y de golpe Benjamin comprobó que todo puede desvanecerse en un instante: se quedó sin nada, en una ciudad desconocida, hablando un español demasiado elemental y sin mucha idea de qué hacer. Le pasó lo que nos pasa a todos siempre en todas partes del mundo: empezó a tener hambre. Una semana, la semana más larga de su vida, caminando Buenos Aires, viendo qué comer, zafando en las esquinas, encontrándose finalmente con unos amigos que había hecho en la calle, otros músicos de las veredas que lo aguantaron, le prestaron instrumentos, lo pusieron de vuelta en circulación. Volvió a tocar, Benjamin.

Después se fue a Córdoba. Lo verdaderamente extraño de los tipos que viajan, es decir, de los tipos que convierten la vida en un viaje perpetuo, no de los turistas que se toman un break de la cuadratura de la vida suburbana y se tiran quince días en Canasvieiras, sino de los viajeros machacantes que un día ya no vuelven porque ni saben adónde volver, es cómo tienen resuelta la idea de arraigo, de pertenencia. Después de su temporada en Córdoba, Benjamin se fue a Munich, y después volvió a Buenos Aires y dice, ahora, sobre el sofá vencido, que piensa quedarse porque tiene chances de ocupar un lugar en una orquesta municipal pero que si no, si no: se va. Una vez más. Tipos que se están yendo de todos lados todo el tiempo, que todo el tiempo están llegando. Dice Benjamin que ya no podría vivir de otro modo, sin vivir nunca del todo en ningún lugar, viviendo un poco en todos lados.

Son las tres de la tarde de un jueves con sol. En las esquina de Ruggieri y avenida Las Heras, chequeando un celular ocasional, Benjamin Einstein relaja el día. Con tres jornadas de melodías clásicas por calle Serrano recuperó lo que le robaron en San Telmo y ahora ha tomado nuevo envión porteño. Dice que con los ítems dónde dormir y qué comer ya resueltos ahora se ha propuesto afinar el oído para captar, capturar, músicas que en California, en Río, suenan más bien poco. No conoce el violín de tango, por eso terminamos con Agri en pantalla.

Tampoco conoce el violín de la chacarera, pero el videíto de Sixto Palavecino no termina de bajar: bueno, le dejo el link. Dice que su música es la música clásica pero no quiere morir sacando un staccato de los manuales de estilo. Por eso, sin dejar de tocar, se ha puesto a escuchar. Dice Benjamin, finalmente, que quisiera ser un violinista universal. Le pregunto qué querría decir eso exactamente.

Me dice que alguien que es capaz de cualquier música, capaz de todas las músicas. Okay, es ambicioso. Pero incluso en el caso de que lo consiguiera, tampoco sería el ilustre más destacado de su familia: desarmando lo suficiente su árbol genealógico, yendo para atrás todo lo que haga falta ir y en la dirección correcta, un viejo tío, un viejo pariente, de nombre Albert, se ha quedado con los laureles por el resto de las generaciones. “Si yo no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en la música. Vivo mis sueños en la música. Veo mi vida en términos de música…  No puedo decir si yo hubiera hecho algún trabajo creativo de importancia en la música, pero sí sé que tengo másalegría en la vida gracias a mi violín.” Albert Einstein, violinista aficionado, dijo esto en 1929, cuando su Teoría de la Relatividad llevaba ya 14 años reformulando el pensamiento científico del mundo. Dice Benjamin Einstein, en esta tardecita de Palermo, que no conoce el detalle de ese parentesco, pero que sabe que lleva algo en la sangre que Albert Einstein llevaba también. Algo. Le pido a Ben que toque algo, así que va en busca de su violín.

Se acomoda, coloca el instrumento en el calce de la clavícula y entonces el sonido del violín transforma el aire. Es curioso el encuentro con lo que suena. Afuera un sol decidido, el sol del final del verano en Buenos Aires, satura de claridad la vereda. Adentro, el violín de Benjamin entrega su mejor vibración. “Eso fue una escala de Alard”, dice Ben cuando termina. Delphin Alard fue un maestro francés del violín del siglo XVII y sus escalas y ejercicios lo convirtieron en unos de los grandes docentes del violín moderno. Los métodos de Alard son un impostergable para cualquiera que quiera interpretar una digitación clásica, y esta tarde, en este rincón de la calle Ruggieri, también.

Después del pequeño concierto, y de mis aplausos de rigor, Benjamin agradece. Tiene un aire amable, titubeante, sensación que su español inexperto se encarga de reforzar. Unos ojos transparentes y la palidez de su cara le terminan de conferir esa exhalación que inmediatamente reconocemos como de alguien que no es de aquí, la íntima formulación del extranjero, la mirada que invariablemente te lleva a decir: “Este pibe no es de acá”.

Me dice Benjamin que le gustaría enamorarse. Que no tiene hijos ni ha tenido tampoco nadie con quien tenerlos. Que le gustaría conocer a alguna argentina con ganas de acompañarlo en sus viajes. Que por ahora está tranquilo. Que siente que le queda mucho tiempo en Buenos Aires. Que gracias por todo, que cualquier cosa este es su celular, que ahora se va a descansar un rato porque esta noche toca en la calle otra vez.