Se define como un artista, esa palabra que a muchos les queda grande y a él lo pinta a la perfección. Aquí, radiografiamos a un hombre que intenta no caer en las garras del ego y sólo encuentra el amor incondicional en su mujer y en sus hijos.

En la vieja China había un pintor genial que se había hecho muy famoso, y un día, en el Año del Gallo, un comerciante de mucho dinero fue a la aldea donde vivía y le dijo: “Mirá, quiero que me pintes un gallo porque quiero ver un gallo en mi casa pintado por vos”. El pintor contestó: “Bueno, OK”. Le cobró un dineral y le pidió que volviera al año siguiente. Entonces el comerciante le preguntó por qué al año siguiente, si le encantaría ver al gallo en ese momento. El pintor se negó enfáticamente, y subrayó: “Tiene que ser el año que viene”. El comerciante, resignado, le pagó por adelantado y se fue. Esperó un año, desesperado. Pasaron los meses, y cuando se cumplió el año fue a la aldea. El viejo pintor, en principio, no lo reconoció: “¿Vos quién sos?”. “Yo soy el que te pagó el año pasado el gallo, y lo vengo a buscar.” “Ah, sí, pasá, pasá.” Agarró un papel en blanco que tenía sobre la mesa y empezó a delinear un gallo. “Tomá, acá tenés tu gallo.” El comerciante lo miró y se dio cuenta de que se trataba de un gallo mágico que encerraba todo, eran todos los gallos que uno pudiera imaginar en un solo gallo y hecho en un solo trazado. Entonces el comerciante le dijo: “Esto es una genialidad”, se emocionó y le preguntó: “¿Por qué me hiciste esperar todo un año para hacer esto?”. El pintor le pidió que lo acompañara y lo llevó al cuarto de atrás, al taller, dónde había 800 mil bocetos de gallos y 800 mil pinturas de gallos: “Para llegar a hacer lo que te hice, pasé por todo esto”.

“Un profesional y un apasionado”, remata el cuento Favio Posca, para quien eso es ser un artista. Arte que él lleva al escenario en un formato que se podría definir como “poscariano”, lo que incluye textos, música, videos, fotos, actuación, interpretación. En estos tiempos de pleno proceso creativo para su espectáculo que estrenará a mediados de año, Posca hace un parate y nos cuenta muchas cosas. Que está casado hace 22 años y que su matrimonio se basa en la libertad y en la elección por estar, que su familia es su círculo de contención ante las adversidades y que las adversidades sirven para crecer, que tiene pocos amigos pero que los suyos son los de verdad.

 

–¿Qué es el arte? ¿Usted es un artista?

 

–Sí, soy artista. Sin embargo, si supiera qué es el arte no te lo diría (risas). Para mí, en mí, es poder meterme y transitar zonas de locura, zonas de monstruosidad, de júbilo, de tristeza, de felicidad, de risa, zonas de llanto para poder después sublimar y transformar. Meterme adentro de esas zonas que son muy mías, y poder transformarlas para hacer, después, el gran sacrificio arriba del escenario. Para poder también rozar a la gente y ayudarla a liberarse de los prejuicios, de los tabúes y de todas esas oscuridades, y permitirles –y permitirme– noches menos oscuras.

 

 

“Cuando empieza a mandar el ego, automáticamente dejás de ser un artista y te transformás en otra cosa. El ego es lo más peligroso”.

 

 

–¿Es una herramienta para vencer o atravesar miedos?

 

–No sé si para vencer el miedo, porque el arte en mí no funciona como una cuestión de escape de algún miedo, sino como una necesidad. Mucha gente dice: “Vos, Favio, hablás muchas veces de la locura, de las adicciones, del sexo”. A mí, como artista, me interesa meterme en esos mundos, profundizar y tomar de mis fantasmas para poder hablar de eso que me interesa hablar. Pero no por tenerle miedo, es por la necesidad de ir ahí.

 

–¿Hubo un momento en el que dijo “Ah, sí… ahora soy un artista y esto es lo que quiero ser”?

 

–Siempre. Lo que pasa es que después lo tomé como un proyecto de vida. Después me permití poder vivir de eso, pero creo que siempre estuve investigando inconscientemente.

 

–¿Era un chico raro para los demás?

 

–Sí, bastante. Era un chico que todo el tiempo les abría puertas a mis amigos para zafar de la represión colegial que había en ese momento, que tenía que ver con la forma también. Yo les abría puertas a la fantasía, a la ingenuidad, a la risa. Estaba todo el tiempo tratando, en los recreos y en el aula, por eso también era un sufrido de las amonestaciones y me echaban de los colegios, no por revoltoso ni por romper todo; por abrirles las puertas a mis compañeros a la abstracción y a irse a otros lados cuando eso no era lo correcto.

 

–¿Y el ego qué rol juega en todo esto? ¿Qué pasa si en algún momento toma el mando?

 

–Es un gran trabajo, porque cuando empieza a mandar el ego automáticamente dejás de ser un artista y te transformás en otra cosa, el ego es lo más peligroso.

 

–¿Y cómo lo detecta?

 

–Lo detecto cuando nada me basta. Cuando empiezo a sentir que todo es normal, que es normal meter 500 personas que me vayan a ver, que a la gente le guste… Ahí me doy cuenta de que estoy equivocado. No es normal, no tienen por qué. Tenés la gran bendición de tener un montón de gente que te quiere y te sigue y no es lo normal. Bajá un poquito el ego y agradecé. Cuando sos un tipo agradecido y decís “qué bueno, voy a dar todo por esta gente que me sigue”, ahí se produce el sacrificio arriba del escenario para querer dar todo. En mí, la función como artista es la liberación; la liberación interna, la liberación del espíritu. Lo que me rige como artista es eso: ayudar al otro. El arte mucho tiene que ver con eso, con ayudar al otro a que la pase un poco mejor.

 

–¿Cómo se lleva con el ego de los otros artistas?

 

–Es terrible, salta todo el tiempo, pero uno está acostumbrado a vivir con eso, hay que saber manejarlo y estar muy seguro de lo que uno es, distanciarse un poco y no engancharse. Eso es lo más sano, aunque a veces uno siente alguna presión y también devuelve, y también está bueno, no soy de guardarme mucho y cuando me siento medio atacadito… ¡pim! Al toque meto una patadita frontal. No soy un monje, antes era mucho peor pero, con el tiempo, estoy más seguro de mí y de lo que quiero como ser humano. Eso me ha tranquilizado y me ha hecho más sabio. “No tengo tatuajes, pero tengo cicatrices”, dice uno de mis personajes. Me he comido algunos palos en mi carrera como para ser un poco más sabio, palos de censura, de no reconocimiento… Todo eso te fortalece.

 

–¿Es un mito, o el arte está asociado al consumo de drogas para crear?

 

–No creo que sea un mito, puede ser que sea verdad, pero no es necesario. Bajo los efectos de la droga todo puede parecer maravilloso, pero cuando dejás de estar drogado todo te parece una mierda. Te puede parecer de un alto vuelo, pero es porque estás re-loco, y cuando estás careta decís: “La verdad es que no está tan bueno esto”. A mí no me sirve estar bajo
los efectos de ninguna sustancia… puede ser bajo los efectos de un vinito. Pero nunca me interesó crear bajo los efectos de alguna droga porque te perdés. No me ayuda, me desconcentra, tenés que estar muy lúcido para saber qué está bueno y qué no. Hablo por mí y a mí no me funciona, me interesa estar bien lúcido. Se parece bastante a cuando me meto al mar con una tabla. La intensidad de la sensación tiene que ver con la creación. Me zambullo dentro de mi ser, dentro de mis fantasmas para crear, y el océano tiene tanta potencia y es tan alucinante que hay que tenerle respeto y estar lúcido. No podés meterte al mar medio en pedo, no te conviene. A mí gusta estar lúcido arriba de la tabla para poder surfear y aprovechar todas las olas y para elegir la ola. Si estás disperso, te perdés un olón o te podés caer y hacerte mierda. En el arte sería no poder componer nada. He vivido diferentes situaciones, pero a esta altura, puedo decir que no me ha servido, y prefiero estar lúcido.

 

–Ahora está atravesando ese proceso.

 

–Sí, estoy en pleno proceso creativo con los músicos y va a ser increíble, va a ser un show con toda la contundencia de un octavo show. Me estoy sorprendiendo de las imágenes que voy bajando. Estoy recibiendo imágenes y música, porque crear un nuevo show además de un nuevo texto, para mí son nuevas canciones, nuevos videos. Por eso, el proceso creativo es mucho más intenso y más doloroso y, a lo mejor, más satisfactorio cuando empiezan a salir las cosas.

 

–La palabra trabajo suena contradictoria con el arte, pero sin embargo este es su trabajo.

 

–La palabra trabajo tiene que ver con el antes, con el “tengo que ir viernes y sábado al teatro” o “¡uy, estoy llegando tarde!”, pero termina cuando salgo a escena. Cuando se abre el telón deja de ser trabajo porque entro en un trance. En el camarín, mientras me estoy maquillando, a veces todavía es trabajo. Es una diferencia enorme, es lo que me pasa, y eso hace que pueda trabajar con fiebre, deprimido o malhumorado. Soy un ser humano, y bastante complejo, y vengo con todos mis demonios, pero salgo y es como la película Billy Elliot, viste que termina y vuela. Eso es lo que me pasa a mí cuando salgo es ¡Ffffff…!, un disfrute total.

 

–¿Tiene el arte un precio justo?

 

–Tiene que ver con el valor que le da el otro. En mi caso, siempre he discutido con los productores porque mi público es joven, entonces no puedo cobrar una entrada como si fueran tipos grandes que consumen teatro convencional. Me hago cargo de que mi lenguaje es diferente y que convoco a los chicos que entienden lo que hago. La discusión es esa: no me interesa cobrar una entrada cara, voy paralelo a todo para que los pibes puedan venir y, de hecho, vienen más de una vez. El dinero, en un punto, cuando hablamos de arte, está muy afuera de todo; es la consecuencia. Sin embargo, no creo en la hippeada, porque uno vive de esto aunque eso no signifique que vaya de la mano. No me expongo como me expongo arriba del escenario por la plata, en una publicidad sí, pero mi arte no tiene que ver con el dinero.

 

–¿Cómo reacciona ante las adversidades?

 

–Creo que sirven para aprender. Es difícil verlo así porque uno, primero, se queja pero todo es para mejor, para aprender.

 

–¿Se da cuenta de que es para mejor durante o después de que ya pasó?

 

-Aprendí a darme cuenta bastante rápido, el dolor de la adversidad siempre está, y cuando algo sale mal, por el motivo que sea, obviamente duele y uno lo primero que hace es quejarse. Pero no me quedo en la queja, meto primera y sigo.

 

–¿A quién recurre cuando se complican las cosas?

 

–Al amor de mi familia más que a los amigos, me cuesta creer cada vez más en la amistad sincera. Mi familia, mi mujer y mis hijos son incondicionales, y el amor es verdadero.

 

 

 

Posca y la tele

 

Además de escribir, componer la música, hacer la puesta y ponerle el cuerpo a sus obras teatrales, Favio Posca ha realizado interesantes interpretaciones en cine y múltiples y exitosas actuaciones televisivas, principalmente en las novelas y comedias románticas del prime time de canal Trece. “No creo que haya ninguna contradicción entre la condición de artista y mi trabajo en la tele, no tiene nada que ver. Hay muchos que piensan que no podés hacer televisión, y para mí es una ridiculez total”, explica. “Eso es por falta de talento, porque hay que tener mucho talento para poder abarcar varias disciplinas. A lo mejor por falta de talento viene el reniego y la negación, y en realidad lo que no te da es el cuero para hacer todo y ser creíble en todo. La cuestión pasa por elegir qué, ser consecuente en ese camino y tratar de que la tentación del dinero y de la fama no te mareen”.

 

“No me interesa crear bajo los efectos de alguna droga porque me pierdo. No me ayuda, me desconcentra. Hay que estar muy lúcido para saber qué está bueno y qué no”.