Se asienta, en su segunda edición, el Festival del Arte Latinoamericano, FLAvia, una propuesta propuesta para volver al cine desde algo tan familiar como el video.

Cuando en los años sesenta los artistas Wolf Vostell y Nam June Paik comenzaron a utilizar monitores de televisión como si se tratara de esculturas, ¿habrán imaginado que décadas después se estaría hablando de festivales de videoarte? ¿Habrán intuido, siquiera, la posibilidad de un desarrollo regional de este arte como se está dando en Latinoamérica?

 

Probablemente sí, o no… lo que es real, a juzgar por el manifiesto escrito por Paik, es que a este nuevo formato le auguraban un buen futuro y en ellos anidaba la fantasía de que el tubo catódico reemplazaría la tela y sería el instrumento capaz, finalmente, de liberar al arte de sus ataduras museísticas.

 

Fantasías más o menos, en aquel entonces las intenciones del alemán Vostell y del coreano Paik, giraban en torno a la utilización de este ícono de la cultura de masas –el monitor de TV– para reflexionar acerca de este medio y de su inserción (bastante nueva por aquel entonces) en las sociedades, aprovechándolo también para cuestionar el discurso elitista del arte.

 

 

El video fue definido por el teórico Paul Virilio como “la tercera ventana” detrás del cine y la fotografía.

 

El tiempo transcurrido, con explosiones tecnológicas mediante, hacen de la “tercera ventana” –tal como definió a este arte el teórico Paul Virilio, ubicándolo después de la fotografía y el cine–, un elemento sensible a los debates acerca de la visión del mundo que genera. Una mirada que a la luz de la contemporaneidad mantiene su modo particular, sin condicionamientos deteniéndose en el acercamiento personal a la realidad o a la fantasía desde la accesibilidad de un formato flexible, fluido y económico.

 

Estas razones explican a las claras por qué hoy hablar del Festival Latinoamericano de Videoarte, FlaVIA, que se presentará en Buenos Aires en estos días, puede ofrecer una lectura más que interesante y diversa en experimentaciones, tendiente a potenciar las discusiones que el arte siempre provoca.

 

Creado y organizado por las investigadoras en arte Blanca María Monzón, Kekena Corvalán y Alejandra Portela, en una convocatoria conjunta de Leedor.com y el Centro Cultural Borges, y con el auspicio del Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales (Incaa), FlaVIA nuclea más de 120 trabajos provenientes de los más variados puntos de Latinoamérica, con una importante presencia argentina. De estas propuestas, ricas en matices estéticos, con multiplicidad de referencias sociales, políticas y culturales y que en muchos casos llevan al extremo la utilización de la imagen y el sonido, se hará una exhaustiva selección para de allí determinar el primer, segundo y tercer premio.

 

“La intención es apoyar, estimular y difundir el videoarte emergente generando además una movida artística regional”, asegura Portela, quien posee una larga trayectoria como docente, autora y difusora de los medios audiovisuales en nuestro país.

 

El interés de esta propuesta quedó sin duda demostrado durante la primera edición del festival en 2012, donde se presentaron videos como El baqueano, de la argentina Florencia Levy, en el que la artista reconstruye, desde la fragmentación, múltiples imágenes de viajes por lugares antagónicos y de personajes tan variados como soldados, pasajeros de un colectivo, vendedoras de pescado, señores de sombrero, entre otros. La unidad de sentido y la belleza plástica, lograda en 10 minutos, hicieron de esta realización la ganadora del primer premio. El segundo y tercer lugar fue para Yo te creé, yo te destruyo, de Diana Schufer, y Anahí, de Camila Rodríguez Triana, respectivamente. Luego de casi 12 horas ininterrumpidas de puro videoarte, el jurado destacó en la primera la combinación entre lo inocente y lo terrible (se realiza el dibujo de una niña y un dedo lo borronea con violencia exponiendo su dominio). En el tercer premio se destacó la manipulación del tiempo en la imagen de una niña detrás de un vidrio que se empaña y desempaña, mientras se escucha la voz de su madre en un contestador pidiéndole disculpas por no poder estar allí.

 

Poética, empatía, tensiones, molestias, entusiasmo, duda, todo puede suceder en los escasos minutos de una obra de videoarte. Los videos –este año no superan los siete minutos– se exhibirán en sala durante una jornada que incluirá además charlas debate y la exhibición de cortos inéditos y otros ya consagrados.

 

En palabras de Portela es una forma de volver al cine desde el videoarte, de rescatar el ritual de sentarse a ver lo que ofrece una pantalla, sin interrupciones ni obstáculos, y con el innegable plus de la diversidad.