“¡No hay futuro, no hay futuro!” El grito emblemático del punk se hizo escuchar en los 70 mientras, entre predicciones mayas truncas y promesas tecnológicas incumplidas, la ficción siempre supo hacer su parte en imaginar ese devenir que intuimos cercano.

 

“¿Nosotros no nos los vamos a comer, no papá?”. “No.” En La carretera, de Cormac McCarthy, los diálogos son monosilábicos y las emociones contenidas. Un padre y su hijo pequeño caminan por un Estados Unidos devastado y donde, además de buscar restos para subsistir, tienen que evitar caer en manos de otros sobrevivientes, prestos a asesinarlos para comérselos. Deben dormir sin ser encontrados, buscar comida en casas deshabitadas, matar si es preciso y, sobre todo, no morir en el intento. A pesar de la desesperación que ese paisaje urbano augura, ni siquiera son muchos los sobresaltos, lo que prima es más bien una monotonía desesperanzada. Lo que inunda de tristeza cada página es la certeza de que, en el futuro, no hay futuro, sólo hay hambre. Con pluma minimalista y acción a cuentagotas, McCarthy logra una novela impactante, en la que sus protagonistas empujan lo poco que tienen en un carrito de supermercado, en la misma ciudad sin góndolas que antes rebosaba de consumo. Intentan llegar al mar. Puede que lo consigan.

 

 

Made in Argentina

 

 

Creada por el escritor Héctor Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López, El Eternauta fue publicada inicialmente en Hora Cero Semanal entre 1957 y 1959 y marcó un hito en la historieta argentina cuando en sus páginas Buenos Aires amaneció repleta de cadáveres y cubierta por una especie de copos luminiscentes que caían desde el cielo. Pronto se descubre que la nevada es producto de una invasión alienígena y que los humanos mueren al instante al entrar en contacto con la extraña nieve. Encerrados en una casa, cuatro amigos (un físico, un periodista, un adicto a la ciencia ficción y un guionista) crean un traje aislante para protegerse de los copos mortales –ese con escafandra ovalada que se ha vuelto todo un símbolo– para descubrir que en las calles reinan la violencia y la anarquía, y que ya hay soldados y voluntarios decididos a enfrentar a los extraterrestres, con el estadio de River como centro de operaciones.

 

 

La historieta tuvo varias secuelas y no pocas segundas lecturas, entre ellas la que ve en la invasión referencias a los golpes de Estado que se venían sucediendo en la Argentina. Pero ante todo, El Eternauta es una historia de amistad, de aventuras, que además tiene como protagonista a la ciudad. La precisión con la que están dibujados los escenarios porteños (entre ellos la General Paz, Barrancas de Belgrano, Plaza Italia, Plaza Congreso) es soberbia. Lo que es una pena es que Solano López haya retratado con tanta fidelidad el estadio de River y no La Bombonera. Dibujantes del mundo (o de la mitad más uno), quedan advertidos. 

 

 

Mi marciano favorito 

 

 

Considerado un clásico de la ciencia ficción, Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, ha sido fuente de argumento para juegos infantiles durante varias generaciones. Publicada en 1950, no es en rigor una novela sino una compilación de relatos que cuentan la llegada del hombre a Marte, en 1999, y su posterior colonización, lo que provoca la caída de la civilización marciana y sus habitantes, que entre otras cosas mueren contagiados de varicela por los primeros expedicionarios (cualquier semejanza con la conquista de América no es mera coincidencia). Con prólogo de Borges en la edición argentina, Crónicas marcianas es una crítica a la sociedad norteamericana, que adonde sea que llegue sueña con reproducir un mundo de béisbol y hot dogs, y una suerte de manifiesto sobre la guerra, sobre el racismo –cuyo contrapunto son bellísimas y melancólicas descripciones de Marte y los marcianos–, sobre la insignificancia de la humanidad.

 

 

De todos los relatos, mi preferido es “La tercera expedición (abril de 2000)”, que narra la llegada y desaparición de la tercera expedición de seres humanos que aterrizan en Marte. Aquí los marcianos, advertidos de la intención colonizadora y genocida de los terrícolas, los esperan con la réplica de un típico pueblo estadounidense de la década del 20, que está habitado por sus seres queridos muertos. Accediendo a sus memorias de la infancia, los marcianos adoptan la apariencia de sus padres, abuelos, hermanos. Los astronautas, entregados al invento, aceptan esta maravilla y se separan para estar con esos familiares a quienes no veían desde hace años. Sólo uno sospecha. Y es que, como dice Bradbury, “un hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve de pronto a la vida. Está demasiado contento”.