Con sus trastornos de ansiedad, sexo rápido, empleos mal pagos y ambiciones artísticas, la serie Girls es el manifiesto televisivo definitivo de los millennials, “la generación malcriada que quiere cambiar el mundo”.

Nunca hago el amor con desconocidos. Quizá sepa que son malos, pero por lo menos los conozco.” Con la cruda impunidad de la que se sabe sinuosa, Hannah se disculpa antes de sacarse la ropa… frente a un desconocido. Hannah, la del nombre palíndromo, se da vuelta sin complejos y se regodea en la autoconciencia generacional: a los 26 años, es el personaje principal de Girls (domingos a las 22, por HBO), el último fenómeno de época de la cultura pop, y álter ego de Lena Dunham, actriz, guionista y directora de la serie que funciona como reverso perfecto de Sex and the City: si en la década pasada las cuatro amigas de Manhattan descubrían el orgasmo aunque se tapaban púdicas con una sábana de algodón egipcio, en su lobotomía consumista y en su fetichismo por los zapatos de diseñador, perdieron todo rastro pedestre, diez años después, las cuatro girls de Brooklyn ostentan la celulitis como triunfo de género, se pasean destetadas por el living cuando no se visten con retazos de feria americana y pliegan una bisagra que las separa de sus antecesoras: ahí donde aquellas corrían detrás del macho alfa (¡diez años de reverencias al soberbio Mr. Big!), estas desprecian al hombre promedio, ya no por autoritario o misógino: por pusilánime.

 

 

 

Adictos a las redes sociales, inconformistas en búsqueda de la novísima banda indie, fanáticos del café en todas sus preparaciones, artistas incomprendidos que sólo pueden expresarse en 140 caracteres, artífices de la gentrificación de barrios periféricos: Girls es el manifiesto televisivo definitivo de los millennials, “la generación malcriada que quiere cambiar el mundo”, según la definición del diario monárquico español ABC: “Los menores de 30 años, egocéntricos, muy vivos y preparados académicamente que nacieron bajo el paraguas de la prosperidad económica”. 

 

Alumbrados en los ‘80, alcanzaron la mayoría de edad con el cambio de milenio. Y ahora conquistan el prime time de la tevé adulta, llevando al horario central sus prioridades y módicos fetiches: las remeras de algodón de American Apparel, el fanatismo por las películas de Wes Anderson, la falta de compromiso político, la idolatría por el filósofo Slavok Zizek, las cafeterías de Williamsburg o las discotecas donde las chicas bien bailan cumbia electrónica. “Los hipsters son un tipo de subcultura generada por el neoliberalismo”, definió el autor Mark Greif en su libro ¿Qué fue lo hipster?: “Su credo estriba en no tomarse nada en serio, excepto a sí mismos”.

 

En los primeros episodios de Girls, la diletante Hannah se horroriza frente a la decisión unilateral de sus padres de cancelar su mensualidad (“conseguite un trabajo y empezá un blog”, le recomienda su madre), mientras ella se demora en la escritura de su novela de iniciación. ¡Horror! ¡Tendrá que trabajar! ¡Una artista! Sin obra todavía, pero artista (como lo propone cualquier concurso televisivo de talentos, ser reconocido como “artista” hoy parece un derecho humano). En su derrotero sexual e intelectual, Hannah se topará con amantes virtuosos y mediocres, con casados y solteros, con jóvenes y mayores, pero siempre blancos, universitarios, de clase media alta o simplemente vacuos. En su primera temporada, la serie fue acusada de racista y clasista: “El problema no es que el programa de Lena Dunham sea sobre un mundo demasiado estrecho”, escribió la crítica Ta-Nehisi Coates en la revista The Atlantic: “El problema es que no se ven otros mundos estrechos en la pantalla. ‘Masivo’ no es sinónimo de ‘bueno’”.

 

 

La nada misma

 

“Ansiedad, mal sexo y el mejor programa de la televisión”: con este título, el mes pasado la revista Rolling Stone le dedicó la tapa de su edición estadounidense a Lena Dunham como última portavoz generacional. Hija de un pintor protestante y de una fotógrafa judía, es una heredera clásica de la intelligentsia neoyorquina, a la que retrató con todas sus tribulaciones en la película independiente Tiny Furniture (2010) y a la que promete destripar en su primer libro, por el que consiguió un contrato récord de 3.500.000 dólares con la editorial Random House: se llamará Not That Kind of Girl: A Young Woman Tells You What She’s Learned (No soy una chica de ese tipo: una mujer joven te cuenta lo que ha aprendido). ¿Qué aprendió en estos años? Unas cuantas cosas sobre drogas sintéticas, ex novios gays, empleos mal pagos, sexo frustrante, incomprensión familiar o, según googleó en un capítulo de su serie, “cosas que quedan pegadas en los bordes de un forro”.

 

 

 

Si un crítico la bautizó como “la nieta enfermita de Larry David”, Lena Dunham acepta el cumplido y se vuelve más ácida a medida que entra en confianza. Podría decirse que al igual que Seinfeld, la maravillosa creación noventosa de David, en sus escasos treinta minutos Girls también es “un show sobre la nada”. El cinismo, como marca generacional: en tanto un pensador nihilista proclame la “no acción”, Lena/ Hannah podrá pasarse la tarde mirando el techo o arrugando la yema de sus dedos en una bañadera tibia.

 

 

Es la consagración de la generación ni-ni: ni trabajan ni estudian, se regodean en la añoranza de la infancia y, a la vez, en avergonzar a los padres. “Creo que no tengo ninguna habilidad”, se jacta Hannah cuando tiene que preparar su primer currículum. Con sus amigas Jessa, Shoshanna y Marnie, encarna una épica del desencanto, después de una recesión económica brutal y de un maratón consumista que sólo puede comprar frustraciones (y apenas algún modelo nuevo de iPhone). “Hace veinte años, ellas podrían haber atendido un café en alguna ciudad universitaria, mientras tocaban en una banda de rock. Hace diez años, ellas podrían haber sido DJ o bloggers”, escribió Rob Sheffield en la Rolling Stone: “Pero en esta época no tienen aspiraciones, ni siquiera de las más irreales o pretenciosas. No sueñan con ser famosas o ricas. Ellas no tienen ningún sueño de ninguna clase”. Tampoco es para tanto, vamos: Hannah se propone escribir sus memorias, aunque hasta ahora no pasa de tipear unos cuantos SMS al día con sus pulgares hipertrofiados. Abúlica y desganada, se tira en la cama, se levanta, abre la computadora, la cierra, dibuja unos garabatos en un cuaderno y da por terminada la empresa porque, en un arranque de lucidez, se dice que antes de escribir su autobiografía, “primero tengo que vivir”.

 

 

Lena Dunham, protagonista, productora, guionista y directora de la serie, consiguió un contrato récord de 3,5 millones de dólares con la editorial Random House por su nuevo libro.

 

 

 Marnie

             

 

 

 

     

 

 

 

                             

 

Shoshanna

 

 

 

 Jessa                                          

 

 

 

 

 

                                    

 

Hannah

 

 

 

 

Diez años después de Sex and the City, las cuatro girls de Brooklyn ostentan la celulitis como triunfo de género, se pasean destetadas por el living cuando no se visten con retazos de feria americana.