Fue desde vendedor de gomina hasta fabricante de camperas de cuero. A los 28 años se animó a cambiar el curso de su vida y hoy, con 52, triunfa como actor y productor al frente de “Mi amor, mi amor” y “El hijo de puta del sombrero”. Además, hace los deberes con sus hijos, sigue enamorado de su mujer y se anima a coquetear con la política. ¿Se puede pedir más?

Martín llega superpuntual a nuestro encuentro, con una energía que no cualquiera tiene un lunes a las 9 de la mañana. Mientras hacemos las fotos, coordina telefónicamente las escenas que grabará más tarde y pauta un partido de tenis. Su agenda está muy cargada, sin embargo no corre y logra hacerse tiempo para todo con tan buen humor que no deja de sorprender.

 

 

–¿Siempre se levanta tan temprano?

 

 

–Sí, arranco todos los días a las siete. Llevo a mis chicos al colegio, de ahí me voy al gimnasio y directo a laburar.

 

 

 

–¿Va al gimnasio todos los días?

 

 

–Tres, cuatro veces por semana trato de ir un rato. Es una rutina de entrenamiento que tiene que ver con la salud. Yo necesito hacer deporte. Juego al tenis, al paddle, al golf, y de vez en cuando me quieren convencer de volver al fútbol, pero con la rodilla mal me cuesta.

 

 

 

 

 

–¿Se hizo alguna cirugía estética?

 

 

–No. Me han ofrecido hacerme de todo: botox, cirugías, lo que sea, pero no. Yo estoy contento con lo que veo, tengo estas arrugas y esta cara desde los 24 años. Siempre fui igual, tengo arrugas de tanto reírme.

 

 

–Tuvo varios trabajos fuera de la profesión artística. ¿Cuándo sintió que podía vivir de la actuación?

 

 

–Viví un proceso raro, porque estudié teatro desde muy chico, pero siempre trabajando en otra cosa. Cuando tomé la decisión de ser actor, supuestamente ya era grande, tenía 28 años y cambié mi vida por completo.

 

 

 

–¿Qué pasó?

 

 

–Hasta ese momento no había laburado con continuidad como actor. Hacía otras cosas, pero siempre en función de que me permitieran actuar. Hubo un momento en que tuve que decir basta. Estaba en una gerencia comercial y Adrián me llamó para hacer temporada en Mar del Plata de Poliladron. Lo hablé con mi mujer y le dije: “Esto es lo que yo quiero hacer, puede ir bien, puede ir mal, y vos tenés derecho a tomar la decisión que tengas que tomar”. Porque uno no puede pretender que el otro lo acompañe.

 

 

–Sin embargo, lo acompañó.

 

 

–¡Sí! Vale me acompañó, y ya son 23 años de batalla juntos, con todo lo que eso significa.

 

 

–¿Cómo se hace?

 

 

–Tuvimos nuestras crisis, incluso una separación de un año. Un día, Ana María Campoy me dijo una frase que a mí me encantó: “Al amor y al humor los diferencia una sola letra”. Te tenés que divertir con tu pareja, tenés que tratar de saber que te podés aburrir, que podés tener momentos de quietud, pero son procesos lógicos del matrimonio.

 

 

–¿Cómo se mantiene la pasión?

 

 

–Tiene que ver con un sentimiento, con lo construido. Si lo basás únicamente en lo estético, no hay solución posible, todos vamos a ir cayendo en un deterioro físico. Siento que pasa por el bocho, por una unión bastante más espiritual. A mí, mi mujer me encanta, me gusta desde el primer día que la vi hasta hoy, que me sigue encantando.

 

 

–El protagonista de Mi amor, mi amor está enamorado de dos mujeres. ¿A usted nunca le pasó algo similar?

 

 

–No me tocó enamorarme de dos mujeres. Creo que sucede mucho más de lo que nos imaginamos. Lo hablamos mucho con Valeria, es difícil completarse en una sola persona. Lo que pasa es que hablar de esto con libertad también es complicado, porque por no lastimar uno no lo pone arriba de la mesa, pero la realidad es que es difícil esta cosa de que tenés que hacer el amor con una sola persona. Creo que el límite tiene que ver con el respeto, con el no lastimar.

 

 

–¿La fidelidad le cuesta?

 

 

–No es que me cuesta, es un tema que tenés que poder hablar. Hay que jugar lo más cerca posible de la sinceridad y lo más lejos de la hipocresía. Tenemos con Vale la inteligencia de poder construir sobre un marco de verdad, nos podemos decir un montón de cosas. Vale sabe quién soy yo, y yo sé quién es ella.

 

 


“Pasé momentos muy buenos y muy malos, pero siempre fui muy optimista. Creo que es una actitud de vida”.

 

 

–¿No corre riesgo de que le revolee una cacerola por la cabeza?

 

 

–Ya lo hizo, ya pasamos por esa instancia del revoleo. Pero porque yo también era muy celoso. Cuando vas creciendo empezás a entender, a abrir la cabeza, y a saber que al otro le pueden pasar cosas, que es normal que le pasen. Tenés que tener la apertura suficiente para entenderlo, cada uno tiene su límite.

 

 

–¿Usted se bancaría una infidelidad?

 

 

–Sí, me la bancaría. Siempre le digo a mi mujer: “No toquemos el vecindario, no me toques a los amigos, al policía de la esquina. No me toques lo mío”. Lo que digo es que te puede pasar, y te voy a ser sincero: si no me entero, mucho mejor. Pero si me entero, son 23 años al lado de alguien. Los mejores 23 años de mi vida los viví con ella.

 

 

–¿Cree que en general es más fácil perdonar una infidelidad sexual que el cafecito tomados de la mano?

 

 

–Exactamente, no perdonás el beso, cuando se juega el sentimiento. Yo creo que el sexo es una cosa más primitiva del ser humano, no comparto cuando dicen que el sexo va de la mano del amor.

 

 

–¿Cómo es como papá?

 

 

–Uno nunca sabe cómo es como padre. Lo que sí sé es que soy un papá muy presente, me ocupo y trato de tener un nivel de diálogo importante, me divierto con ellos. Los llevo al colegio todos los días, los ayudo con la tarea, juego a la pelea, bailamos, construimos cosas, nos divertimos.

 

 

–¿Qué cosas vivió usted que no quisiera que vivan ellos?

 

 

–La falta de presencia paterna. Mi viejo laburaba mucho cuando yo era chico y en la época donde empezamos a tener un vínculo más grande él se fue a vivir a Alemania. Es un tipo extraordinario, pero lo he necesitado. Por otro lado, me gustaría prepararlos para la vida de la mejor manera, que entiendan que se puede pasar por muchísimos estados y que hay que estar preparado para eso. Nosotros hoy tenemos una buena vida, pero las cosas cambian. Yo de chico tuve una vida bárbara, pero después, de más grande, todo se puso muy difícil.

 

 

–¿Cómo fue eso?

 

 

–Hasta los 27 años la pasé muy bien, pero después nos quedamos literalmente sin nada y tuve que arrancar de cero. Teníamos un negocio familiar que se terminó. A veces vos creés que la vida ya está, y te encontrás con que no es así. De repente tenés que salir a buscar tu propia vida más allá de la que tenías.

 

 

–Si no hubiera pasado por esa situación ,¿cree que se hubiera animado a ser el que es hoy?

 

 

–No, ni de casualidad. Yo creo que este que soy es el que quería ser. Tuve la suerte de mamar la cultura del trabajo. Tuve pizzerías, vendí gomina, vendí champagne, tuve un bar, fabriqué remeras, camperas de cuero, hice todo lo que tenía que hacer para bancarme y para vivir. Pasé momentos muy buenos y muy malos, pero siempre fui muy optimista. Creo que es una actitud de vida.

 

 

–¿Hoy qué lujos se da?

 

 

–No soy un tipo de llevar una vida muy de lujo. Me gusta comer rico, me gusta hacer asados, disfruto mucho en casa. Hoy me cuesta viajar, tuve la suerte de viajar mucho, pero me cuesta viajar sin los chicos. Soy muy escorpiano, a veces muy retorcido, el tema de viajar los dos solos y dejar a los chicos no me gusta.

 

 

–Tiene un comedor, ¿cómo nació el proyecto?

 

–Hace más de diez años. Siempre tuve ganas de trabajar en lo social, y una amiga me propuso un lugar en Ciudad Oculta donde podíamos ayudar mucho y fuimos. Me acuerdo que cuando llegué y vi las condiciones en las que se movían y vivían, fue como una necesidad interna. Es algo que me enriquece el alma.

 

 

–Así como a los 28 se dio este quiebre por el teatro, ¿podría darse un nuevo quiebre que lo acerque a la política?

 

 

–Creo que sí, cada vez estoy más convencido de la idea de participar, de trabajar para que la gente esté mejor y para que el país salga adelante. Uno tiene hijos y quiere dejarles lo mejor.

 

 

–¿Qué visión tiene del país hoy?

 

 

–No me siento cómodo en un montón de aspectos y en un montón de decisiones que se han tomado, pero por sobre todo no me siento cómodo frente a que la opinión de cualquier ciudadano genera un enojo. Creo que hay mucha intolerancia. Si disentís, tenés que ser enemigo. Me parece que eso no está bien. Uno puede tener derecho a estar de acuerdo o no con alguien, a pensar de una determinada manera, pero eso no tiene por qué ser criticable.