En los últimos años se está estudiando a las ciudades desde otra perspectiva, no sólo teniendo en cuenta la fase económica, la de la localización industrial o la de la estructura social. Hoy se mira a la ciudad desde la cotidianidad, se la articula con la cultura y es imposible pensar una sin la otra. Y en este punto aparece Buenos Aires con sus casi tres millones de habitantes o sus casi 16, si se consideran sus alrededores, y que posee, además, la mayor concentración de teatros del mundo, imponiéndose a megaurbes como Nueva York y París.

“En ese contexto vale pensar Buenos Aires. Una de las grandes ciudades del mundo”, explica Guillermo Oliveto, nuestro especialista en Marketing, en su columna de esta edición de El Planeta Urbano. “Basta recorrer un poco este mundo lleno de estímulos y atractivos, para comprobar que los nuestros compiten ‘mano a mano’. Y muchas veces ganan. La oferta cultural de Buenos Aires es, sin duda, top 5. Su vida ‘24 x 7 x 365’ resulta única y magnética. Los turistas que llegan hasta aquí se sorprenden cuando la descubren. Y las investigaciones que se han realizado con ellos demuestran que la gran mayoría volvería y además recomendaría a sus amigos que vinieran. Es un polo en el ‘fin del mundo’ que atrae a viajeros capaces de cruzar grandes distancias con tal de llegar a ‘la ciudad que no duerme’. Tiene día y tiene noche. Y además es bonita. Mucho más de lo que se supone a priori”.

Una ciudad tan contradictoria que provoca amor y fastidio. Con sus horas pico que son siempre pico y sus aguas nauseabundas de un Riachuelo a cuya vera se construyen pisos tan caros, por esas idas y venidas de la demoníaca economía globalizada, como la de las grandes capitales del llamado Primer Mundo.

Cultura urbana a full, trenes que funcionan poco y habitantes que empiezan a descubrir los beneficios de andar en bicicleta y que revientan cualquier muestra artística propia o ajena que irrumpe en un museo. Una ciudad que contiene y asfixia, a la que deberíamos empezar a mirar y sentir de otra manera. Jorge Luis Borges, en “Para las seis cuerdas”, lo contó así: “Aquí la tarde la cenicienta espera/ El fruto que le debe la mañana;/ Aquí mi sombra en la no menos vana/ Sombra final se perderá, ligera/ No nos une el amor sino el espanto;/ Será por eso que la quiero tanto”.

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