Desde imaginar un edificio de cien pisos y construirlo hasta deambular por los bosques tratando de encontrar hadas, en la cabeza puede nacer cualquier cosa, y la producción humana lo confirma en todas sus obras.

No hay fantasía sin deseo. Digamos entonces que, en el principio, hay una disposición del ánimo, un movimiento afectivo hacia algo que se apetece. De ahí entonces que –de ese movimiento deseante– proviene la fantasía, que resulta algo así como la representación, la puesta en escena del deseo. Pero el sólo hecho de que la fantasía reproduce por medio de imágenes cosas pasadas o lejanas, o representa ideales en forma sensible, o idealiza cosas reales, hace que entremos en un mundo tan atractivo como inasible. Como si aspiráramos a apresar con la mano un mundo de burbujas. La fantasía (o las fantasías) que a veces rozan el grado superior de la imaginación produce situaciones extraordinarias. En el arte y en la vida. Pero siempre ilusorias. La fantasía está hecha de la misma sustancia que los sueños. Puede uno cumplirlas o no. Lo importante es el universo fantástico que siempre acompaña al hombre, desde el principio de la historia, para enriquecerlo. En todos los planos: desde el impulso a potenciar la capacidad productiva que a veces lleva a la creación de un gran edificio arquitectónico (por caso, las construcciones egipcias, griegas o precolombinas), o la capacidad creativa intelectual, la invención de mitos, leyendas o relatos ficcionales, por lo general, orientadores. El hombre es deseo y fantasía.Es deseo y sueños, más allá de su aptitud racional, del desarrollo científico y del uso de herramientas tecnológicas. Existen fantasías diversas que recorren caminos sublimes y, también, de horror. Todo vale. En la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, recopilada por los británicos Michael Page y Robert Ingpen, es posible tomar contacto “real” (esa es la gracia) con universos poblados por seres imaginarios, absolutamente irreales, pero con una vida más fuerte que la de los humanos corrientes.

 

 

En este libro entrañable circulan, conviven, desde gnomos o gigantes horrendos que habitan avernos bajo tierra o sobre ella, hasta criaturas gráciles, etéreas –las hadas– capaces de llevarnos a compartir un mundo sublime y angelical. Veamos algunas de estas descripciones sobre las hadas y estemos atentos a encontrarlas: “Un hada, sea macho o hembra, suele adoptar la forma de un humano perfecto en miniatura. Quienes las han visto dicen que tienen la altura de las rodillas de un hombre bajo o que son aproximadamente tan altas como la cabeza de un perro. Sin embargo, pueden aumentar o disminuir de tamaño a voluntad encogiéndose hasta el tamaño de un piñón o creciendo hasta la altura de un hombre. Contrariamente a la creencia popular, las hadas no tienen el poder de hacerse invisibles. Los pájaros, caballos, perros, vacas y demás animales las ven claramente. Pero los humanos sólo pueden ver a las hadas entre dos parpadeos de un ojo, de manera que sólo se pueden tener vistazos fugaces”. Hay excepciones a esta regla. Una de ellas, cuando las hadas mismas utilizan su poder mágico (denominado glamour) para permitir que los mortales las vean. Esta deliciosa fantasía nos permite pensar que las más bellas modelos y actrices de este siglo XXI en ascenso, en pleno verano 2013, han plagado cual hadas glamorosas las playas del estío. ¿Será? No hay que ilusionarse demasiado: no todo lo que parece es hada. Puede ser confundida con una ninfa. Y cuidado: la locura que proviene de las ninfas puede llevar a los simples humanos a situaciones de las que resulta imposible volver. Una ninfa, por ejemplo, llevó a Humbert Humbert, adulto protagonista de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov, a la locura y a la muerte. Algo para recordar. Otra ninfa, pero esta un tanto más práctica y con una mirada cercana al capitalismo productivo, hizo que Woody Allen se sometiera al escándalo más horrendo que pudiese imaginar en sus películas.

 

 

Soon Yi logró que Woody dejara a Mia Farrow, su mujer y actriz fetiche de la mayoría de sus películas durante los años 80 y 90, y lejos de ser un amor de ninfa veraniega, aún lo tiene amarrado a sus polleras. ¿Hada o ninfa? Chi lo sa. La imaginación suele quedarse corta frente a las cosas que suceden en la realidad. Una periodista española, Roser Amills, para más datos mallorquí, no tuvo mejor ocurrencia que investigar el erotismo fantasioso de personas tocadas por la varita mágica de la fama. El libro Las 1.001 fantasías eróticas más salvajes de los famosos fue publicado el año pasado en su país con previsible éxito de ventas. Lo que encontró en primer lugar es que Onán, Sade y Masoch siguen a la cabeza del erotismo en estos tiempos que corren: por caso, a la cantante Patti Smith le agrada sobremanera escribir y masturbarse. Dice: “No considero que escribir sea un acto silencioso, introspectivo. Es un acto físico. Cuando estoy en casa, con mi máquina de escribir, me vuelvo loca. Camino como un mono.

 

 

Me humedezco. Tengo orgasmos. En vez de inyectarme heroína, me masturbo 14 veces seguidas”. Declaraciones estas que no dejan de estimular a quienes piensan que la tarea de escribir es tediosa. En tanto, la ya desaparecida Amy Winehouse, cuya autopsia reciente ratifica una sobredosis inimaginable de alcohol en sangre, admitía que le encantaban los azotes (spanking) en el trasero y Los triángulos. Una vez su marido logró que tuvieran un ménage à trois con una reclusa compañera de unos días de encierro transitorio en la cárcel. Amy, muy conforme. Parece que se divertían como locos a puro chirlo.

 

 

La bell a y las bestias

 

 

En plan de recordar azotes, trato sadomasoquista fuerte y todo tipo de especulación imaginativa en materia de cine erótico, seguramente ninguna película logró despertar tantas mentes afiebradas en esa dirección como Buñuel con su inigualable Belle de Jour, a fines de los años sesenta, protagonizada por la belleza glacial de una jovencísima Catherine Deneuve. Vale la pena recordar el argumento de esa joya: Severine es una señora joven de la alta burguesía francesa. Su marido millonario la mantiene. Ella no logra combinar el amor tierno por su marido con sus apetencias sexuales reprimidas. Así es como una mañana decide acudir a una casa de citas –un prostíbulo regenteado por una señora brava–para ofrecer sus servicios de día, mientras su marido trabaja. La dueña del lugar la empieza a maltratar desde el primer momento, mientras le da lecciones, y Severine se convierte en la más sumisa de las prostitutas. Accede con gran placer a todo. Sus clientes son procaces, violentos, de lo peor. Uno de ellos, un chino, le muestra un día una cajita con elementos de tortura que el espectador no ve. Pero que imagina. De ahí la fascinación. Otro cliente maltratador, delincuente, con detalle impactante de dentadura de metal sustituyendo los dientes verdaderos, logra someterla hasta niveles impensados. En fin, de aquellos excesos sexuales, Severine sale fortalecida y continúa su camino de amor angelical sin cuerpo junto al marido. Extraordinario filme que permite vislumbrar el universo femenino escindido entre cuerpo, deseo, fantasía, erotismo, cuando las represiones actúan como freno a la libertad. Freud se hubiese hecho un festín.

 

 

La última película de Stanley Kubrick antes de su muerte, Ojos bien cerrados (1999), basada en la novela Relato soñado, de Arthur Schnitzler, refleja en una línea fantaseada los equívocos eróticos de una pareja que reenciende su deseo por medio de las fantasías de ambos. La mujer le cuenta a su marido que tuvo fantasías con un marinero. Por su parte, él se escapa una noche a un baile de máscaras donde no faltan las drogas, las sobredosis, los desnudos sin rostro visible, los coitos grupales, todo lo que se puede fabular en una especie de fiesta a lo Sade fraguada por millonarios de Nueva York. Pero el uso de las máscaras, antifaces y escenas que cruzan el imaginario sacro perverso con el carnaval de Venecia (elementos estos que siempre intensifican ardores neuronales, muy bien explicados por Georges Bataille en El erotismo) no permite delimitar con certeza el plano de lo real y de lo imaginario. Precisamente es esto lo mejor del filme que llega a un agradable final: cierto optimismo sobrevuela el futuro matrimonial de la pareja con sexo prometedor.

 

 

Y en tren de retomar lo imaginario, lo fabulado y lo real, volvamos por un minuto a la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Allí encontramos la increíble ciudad de Camelot, capital de Inglaterra y cuartel general del rey Arturo, que fuera construida por un rey de las hadas y varias de sus reinas. Se cuenta que crearon la ciudad tocando el arpa, con el sonido de su música, y aún se pueden oír sus arpas algunas veces, entre las sombras que separan un día del siguiente. Cerremos entonces los ojos, por un rato, suspiremos profundamente, deseemos y dejemos fluir el deseo y refugiémonos en esa ensoñación. Si hacemos un esfuerzo de fantasía pura podremos escuchar la música de Camelot, la legendaria.