Si veinte años no es nada, treinta son muy poquito, y esa es la edad de de The Payback, la obra maestra de James Brown que nació para banda de sonido de una película de cuarta y, por idiotez del director, fue rechazada. Suerte para todos: es uno de los mejores álbumes de la historia del funk.

Hola again, acá estamos otra vez en 1973. Quizá no sea simplemente el azar o la casualidad infinita lo que nos deposita en esta época sino –y en una visión bastante lineal de una situación mucho más compleja– que en estos años se hizo toda la música que escuchamos hasta hoy. Así como los más modernos teólogos de este siglo no dudan en afirmar respecto de la idea de un dios que (sí, es verdad, tuvimos un dios) se murió hace como 70 años, los más modernos musicólogos del planeta se han puesto de acuerdo en declarar a los 70 como el cé-nit de la música pop, determinando que todo lo que llegó después fue un reciclaje permanente de lo allí producido. En fin. Materia de discusión.

 

En 1973, más precisamente entre febrero y septiembre, se veía llegar asiduamente a James Brown y a un grupo de integrantes de su banda a algunos estudios de grabación entre Chicago y Nueva York para encerrarse durante horas y dar a luz, de a poco, a una de las más geniales obras maestras del siglo pasado: The Payback. Vamos a la situación de tiempo y espacio. En EE.UU. gobernaba Nixon recién reelegido y lejos de Watergate, se preparaba la Apollo 13, la de “Houston, we have a problem”, por esta zona del planeta el general Pinocho le caía encima al pueblo chileno derrocando a Allende y comenzando una de las más sangrientas dictaduras del cono sur, creo que sólo superada por la nuestra unos años después, y por acá estábamos esperando a Perón, entretenidos con las Aventuras de Isidoro Cañones, viendo el fin del gobierno militar con el Tío Cámpora y Solano Lima poniendo la casa en orden para la llegada del General, con Sui Generis sacando Confesiones de invierno y Spinetta, Artaud, por lo que poco nos fijábamos en lo que sucedía en el norte. Será por eso que por aquí The Payback no figuró en las listas de éxitos, pero allá fue un descalabro. 

 

 

 

Cierto es que llegué a este disco mucho tiempo después, pero sabía la historia, porque el mismo godfather of soul siempre hacía hincapié en The Payback, sabía que lo consideró siempre uno de sus propios discos favoritos, y mirá que James es el único cantante que tiene más discos grabados que la Mona Jiménez. Supe que en realidad toda esa música había sido compuesta para ser banda de sonido durante ese auge de películas de detectives negros drogones y poco ortodoxos, con bandas de sonido a cargo de Curtis Mayfield, Bobby Womack o Isaac Hayes, y estaba muy bien visto hacerlas si uno era negro. The Payback nunca llegó a ser soundtrack porque Larry Cohen, el director de la peli, que se llamaría Hell Up in Harlem, no lo consideró lo suficientemente funky para el cine. Razón por la cual hoy Cohen es considerado el director de cine más estúpido del siglo XX. Lejos de ofenderse, el bueno de James y sus amigos agarraron las cintas, todas las que tenían las canciones que iban para la película y las que habían grabado por las dudas, y las llevaron a su sello de entonces, Polydor, donde las recibieron con emoción y verdadero respeto, además de una clara visión del negocio, lo que derivó en una edición de doble vinilo con un arte de tapa por demás original para un disco de funk: un dibujo de James Brown con unas imágenes esfumadas al lado de unas minitas en bolas, unas manos con billetes y otras manitos con una planta. Y cuando abrías, aparecía una imagen con un campo, un tractor, árboles, una tapa más que contradictoria para un disco de funk, ridícula. Pero era buenísima la imagen, la grá-fica, los colores, y en la contratapa había un cerebro en el mismo tono de los dibujos anteriores y la explicación a ese descalabro. La historia de los 40 acres y una mula, una historia básica para todos los afroamericanos estadounidenses, una imagen que aparece en remeras, gorras, paredes y puentes en todos los Estados de la unión: 40 acres y una mula fue la primera indemnización que se otorgó a un esclavo negro, en 1865, plena Guerra de Secesión. Fue el primer grito de libertad de los negros, así que de ahí venían el dinero, el campo y todo eso. Esto lo comento para dejar sentado que estamos ante un disco con un claro concepto en sus letras, que a esta altura es considerado una de las más acabadas obras funk de la historia, teniendo en cuenta que salvo contadas ocasiones el funk no tiene letras muy rebuscadas. Y en esa explicación de la contratapa es donde se habla del payback, del vuelto, digamos “es tiempo de recibir el vuelto de todo lo que hicimos por este país”. 

 

 

 

 

El álbum reunió a la mejor banda que tuvo James en su vida.

 

 

Y ya en el primer tema del disco, “The Payback”, queda claro el asunto, es más, en un momento James grita: “Nena, ya sabés que todo lo que hacés en la vida lo tendrás que pagar, pero no te preocupes, vení acá que yo tengo tu vuelto”, funk al 100 por ciento. De la música ni hablar, la más grande banda de James Brown en toda su historia, JB cantando, Fred Wesley en trombón, el inoxidable e interminable Maceo Parker en saxo, hoy con Prince, de quien el príncipe de Minneapolis dijo, cuando le preguntaron el año pasado por qué hacía otra gira: “Las hago cada tanto sólo para ver a Maceo de cerca”. Estaban Saint Claire Pinckney en el saxo tenor; Jimmy Nolen y Hearlon Martin, las guitarras del diablo quemando cabezas todo el disco; el bajo de Fred Thomas, y John Starks en batería más algunos percusionistas, todos ellos arreglándoselas para hacer de The Payback uno de los más grandes discos de la historia. Canciones largas, solo dos por lado en el vinilo, que abría con “The Payback” que, de no haber existido unos años antes “Get Up (I Feel Like Being a) Sex Machine” (¡guedopa!) hubiese sido el himno funk eterno, puro groove durante siete minutos y medio al repalazo, y en lo personal, en 30 años de carrera poniendo música, es el tema de James Brown que más veces puse al aire en discos, en desfiles o en mi auto. Durante años me desperté con esta canción.

 

 

 

Larry Cohen rechazó el trabajo de Brown porque no era muy funky.

 

 

 

 

Después llega “Doing the Best I Can”, una de las canciones que más satisfacciones me ha dado, no sólo con mujeres: una noche, pasando música en el viejo Soul Café del Zorrito Quintiero, estaba en una de las mesas Bernard Fowler con Darryl Jones, el bajista de los Stones, y cuando la puse ambos me miraron sonriendo, alzando los pulgares, y me mandaron un trago con el que brindamos a la distancia “Por JB, man!”. Imagínense ustedes, si no la conocen, que canción del carajo. Después llegábamos al lado B con “Take Some, Leave Some”, que habla del greedy love, amor avaro, genial. De allí a “Shoot Your Shot” (dispara tu tiro), una patada en la cabeza, un crescendo que no acaba jamás y cuando parece resolverse empieza otra vez, así nueve minutos, con el teclado a cargo del mismísimo James explotando a cada acorde sólo acallado por los gritos del maestro. Fin del lado B, vamos al otro disco y ahí empezamos con una balada bluseada, “Forever Suffering”, que empieza con “no hay nadie en casa”, y de ahí un lamento cadencioso al que suma el famoso coro femenino de sus shows. Cierra el lado C, podríamos decir, “Time is Running Out Fast”, con doce minutos donde hay lugar para que todos se luzcan, especialmente los vientos y las guitarras, ya que James no canta, sólo se pegan unos gritos funk a manera de coro de borrachines de casamiento.

 

 

Y ya al final, en el lado D, la perla del disco, el que está en todos los grandes éxitos, en todos los Best Of de James Brown: “Stone to the Bone”, diez minutos del mejor JB stoned to the bone, todos stoned to the bone, inevitable que vos no quedes así después de escucharlo enterito. Y el tiro del final es con “Mind Power”, que en las ediciones de CD recuperaron un par de minutos que no entraban en el vinilo, y ahora en iTunes ni hablar. Me encantaría saber cuánta gente ha comprado el disco en iTunes, apuesto que todavía hay personas que no lo vieron ni escucharon jamás. Es como decía Litto Nebbia, “hay gente que se va a morir sin haber conocido nunca a Frank Zappa”. Y yo agrego: “Dios, hay gente que va a morir sin escuchar jamás a James Brown”. Los bendigo.