Los protagonistas de estas ficciones albergan ilusiones bien distintas; ya sea el delirio de pureza racial de un médico nazi refugiado en Bariloche o la idea de involucrar a un pueblo entero en una obra de teatro colectiva, pasando incluso por el sueño del pibe: convertirse en crack del fútbol italiano y, de yapa, salir con dos bellas mellizas idénticas. Pasen y vean.

En el verano de 1959, un médico alemán se encuentra con una familia argentina en una ruta de la Patagonia: así empieza Wakolda, la última novela de la también cineasta Lucía Puenzo. Hasta acá, nada para destacar. Sólo que, aunque ellos no lo sepan, se trata de Josef Mengele, el médico nazi que utilizó a las víctimas de los campos de concentración para experimentar con sus cuerpos e intentar, por ejemplo, cambiar sus ojos de color inyectándoles tinta o fusionar por las venas a gemelos para ver si era posible crear siameses. Mengele, que vive atrincherado en Bariloche con la aquiescencia de fanáticos de Hitler que lo veneran por su pasado, queda prendado de esta familia. En especial de la señora de la casa (embarazada de gemelos, sus “ejemplares” predilectos) y de su hija de 12 años (rubia, de ojos claros, con un cuerpo muy pequeño para su edad), que revive en él todas las obsesiones relacionadas con la “pureza genética”. Peligrosamente, la fascinación es mutua: la niña siente una inquietante atracción por ese extraño que de a poco se va instalando en su casa, ilusionada cada vez que la mide, la ausculta y le promete que su cuerpo crecerá a fuerza de inyecciones. 

 

 

Puenzo combina referencias históricas reales con los detalles menos visibles de las personalidades, los que anidan en los pequeños gestos cotidianos y su supuesta “naturalidad” esperada, repetida. Expresiones como la que Mengele advirtió en la niña tras recibir una mirada suya que, supo, le heló la sangre y le recordó a sus antiguos objetos de laboratorio y sus muecas de terror): “Por un parpadeo no fue el caballero refinado y aristocrático que la tenía encandilada. Fue el otro –el asesino más sádico de todos los tiempos– el que la hizo retroceder sobre sus pasos y alejarse hacia el bosque”. Wakolda crea un clima tan cautivante como siniestro que en su registro realista a veces roza lo alucinatorio. Aunque, lamentablemente, no se trate de un mal sueño. 

 

 

 

Dejen todo en mis manos

 

 

En El imitador de Dios, de Luis Lozano –ganador del premio Clarín-Alfaguara de novela en 2011–, un hombre bastante enigmático vuelve a su pueblo natal con la fantasía de involucrar a todos sus habitantes en una gran obra de teatro en la que cada uno juegue un papel distinto al de la vida real (el cura como panadero, la prostituta como policía, algo así) que dure todo un día y tenga al pueblo entero como escenario. 

 

 

Como si fuese un flashmob en el que todos son a la vez actores y público, eso sí, bajo su dirección. Algunos tienen órdenes precisas, otros deben responder intuitivamente a los estímulos propuestos por otros: un día en el que se borran las fronteras del arte y la vida. Pero no le basta con los habitantes actuales, él quiere que tres personas (que ya no viven allí pero que fueron fundamentales en su niñez y adolescencia) estén ese día formando parte de la obra. Y hará lo que sea con tal de lograrlo. Con una trama que siembra pistas no siempre certeras y un ritmo que se acelera hacia el final, la fantasía se lleva a cabo. No les vamos a contar con qué resultado.

  

 

Doble de cuerpo

 

 

¿Buscaban acaso ensueños más simples, más relajados? Cómo no. Aquí está el pobre Jota Pe Begoni, un jugador argentino que no logra destacarse ni en un equipo de la B, y que sueña con hacer la diferencia económica en Europa junto a su yerno, devenido manager de futbolistas. Sus mujeres son dos mellizas idénticas (que además de ser pareja entre sí juegan con su parecido y se intercambian a menudo) que albergan una aspiración sencilla: divorciarse cuanto antes y, como  buenas botineras, quedarse  con parte del botín. Cuando  un pariente vinculado con la  mafia italiana necesita lavar  algunos millones, se pone en marcha el plan: lograr que, aunque no pueda ni tocar la  pelota, Begoni se convierta  en un ídolo del fútbol italiano. 

 

 

¿Imposible? No si se tiene a  la prensa como aliada y a  un periodista corrupto que inventa y difunde un modo alternativo de ver y evaluar el deporte. Su nueva teoría es que el futbolista de vanguardia es “el que juega sin la pelota” (cosa que Begoni hace con sobrada destreza, ya que ni la ve) y que el que verdaderamente importa es el que arrastra las marcas para que el resto haga lo fácil, es decir, los goles. Por supuesto, la idea se instala en el público, en el resto de la prensa y hasta en los equipos rivales. Crímenes perfectosde Ricardo Strafacce es una novela desopilante que se ubica en la mejor tradición de la literatura del exceso y el absurdo, que pone de manifiesto desde el humor aquello que Goebbels afirmaba como ministro de propaganda del Tercer Reich: que una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad. Y que en el fútbol, como en otras cosas de la vida, los triángulos perfectos suelen tener cuatro lados.