Desde 1980, cuando los hermanos Moura lo fundaron en la Plata, este grupo ha escrito una historia como pocas bandas de rock en el mundo han podido escribir. Un relato que lleva treinta años siendo dicho y que encuentra su nuevo capítulo en Choque, el disco que Marcelo Moura y Ale Sergi acaban de grabar a dúo. Una historia que, como todas las historias que no se lo proponen, termina siendo una lección.

Marcelo Moura habla con la pausa controlada, sin desmadrarse, por más que esté mordiendo el hueso de la primera gran tragedia de los Moura, el secuestro y la desaparición de Jorge, el mayor de los seis hermanos que vivían en la casita aquella de City Bell. Jorge estaba jugado. Militante del Ejército Revolucionario del Pueblo, decidido como se decidía en los setenta a entrar en combate, intentó apartar a Julio de las acciones en la clandestinidad porque lo veía muy niño todavía. Y, de alguna manera, lo consiguió: cuando el 8 de marzo de 1977, un grupo de tareas disfrazados todos de operarios de Segba tiraron abajo la puerta de la casa sólo se llevaron a quien ya tenían marcado.

 

A Julio lo dejaron y así es como Virus, tres años después, tendría compositor y guitarrista. Jorge Moura es hoy uno de los treinta mil desaparecidos de la dictadura militar. Virus fue la única banda que no participó del festival de rock nacional que la Junta impulsó durante la guerra de Malvinas. De todas formas, esa muerte nunca formó parte de ninguna de las narrativas de la banda: no hubo canciones homenaje, no hubo festivales, conciertos ni tributos. Como si aquella ausencia no fuera una ausencia de Virus sino, apenas, de una familia que surfeaba su época como podía en la ciudad de La Plata.

 

¿Por qué?

 

–No nos interesa el morbo de salir a cortar tickets porque le vamos a hacer un homenaje a los desaparecidos. La obra pura se ve agredida si vos salís a vender otra cosa. Hay una ética del arte, un pack de leyes que el artista elige respetar incluso contra su deseo, conveniencia o popularidad: contra lo que haya que estar en contra. Dice Marcelo: “El arte está primero.” Federico había tocado el bajo en Dulcemembriyo, una banda lateral de finales de los setenta en la que el Indio Solari, que todavía no sospechaba el quilombo de masividad filoperonista que se iba a armar con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, colaboraba como letrista. Luego vinieron más bandas y contrabandas, armados irregulares con un hermano, con el otro: ni Las Violetas ni Marabunta llegaron lejos y entonces Federico, un poco harto de todo, se fue a Brasil. La década se iba a sangre y fuego, y Marcelo y Julio Moura se fueron a buscarlo. Cuando volvieron, Virus estaba en marcha.

 

 

 

–¿Y en el inicio todo fue qué?

 

–Estábamos muy solos, sólo nos teníamos a nosotros mismos.

 

–¿Cuáles eran los obstáculos, de qué estaba hecha toda esa adversidad?

 

–Arrancamos con la crítica en contra, que nos tildaba de frívolos, de superficiales. Nos mataban porque usábamos remeras de colores, porque nos preocupaba el vestuario. Ahora, nunca pudieron decir que desafinábamos o que tocábamos mal.

 

–¿Qué más?

 

–Durante los primeros cuatro años las compañías nos pedían que cambiáramos todo. Todo.

 

–¿Y ahí cerramos?

 

–No, faltan los músicos y colegas que no fueron solidarios con nosotros. Hubo de eso también.

 

Finalmente, una parte del público, la parte del serious rock. El festival en el que Virus hizo su presentación frente a las nuevas masas del rock, cada vez más fortalecidas conforme la dictadura militar mostraba sus primeras fatigas, se llamó Prima Rock, nombre genial que alude oportunamente a la llegada de la estación conocida como primavera: 20 y 21 de septiembre de 1981, Ezeiza.

 

En el mismo escenario en el que Litto Nebbia cantaba “Poesía en la tarde” y Nito Mestre “Hoy tiré viejas hojas”, Virus hizo “Soy moderno, no fumo”. Fue el encuentro de dos mundos, era y contraera, el rock pegando un volantazo, y al volante los hermanos Moura. Decir que alguien se adelantó a su época es un lugar común tan patético como cualquier otro, un horrible cliché que sólo sobrevive porque alguien le confiere cada tanto su carnadura. Y ahí tenés un problema, porque no hay manera de decirlo. En rigor, nadie se adelanta a su época. El que interviene crea otra, una nueva que también es la suya, más suya que de nadie.

 

“Estábamos en off side nosotros. Llegamos muy temprano, la gente estaba escuchando otra cosa”.

 

Lo primero que hizo Virus con ese artefacto grave y pretencioso que era el rock argentino fue imprimirle velocidad, asesinar a la flauta traversa, su torro. La performance fue una metralla de canciones furiosamente alegres, las mismas con las que venía aguantando desde el vamos el embate de los públicos hostiles. Virus debutó en enero del 81 con público en contra, y con público en contra llegó al Prima Rock nueve meses después. Así que cuando empezaron a caer las primeras naranjas sobre el escenario, Federico, relajadísimo, las paraba de taquito. Público, sellos discográficos, crítica especializada y músicos colegas, todos hermanados en la convicción de que esa banda era una mierda. Algo pasó en el medio para que, tres décadas más tarde, “Imágenes paganas” siga siendo un himno consensuado.

 

–Nosotros superamos todo eso con dos cosas: la convicción artística de lo que hacíamos y el desinterés comercial. No nos importaba ni que nos vaya bien ni que nos critiquen, nos importaba que todos los días nos juntábamos a ensayar y éramos las personas más felices del mundo.

 

–Sí, claro, ahí se entiende más.

 

–El otro día íbamos con Julio por Salta, nos metimos en un localcito y justo estaban pasando “Pronta entrega”. Yo le dije: “Boludo, ¿te das cuenta de que esto lo compusimos hace treinta años y acá no hay nadie poniendo plata para que esto pase?”.

 

La inteligente pluma de Oscar Jalil lo explica así: “Un crooner elegante en la piel de un rockero revoltoso y de sangre latina. Era toda una novedad”. Federico José Moura nació el 23 de octubre de 1951 en la Argentina del Estado de Bienestar y murió el 21 de diciembre de 1988 en la Argentina de la implosión social.

 

Su respuesta para todas las Argentinas que debió atravesar siempre fue la misma: el baile, el sexo, un hedonismo olímpico, un arte generoso, honesto y perdurable. Dice Marcelo: “Nuestra forma de colaborar nunca fue mediante una bandera o una molotov. Nuestra forma de colaborar fue intentar cambiar las cabezas”.

 

De Wadu Wadu a Superficies de placer hay seis discos que parquizan la pista de baile del futuro y sientan las bases para el triunfo del pop argentino veinte años después. Ale Sergi no estaría sentado en el jurado de La voz argentina si Federico Moura no hubiera salido a bailar el “Wadu Wadu” con el general Roberto Viola ocupando la Presidencia de la Nación. Al final, la gran lección de coraje artístico la tenían que dar los chicos frívolos del pop en colores, los putitos estos que pedían mover el culo cuando todos esperaban solemnidad, constricción y más rock sinfónico. Virus hizo sonar los primeros acordes del siglo XXI como una manifestación de libertad no resentida, de alegría porque sí, de celebración y pulsión de vida: Virus es el hecho artístico más pertinaz en la historia de la cultura argentina. Y la muerte de Federico Moura es, también, la época.

 

–Cuando Federico se infecta con el virus del sida, estábamos en Brasil grabando Superficies de placer. Y fue una sentencia de muerte. No había absolutamente ninguna solución. Mi lugar en ese momento fue el de acompañar a todos lados a mi hermano. Yo iba a los hospitales, me daban la mano a mí pero a él no. Yo le decía al clínico: “Mire, usted no sabe cómo se contagia la enfermedad, pero si no le da la mano a él, no me la dé a mí tampoco”.

 

–Y a vos te quedó el lugar de salir a sostener un proyecto artístico hasta el día de hoy.

 

–Federico es irremplazable, pero Virus puede seguir siendo un gran grupo sin él. No se trata de mantener un kiosco ni de tener laburo, se trata de que siempre fuimos un equipo. Julio y yo componíamos, Federico interpretaba. Cuando murió, mucha gente dijo que Virus había muerto con él. Mi pensamiento siempre fue: si no está Federico estoy yo. El insigne chico quebradizo que no sale a los recreos, ese al que sería tan fácil lastimar, el Cristo que se lleva el odio de los brutos y los envilecidos y que un día termina enseñándote cómo son las cosas: Sabella, Federico Moura es argentino.

 

–¿Cuál es la actualidad de Virus?

 

–Tocamos por todos lados. Seguimos tocando y este año completamos la gira por los 30 años de Wadu Wadu.

 

–El disco con Ale Sergi es el encuentro entre las dos grandes marcas del pop argentino: Virus y Miranda! Parecen momentos distintos de un camino común.

 

–Sí, el otro día Ale me decía que yo estaba cantando mejor. Y después entendí. Con mi hermano Julio escribimos casi todas las canciones de Virus pensando en la voz de Federico a los 20 años, un registro mucho más agudo. No es que estoy cantando mejor, estoy cantando por primera vez canciones hechas para mí.

 

 

Los inicios

 

Virus nació de la fusión de Marabunta con Los Violetas, dos bandas de City Bell (localidad de La Plata) en las cuales tocaban los hermanos Moura. En un primer momento se llamaban Duro, y la cantante era Laura Gallegos, que terminó siendo invitada a participar de los coros del primer álbum. Cuando Federico ocupa el lugar de la vocalista (11 de enero de 1981) ya se rebautizan Virus. Desde el comienzo, Virus resultó tan emblemático como Sumo, o Soda Stereo. Ya en la primera presentación masiva (Ezeiza, 21 de septiembre de 1981), Federico Moura desplegó su habitual provocación y, mientras jugueteaba con las naranjas que el público le arrojaba, les arengó: “A ver si levantan esos culos y bailan un poquito”. Hacía dos años que ensayaban todos los días y tocaban en pequeños pubs. Una semana después de Ezeiza, entraban a grabar en la CBS. El resto es historia.