La buena y la mala onda, lo mismo que las energías positivas o negativas, están por ahí, sueltas en el aire, pero no es tan fácil encontrarlas. A veces es un tema de voluntad o predisposición, como bien supieron la diosa Hera y Mary, la irlandesa que se convirtió en india.

El siglo XXI da para todo. Cuanto más se agudiza el estado de solipsismo del sujeto dentro del sistema global urbano –esto es, cada uno convertido en una pequeña isla conectada con otras similares de modo virtual–, cuando ese sujeto debe interactuar fuera del mundo cibernético, frente a frente con personas de carne y hueso, se produce una suerte de choque eléctrico. Me gustaría ser lo suficientemente explícita como para que nos entendamos de una: es en ese instante ¿sagrado? donde se percibe con claridad qué tipo de onda, o vibra, se recibe y se envía de un individuo hacia el otro. Aquí hay que aclarar que una vez más, como en el caso del término “histeriqueo”, los argentinos gravitamos seriamente en la innovación del lenguaje, o mejor, del habla. “Tener buena onda” o “tener onda con alguien” figuran en el diccionario de la Real Academia Española como argentinismos. Vibra, al parecer, se usa más en la zona del caribe: muchos colombianos y mexicanos la prefieren. Y aquí pienso que esto se relaciona con la posible influencia que puede ejercer sobre ellos la fuerza ancestral de las antiguas culturas de los pueblos originarios.

 

Algunos especialistas hablan de percepción, dentro del plano de lo que se llama inteligencia emocional. Otros especulan acerca de la actitud, o conducta, que se expresa a través de ondas expansivas de energía. Sea esta positiva, cuyos fluidos resultan sumamente benéficos para la humanidad en general, o (¡vade retro!) negativa, cuyas emanaciones provocan sensaciones desagradables y perjudiciales cuando se trata de establecer un vínculo. Hay personas que aseguran recibir la “mala vibra” de otra en la piel, casi como una reacción química. Hasta dicen olfatear en el aire la mala onda, cualidad que –según datos de internet– suele atribuirse a algunos animales. Se cuenta que los caballos y los toros, en especial algunos ejemplares de raza, tienen un olfato o sentido de alerta muy agudizado para este tipo de fenómeno.

 

Existe una palabra que parece definir con acierto el espacio de acercamiento, o no, en la interacción de dos sujetos. Se trata de la empatía, cuyo significado es la “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”, un término que manejan disciplinas diversas como el psicoanálisis, la sociología, la filosofía y la psicopedagogía, entre otras. “En la cuestión del flujo de energía positiva versus energía negativa (esta última, al parecer, condensada en personas que tienen mala empatía o mala onda con el otro) hay que pensar en general, sobre el problema de la intencionalidad como motor de la acción”, asegura desde su área la joven e inquietante filósofa Victoria Nacucchio. Lo mismo, creo, pasa con la idea que se tiene usualmente de “energía”: se pone toda la carga de la prueba en la apariencia de paz o de tranquilidad, pero se olvida que muchas veces la gente más pacífica o más en armonía consigo es la más violenta y, sobre todo, la menos empática. Empatía que por otra parte es, para mi gusto, la única garantía de que una energía positiva fluya o un error sea perdonado. Si la intención es todo, entonces somos como mónadas atrapadas en sí mismas, sólo afectables por el mundo exterior en situaciones de debilidad, masoquismo o baja autoestima, tema que en estos tiempos interesa particularmente al sector productivo de las disciplinas dedicadas a la autoayuda.

 

Mala onda de la Hera mitológica

 

 

Si nos remontamos hacia atrás, veremos cómo manejaba la mitología griega este tema de la mala o buena onda. Ahí sí que las cosas se solucionaban a lo bestia. Nada de terapia, libros de autoayuda ni herramientas para sobrevivir a efluvios negativos. Las emociones siempre se expresaban sin filtro. Abundan los ejemplos: la diosa Hera, esposa de Zeus, malísima de toda maldad, envenenada por los celos y la envidia, interrumpió de un modo feroz el embarazo que llevaba Sémele del propio Zeus. Disfrazada de niñera se presentó ante Sémele y le dijo que le pidiese a Zeus que se le presentase en su verdadera forma. Esto fue de terror. Zeus se presentó con rayos, truenos y centellas, en todo su poder, y la fulminó. Pero alcanzó a coserse en la pierna al bebé en gestación.

 

Para que terminara de formarse, dos meses, calculamos. Este bebé sería al nacer ni más ni menos que Dionisos (el nacido dos veces), dios del vino, la sensualidad y el desmadre pasional. Esto, como podemos observar, es literal. En esa zona de la metáfora y la simbología caían como moscas dioses y héroes, así como renacían o resucitaban porque las buenas o malas energías se usaban exactamente (al menos con el mismo efecto) que si se tratara de las armas nucleares de esta época. Un rayo y listo.

 

La Buena onda de Mary Jamison 

 

No todo está perdido, sin embargo. También hay historias y leyendas simbólicas de energías negativas que devienen buenas. Y si no, aquí va la historia de Mary Jamison. Apresada a los 12 años por la tribu de los indios séneca en el valle de Marsch Creek, EE.UU., donde vivía con su familia, la pequeña Mary padeció el brutal ataque de los indios una noche de verano durante la primera mitad del siglo XVIII. Ellos asaltaron el lugar donde vivían los Jamison en reclamo de lo que consideraban sus tierras usurpadas. De toda la familia sólo ella quedó viva, y se la llevaron cautiva. Pero desde el primer momento, entre la muchachita y los indios hubo empatía, o buena onda. No le tocaron ni un pelo, contrariamente a lo que ocurrió con sus papás, a quienes se los sacaron enteramente, con cuero cabelludo y todo. El mismo día en que Mary fue tomada prisionera, sus captores le tiñeron el pelo y la cara de rojo y la encerraron en una choza. En medio del terror, Mary apeló al recuerdo de cosas y hechos agradables, tratando de relajarse. Por ejemplo, se dedicó a recrear escenas de comidas veraniegas, como una receta de langostinos a la manera de las islas del Mar de Irlanda, salteados en manteca, con crema de leche y whisky. Cerró con fuerza los ojos y se concentró en el plato. Es así como el color rojo con el que la habían teñido, mezclado con el manjar evocado, se le metió en las neuronas y empezó a sentirse india. Y de verdad, se transformó en india al estilo de la película Zelig, de Woody Allen. Este cambio bizarro de Mary en realidad no es otra cosa que una rebeldía mezclada con venganza que, de un día para otro, toma cuerpo en el de la chica. Y que ella misma transforma, por propia decisión, en buena onda, energía positiva y empatía.

 

La historia que recoge la oralidad anónima cuenta que entre sus ancestros había existido otra Mary, en el siglo XVI, muy maltratada por un irlandés brutísimo. Energías mutantes que van y vienen y superan la más extravagante de las fantasías. Hagámosla fácil: las malas ondas van transformándose con el correr de los siglos y operan en una persona como ángeles o como demonios, depende del contexto y de sus circunstancias, Ortega y Gasset dixit. La primera Mary había sido raptada y padecía los abusos de un señor que carecía de savoir faire. En verdad, el hombre aquel era un tanto borracho, tenía, como suele decirse, “mala bebida”. La cerveza lo perdía y hacía desastres. Un día, en un ataque de celos, le cortó un dedo, tal como le sucedió a la protagonista de la película The Piano cuando el marido se enteró de que ella hacía el amor con un maorí. La historia oculta que corría por las venas de Mary Jamison convirtió la mala onda que la perseguía con ese fantasma del pasado y la reconvirtió en positiva, y decidió que sería la vengadora de la irlandesita que había quedado sin dedo. Quizá por eso, desde que entró en el universo séneca, convertida en una india perfecta, nunca más volvió al mundo de los blancos. Se casó dos veces con jefes de la tribu. El primer marido, Shenin-Jee, era bastante hippie. Se encerraban en la carpa y fumaban grass, que en idioma séneca se dice “grass-se-ne-ca, tumba, tumba”.

 

No importaba nada si lo que comían eran langostinos, o carne de venado, o de liebre salvaje. Disfrutaban mucho de “la idea de”. (“La idea de”, siempre es más fuerte que la realidad, se sabe.) El segundo marido, Hiokatoo, era un sabio culto: había incorporado otras especies naturales (diversos hongos de la tierra) y seguía convidándole esos cigarritos deliciosos. A Mary se le ocurría que comía manjares con salsas de todos los colores, porque Hiokatoo le mezclaba un poco de todo, a lo Huxley, en el puchito. Entre los pieles rojas reinaba la paz total: sólo humito salía, con un riquísimo aroma, de la carpa donde Mary Jamison vivió hasta los 90 años, disfrutando buenas ondas de variopinto color. Eso sí, jamás probó (ni dejó que probaran a su lado) una gota de alcohol. Por las dudas. De ningún modo iba a permitir que nadie, ni un blanco ni un indio, le cortara ningún dedo. Y todo a pura empatía y buena onda, nomás. Que de eso se trata el arte de vivir.