Casi todo el mundo tiene una lista de títulos “para leer en las vacaciones”. Los libros viajan en la valija y vuelven intactos. Aquí van tres recomendaciones para cortar el maleficio.

“Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba. Y uno siempre espera demasiado.” Las líneas que dan comienzo a Hasta que pase un huracán, la novela de la escritora colombiana Margarita García Robayo, perfectamente podrían dar cuenta de lo que suele significar la llegada del verano. Haya mar o no por delante, el horizonte de las vacaciones veraniegas incluye la promesa de expandirse, de estirar el tiempo: la ilusión de que nunca se acabe. Por eso cargamos en la valija más libros de los que vamos a terminar leyendo y hacemos listados repletos de buenas intenciones para “hacer en el verano”. Sin embargo, a pesar de que exageremos, algo suele ser cierto: leemos más. Por eso, hay que estar preparado. Y qué mejor que empezar de la mano de la protagonista de esta novela, a quien cuando de niña le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande respondía segura: “Quiero ser extranjera”. Con la ansiedad en los días previos al despegue, ella vive su vida con dos certezas: que el cuerpo es un muy buen vehículo para conseguir ciertas cosas, y que está dispuesta a más de una concesión con tal de salir de allí (de su colegio, de su familia, de su clase social, de su país). Su impulso vital es llegar a los EE.UU., el país al que la mayoría de los colombianos mira con ojos brillosos, pero al que sólo acceden unos pocos. Y ella quiere estar entre las elegidas, aunque los viajes sean como azafata y el único destino sea Miami, con otro mar frente al cual el mundo, de nuevo, no se acaba.

 

 

El largo viaje desde Colombia hasta los EE.UU.

 

 

 

 

 

 

 

Bienvenidos al tren

 

Un maquinista. Un suicidio. Una carta en la que, entre varias muertes, se menciona a un niño. Con estas piezas, una periodista va hilvanando datos, tirando de un hilo en el que el mundo ferroviario, las necesidades del conurbano y las mafias se unen en un juego macabro: el tren avanza, los niños esperan sobre las vías con la esperanza de hacerse de un billete de cien, mientras los apostadores aguardan cuál de los dos salta primero. Si es que salta. La fragilidad de los cuerpos, la última novela de Sergio Olguín (ganador del premio Tusquets de novela 2009), plantea un escenario en el cual la política, las mafias y las disputas de poder se entrelazan con el universo infantil y con el ambiente ferroviario, en el que los maquinistas cargan con las imágenes de varios cuerpos destrozados por esos trenes imposibles de frenar. Como los deseos también irrefrenables a los que se enfrenta la protagonista, que se enreda en una relación sexual con uno de los maquinistas, y su propia historia se mezcla con su empeño en conocer la verdad. Una trama policial imposible de soltar, que avanza imparable en cada página, con criminales y corruptos acostumbrados a que, para ellos, no existan las barreras bajas.

 

 

Política y sexo en un escenario de rieles y vagones.

 

 

 

Una ficción con el marco de la cruda realidad.

 

En el nombre del padre

 

Un par de fotos. Información a cuentagotas. Pocos relatos. Eso es lo que Mariana conoce de su padre, hasta que en uno de sus cumpleaños aparece una carta. No es una carta cualquiera, sino la que su padre le escribió a ella, para que la leyera cuando pudiera unir las letras, cuando necesitara saber más, sabiendo que él seguramente ya no iba a estar.

En Cómo enterrar a un padre desaparecido, del periodista Sebastián Hacher, es a partir de esas líneas (guardadas por su familia quizá durante demasiado tiempo) que Mariana comienza a buscar otros relatos acerca de su padre, desaparecido por la última dictadura argentina en 1976. En su recorrido encuentra de todo: amigas que conservan su vieja correspondencia, conocidos, ex parejas, y entre todas las piezas descubre a un hombre muy joven, más delirante de lo que hubiera creído (y también más “chamuyero”), que va modificando –enriqueciendo y desacralizando– esa otra imagen construida del padre para siempre ausente. Sin respetar los chichés de la corrección política y con el arte como aliado, Mariana intenta enterrar a ese padre sin cuerpo, en un rito de pasaje a la vez conmovedor y rebelde. En su crónica, Hacher consiguió algo que en los últimos tiempos cuesta encontrar: que en el relato el cronista se diluya, para que aquello que nos cuenta se imponga. Una no ficción diferente, para reconstruir eso múltiple y complejo que es la memoria.

 

 

De yapa

 

Ya están las recomendaciones, y los libros aguardan, pacientes, en las librerías. ¿Pero cómo lograr leer en vacaciones, por ejemplo, si se viaja con niños? A no desesperar. Para nuestros lectores con progenie, va una perlita útil: Viajar con bebés y niños pequeños, de María Eugenia Ludueña, una guía con consejos y herramientas prácticas para pasarla bien y prevenir berrinches infantiles (y quizás evitar oír el mentado “que alguien calle a ese bebé” desde las filas traseras del micro o el avión). Ahora sí, a leer tranquilos. Que lo disfruten.