Una playa, un Cadillac de época y un look algo estrafalario era lo menos que podíamos hacer por el actor cómico del momento. Un personaje movedizo que habla cadenciosamente y con suavidad, sin perder la eterna sonrisa que lo caracteriza.

 

¿Cómo se siente meterse adentro de tantos personajes reales?

 

 

–Lo que practico es la mímesis, que es lo que vulgarmente entendemos como imitación. Es la primera instancia de la actuación. En Grecia y en Roma, los actores copiaban. Miraban al sol y lo copiaban, replicaban lo que sucedía en la realidad. Aristóteles decía que el hombre es un animal mimético. Todo lo que aprende desde que nace es por mímesis, por repetición de lo que le muestran. Yo soy un animal mimético con un desarrollo más profundo, nada más. A eso le sumé años de teatro, de clown y de circo.

 

 

–Voy a ser más concreta: ¿vive o representa a sus personajes?

 

 

–Los vivo, si no los personajes no se pueden sostener más de dos minutos. La actuación es una opinión. Uno siempre opina. Y en el caso de mis personajes, trato de hacerlos lo más profundos posible, de sacarlos de mis vísceras. De hecho, para mí los personajes representan sentimientos. Si hago a Charly García busco en mí qué tengo de Charly. Lo mismo sucede con cada uno y con sus diferencias. Es como un acto de amor, de intercambio. Le presto a cada personaje cuestiones internas que creo que todos compartimos por el hecho de ser seres humanos, y a la hora de representar a cada uno le doy todo, absolutamente todo.

 

 

–Lo que transmite es innegable, ¿cómo se vive desde el otro lado?

 

 

–No dejo de sorprenderme, para mí es un acto de amor, algo sublime. Cuando vienen a verme al teatro siento que vienen a visitarme, que están eligiéndome. Yo actué pura y exclusivamente para que me quieran, necesitaba que me quisieran.

–¿Por qué?

 

 

–No lo sé. Puede ser alguna carencia, pero me inclino más a pensar en un niño malcriado. Siempre quise que me qui sieran todos. Y cuando vienen a visitarme los agasajo como hacía cuando era chico. Mi mamá les servía torta a mis amigos y yo los hacía reír. Hoy es lo mismo en otra escala, aunque lo vivo igual.

 

 

–Hizo televisión, una película en cine y mucho teatro. ¿Esto fue así por una cuestión de gustos o porque se dio de esta manera?

 

 

–En realidad me gusta mucho el teatro, es mi amor profundo. En el cine descubrí un camino largo que me gustaría recorrer hasta el día en que me muera.

 

 

                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“El bienestar para mí es estar presente en los lugares en los que estoy. El famoso aquí y ahora”.

 

 

 

–¿Se animaría a actuar como Martín?

 

 

–Sí, claro. Es un paso a seguir. De hecho voy a filmar una película con Graciela Borges en abril. Eso es todo lo que te puedo contar por ahora, pero estoy muy entusiasmado. Voy a tener el honor y la bendición de Dios de volver a filmar con Graciela, esta vez como coprotagonista. Es también parte de un camino que estoy transitando. Lo que se ve en la obra, esta cosa de ir sacándome las máscaras.

 

 

–¿Se cansó?

 

 

–No, para nada. Es algo lógico. Es como ir a la playa: llegás vestido y te sacás la ropa para tomar sol y bañarte. En este caso sucede lo mismo.

 

 

–¿Lo planeó así?

 

 

–No, pero si lo hubiese planificado hubiera sido de esta forma. Es lógico, uno se va desvistiendo, va teniendo más conciencia de la vida, de la muerte, del amor, del desamor. Tengo más cosas que contar y en algún punto digo: “Puta, las quiero contar yo. No quiero mentir para decir la verdad”.

 

 

–¿Y cómo es Martín sin maquillaje?

 

 

–Soy una persona para nada especial. Soy un pibe que se crió en Lomas, que tuvo un sueño y lo está llevando a cabo. Cuando me bajo del escenario, me gusta jugar al fútbol dos veces por semana. Conservo a mis amigos de la infancia y me gusta jugar al tenis. Sigo jugando para el club Temperley y me entreno con amigos que por piedad me juegan, como Martín Vasallo Argüello o Pablo Bianchi. Me gusta leer, me gusta salir a comer, me gusta salir a correr y estar en mi casa.

 

 

–¿Es esencialmente sociable o casero?

 

 

–Era muy sociable y me fui volviendo casero por este trabajo. Es un trabajo donde uno está rodeado de gente todo el tiempo, de mucha luz, de mucho ruido, de mucho movimiento. Entonces cuando estoy sin trabajar trato de estar un poco conmigo aunque me cuesta horrores.

 

 

–¿Por qué le cuesta?

 

 

–Porque es muy difícil mirar para adentro. De hecho, fijate lo que está pasando en la sociedad. Nadie puede mirar un segundo para adentro. Hoy caminaba y veía que la gente no va sola. Están todos hablando por teléfono, tuiteando o escuchando música. Están todos erróneamente acompañados. Yo creo que estamos viviendo la era de la incomunicación.

 

 

–¿Cómo sería?

 

 

–Creo que es el gran problema que se va a plantear el ser humano. Fijate lo que pasó con el amor, ya no se construye como antes. Antes te gustaba una mina y tenías que buscarla, conquistarla. Hoy te gusta, le escribís, salís, cogés y te peleás. Es todo muy rápido. No me parece atractiva esta necesidad de velocidad. Gracias a Dios en treinta, cuarenta años ya no voy a estar, porque creo que no me va a gustar estar acá. “No quiero ponerme límites, quiero ver hasta donde llego.”

 

 

–¿Por qué?

 

 

–Porque no me gusta la dirección que están tomando las cosas. Ya no existe lo artesanal y eso hace que se pierdan los grandes músicos, artistas y la gente en general. Hoy vas a un recital y no sabés si la cantante es ella o mandó a su amiga. Y el nuevo ídolo salió de una red social y revoluciona al mundo… ¿pero qué hizo en concreto? En la mayoría de los casos no creó nada. Y eso me asusta un poco.

 

 

–¿Cuáles son sus sueños cumplidos?

 

 

–Tengo sueños cumplidos hasta en los colores en los que los soñé. Subirme a un escenario, tener mi obra, que me aplaudan. Hacer cine, hacer tele. Haber conocido a Maradona, a Vilas, haber comido con Sabatini. Haber trabajado con Tinelli. Tener a mi mamá, a mi hermana. Seguir teniendo manos y piernas para poder jugar a la pelota y transpirar bajo el sol. Cumplir algunos berrinches que tenía como tenista, conocer varias partes del mundo…

 

 

–Se lo nota bastante conforme cuando habla.

 

 

–Sí. Si mañana me toca partir, me voy tranquilo. Tengo treinta y ocho, pero viví la vida muy consciente. Como no chupo, no fumo, no me drogo y me evado algunas veces actuando, siempre estuve presente en la fiesta. Estoy muy presente, son días largos los que tengo. Viví el amor muy intensamente, vivo cada función como si fuera la primera y la última. Vivo todo con gran intensidad.

 

 

–¿Sueños por cumplir?

 

 

–Sí. Actuar en el Madison Square Garden, filmar con Almodóvar, que el escenario me tiña las canas, como dice Sabina. Tener una familia, hijos, conocer el mundo y llevar mi trabajo a otros países. A ver hasta dónde llego…

 

 

–“A ver hasta dónde llego” sugiere la idea de no límite.

 

 

–Exacto. No quiero ponerlos, quiero ver hasta dónde llego.

 

 

–¿A quién admira?

 

 

–Admiro a mis dos abuelos, a mi papá. A mis amigos y a los artistas callejeros. Esos tipos que se ganan el mango en la calle son los que más admiro. Me parece sublime.

 

 

–¿Qué ama?

 

 

–El sol, el día. Amo la vida. Disfruto la noche, pero no la cambio por el día.

 

 

–¿Qué odia?

 

 

–La hipocresía y el ego desmedido. La ponderación exagerada de la belleza y la mediocridad.

 

 

–Si pudiera cambiar una sola cosa, ¿qué cambiaría?

 

 

–Sacaría toda la tecnología y dejaría sólo teléfonos y mensajes de texto. Y volvería a jugar a mirarnos otra vez. A comunicarnos, a conquistar, a estar seis en una mesa y que estén en esa mesa en lugar de estar metidos en los teléfonos.

 

 

–¿Cuáles son sus miedos?

 

 

–Le tengo miedo a la vejez, no voy a dar vueltas. Le tengo un cagazo padre. A la muerte también le tengo miedo. Odio los finales. Nunca me gustaron.

 

 

–¿En el teatro le pasa lo mismo?

 

 

–No. Me pasa cuando llego a mi casa. Cuando ya pasó la obra, la pizza o el asadito con el familiar que me vino a visitar al teatro.

 

 

–¿Vive solo?

 

 

–Sí.

 

 

–Es eso.

 

 

–Sí.

 

 

–Un lugar de vacaciones.

 

 

–Lomas de Zamora.

 

 

–¿De qué no puede prescindir?

 

 

–De actuar.

 

 

–¿Qué no le puede faltar en la valija si viaja?

 

 

–Un short de tenis. Porque me sirve si sale un fulbito o para salir a correr, para todo. 

 

 

 

 

–¿Qué es el bienestar para usted?

 

 

–El bienestar para mí es estar presente en los lugares en los que estoy. El famoso estar en el aquí y ahora.

 

 

–¿Qué hace para sentirse bien?

 

 

–Estar en los lugares en los que quiero estar, no estar en donde no fui invitado, y hoy, decir la verdad y no mentir.

 

 

–¿No es de decir la verdad?

 

 

–He sido un gran mentiroso, negador, sobreadaptado. Empecé a jugar al tenis porque a mi papá le gustaba. Yo decía que sí, pero no me gustaba. Si Shakespeare decía “ser o no ser”, el ser es lo que me produce bienestar, de frente manteca.

 

 

 

“No quiero ponerme límites, quiero ver hasta donde llego”.

 

 

Producción: Ash Mateu

Asistente de producción: Camila y Juan Mansilla

Asistente de fotografía: Rodrigo Alfonso

Arte: Nowi Caputo

Agradecimientos:

Vestuario: Adidas, La Martina, Prototype, AY Not Dead, Miki & Choya, Maggio y Rosetto

 

Locación: Espacio H. http://www.espacioh.com.ar

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