Ricardo Darín vuelve a incursionar en el thriller judicial con Tesis sobre un homicidio, la nueva película que promete hacer explotar la taquilla veraniega. Antes, habló con EL PLANETA URBANO sobre su vida familiar, sus angustias existenciales y el éxito, eso que tanto conoce.

Ricardo Darín se presenta puntual en la Mansión del Hotel Four Seasons para dedicarnos cuatro horas de su tiempo. Llega solo, con una mochila que parece de adolescente en la que carga las únicas tres remeras que piensa usar en la producción de fotos. No quiere vestuarista, maquilladora o peinadora. Tampoco exige un fotógrafo en particular, como la mayoría de sus colegas. Primera conclusión: el actor número uno de la Argentina no exhibe, ni por un segundo, las típicas poses de divo que cualquiera esperaría de alguien como él.

 

Luego de saludar muy amablemente a cada una de las 15 personas que lo esperamos para hacer esta nota de tapa, se sienta y conversa. Y habla de todo sin eludir temas, mira a los ojos, se sincera, se conmueve cuando reflexiona sobre algunos dramas de la humanidad. Segunda conclusión: Darín es, además de talentoso, un gran tipo. Un hombre que nos hace pensar: “Si todos fuéramos como él, las cosas estarían mucho mejor”. Al terminar la entrevista, Ricardo se entrega por completo a una extensa sesión de fotos. Está cansado, pero no lo demuestra.

 

Posa siguiendo las indicaciones de la fotógrafa, como si fuera un actor que está dando sus primeros pasos, y no para de hacer chistes, de divertirnos a todos, de joder. Tercera conclusión: además de buena persona, considerado, antidivo y actor genial, Ricardo Darín es el tipo más humilde y divertido de todo el planeta de celebridades que pasaron por esta revista.

 

 

–¿Es curioso? ¿Se aburre fácilmente?

 

 

–Soy curioso, inquieto y mínimamente atrevido. Me aburro si no estoy subido a algo que me provoque un poco de escozor.

 

 

–¿También es arriesgado?

 

 

–Sí, yo creo que hay que arriesgar, que los artistas tienen la obligación de asumir riesgos, más que de arriesgar. Proponerte a vos mismo movimientos, cambios permanentes, para lograr lo que creo que es la clave de la vida: estar todo el tiempo tratando de aprender algo. Para mí el lema es “vivir para aprender”.

 

 

–¿Cuál fue el mayor riesgo que corrió en su vida?

 

 

–Siempre me arriesgué. No me quiero hacer el guapo tampoco, no me quiero hacer el valiente porque no soy valiente, eso es otra cosa. Pero siempre me arriesgué porque desde muy chico me di cuenta de que había una trampa intrínseca en el ambiente, que era: si querés aferrarte a algo, es imposible; es todo lo contrario, es contraproducente. Este es un oficio en el que permanentemente estás dando exámenes, seas un debutante, una promesa, un consagrado, alguien que tiene estabilidad… Siempre estás rindiendo algún tipo de examen. Si te va muy bien, todos van a estar juzgando si estás a la altura de las expectativas.

 

 

–Una crueldad absoluta.

 

 

–Sí, por eso creo que la única forma de no deprimirse es tomarlo con humor, no creer absolutamente nada de nadie, ni los elogios ni las críticas descomunales.

 

 

–¿Siente que está de vuelta?

 

 

–Qué sé yo… Me asusta un poco cuando alguien dice que está de vuelta. Siempre huele un poco a “me las sé todas”, y eso es imposible, es imposible sabérselas todas.

 

 

–¿Qué le queda por aprender?

 

 

–Siempre estoy revisando principios y criterios por los que en algún momento pude haber dado la vida en una discusión, y de golpe alguien te ayuda a tener una perspectiva distinta. Esencialmente, dudo de mí.

 

 

–¿Cómo hace para elegir siempre buenos guiones? ¿No hay traspiés en su carrera?

 

 

–Ya me va a tocar algo malo, dame tiempo. Creo que hay dos explicaciones posibles: una, la más básica y pueril, es que tengo suerte. Cosa en la que creo: soy un tipo muy afortunado. Y la otra ocurre desde hace unos 15 años, y es que empiezo a ingresar en los proyectos un poco antes de lo que ingresaba en otra época. Antes me invitaban a formar parte de una propuesta cuando estaba todo cocinado. En cambio, desde hace un tiempo, con base en cierto camino andado y en ciertas cosas que sí considero que son logros, me empezaron a invitar a los proyectos desde antes, desde la formación. Entonces, ahí surge no sólo la posibilidad de intervenir, sino de conocer la historia en profundidad.

 

 

  

 

“Si me pongo a pensar en el futuro de la humanidad, cosa que sucede con frecuenta, caigo en pozos de angustia enormes”.

 

 

 

 

“Cuando no trabajo soy un desastre, me abandono,  me entrego.  Desenchufo todos los contactos y me desactivo”. 

 

 

 

 

 

 

 

–¿Existe una fórmula para no caer en proyectos fallidos?

 

 

–Yo me metí varias veces en cosas que después no me gustaron y que fueron un bochorno.

 

 

–Claro, como cuando era muy joven y grabó esos discos de poesías recitadas de los que tanto se burlaba Mario Pergolini en la radio.

 

 

–Eso está todo asumido (risas). Cuantas más cosas hagas, más riesgos hay de equivocarse. Por eso ahora voy a parar un rato, voy a hacer una pausa.

 

 

–¿En serio? ¡Esto es una primicia! ¿Una pausa de cuánto tiempo?

 

 

–De un año o dos.

 

 

–¿Y a qué se va a dedicar?

 

 

–Al teatro solamente. Voy a hacer Escenas de lavida conyugal, de Bergman, con Valeria Bertuccelli, bajo la dirección de Norma Aleandro. A partir de abril o mayo, en el Maipo.

 

 

–Con tanto éxito en cine, ¿hacer teatro sigue siendo una prioridad?

 

 

–Sí, lo necesito. No dejé de hacer cine durante 12 años, fue mucho y estoy agotado en ese sentido. El teatro es esencial, el ejercicio del oficio arriba del escenario es absolutamente esencial. A esta altura de mi vida es mi orden, porque yo soy bastante caótico, soy un quilombo, muy desorganizado. Entonces el teatro me ordena, me allana los caminos.

 

 

–¿Cómo es la relación con su hijo? ¿Le da consejos?

 

 

–Sí, le he roto mucho las pelotas, pobrecito, durante demasiado tiempo. Ahora estoy empezando a recoger un poco el espinel, porque tiene 23 años y ha demostrado claramente ser un tipo que se maneja mejor que yo, así que debería ser él quien me dé consejos a mí.

 

 

–El Chino parece tener un gran futuro por delante.

 

 

–Yo veo que camina bien, que es un tipo querido en el medio. La gente lo aprecia mucho, porque se maneja con prudencia, con educación; no es agresivo, es solícito, está siempre para dar una mano.

 

 

–¿Le gusta que sea actor?

 

 

–Me encanta que sea feliz en lo que sepa expresar, y me parece que sí, que está encontrando su camino, está experimentando, buscándose a sí mismo, como ocurre a esa edad. ¿Vos qué edad tenés?

 

 

 

 

“Soy curioso, inquieto y mínimamente atrevido. Me aburro si no estoy subido a algo que me produzca un poco de escozor”.

 

 

 

–34 años.

 

 

–¡Parecés de menos! ¿Cómo hacés?

 

 

 

 

 

–Duermo mucho, ¿no es esa la receta?  

 

 

–Hay que dormir y reírse mucho.

 

 

–¿Preocuparse menos?

 

 

–La preocupación es inevitable, pero como contrapartida –no digo como antídoto–, para balancear, está bueno buscar miradas positivas, ya que cuesta tanto ser optimista.

 

 

–¿Le preocupa el paso del tiempo?

 

 

–Hay distintas etapas. Hay etapas en las que no te importa nada, etapas en las que ves que el deterioro físico hace mella. A mí lo que más me jode son las imposibilidades: toda la vida me gustó jugar al fútbol y ahora tengo una gamba medio estropeada, y esas son las pequeñas trompadas que te vas comiendo. O esquiar, por ejemplo, me encanta esquiar y tuve que dejar hace ya un tiempo.

 

 

–Al margen de los impedimentos físicos , ¿qué pasa con la vanidad? 

 

 

–Hay que ver cómo te parás frente a eso. A mí no me gusta el término resignación, porque es como bajar la guardia, pero aceptación es otra cosa. Aceptar lo que viene, las distintas etapas, y tratar de sacar lo positivo de cada una de ellas me parece que es lo único que nos queda.

 

 

– ¿Cómo se debate entre la calidad de un trabajo y el rendimiento económico?

 

 

–Por supuesto que si alguien viene a ofrecerte un personaje por cinco millones de dólares, es una puesta a prueba. Ahí te tenés que dar cuenta cuán en eje estás, qué querés y qué no querés.

 

 

–¿Le sucedió?

 

 

–No, a mí cuando algo no me gusta no llego ni siquiera a hablar de cuestiones económicas. Trato de que eso nunca esté por delante. El día que descubra que estoy priorizando eso, a esta altura de mi vida, dejo de hacerlo. Obviamente, lo puedo decir yo que tengo una frecuencia de trabajo que me permite no depender de eso. Cuando tenés una familia, sos actor y no tenés una estabilidad económica, te ofrecen un trabajo y agarrás cualquier cosa.

 

 

–¿Qué importancia le da a la plata?

 

 

–La guita enturbia un poco el panorama. Por mucha o por poca. A los que tienen mucha guita yo los compadezco, esos tipos que son millonarios y viven paranoicos pensando que la gente se acerca a ellos por el dinero que tienen. Del otro lado, la gente que no tiene lo mínimamente aceptable en términos económicos también me angustia mucho, porque muchas veces te preguntás cómo hace un tipo con tres o cuatro hijos, ganando un sueldo mínimo, para encarar la vida con buen humor, para pensar que la felicidad existe. Es difícil. Por eso trato de que el dinero no intervenga. No es que no me guste ganar bien, pero eso siempre es después, siempre trato de que esté al final.

 

 

–¿Qué hace cuando no trabaja?

 

 

–Soy un desastre, me abandono, me entrego. Desenchufo todos los contactos, levanto todas las pipetas y me desactivo. Es como un acto de rebeldía, o de defensa. Después me aburro de eso, enseguida me aburro. Cuando me desactivo puedo ser una especie de nerd o zombie ambulatorio, me cargan en casa, se cagan de risa porque puedo estar días haciendo absolutamente nada.

 

 

 

–¿Escucha música?

 

 

–A veces ni siquiera eso. Pienso, leo, boludeo mucho, juego…

 

 

–¿A qué juega?

 

 

–A lo que sea: a las cartas, al póquer por internet, juego jueguitos, juego a lo que venga. Me agarra como una especie de apendejamiento y me pongo medio pelotudo, se me da por jugar y pierdo horas boludeando.

 

   

–Eso es genial.

 

 

–Sí, son espacios que me genero de la nada misma. Tiene que ser la nada, la nada.

 

 

–¿Después viene la angustia?

 

 

–No necesariamente, de repente en el medio me agarra angustia porque me pregunto qué estoy haciendo, pero pasa. Me gusta mucho estar en casa.

 

 

–¿Solo?

 

 

–Sí, me encanta.

 

 

–¿Tiene un espacio para estar solo en su casa?

 

 

–Sí, siempre. Todos en mi familia tenemos espacios para estar solos en casa. Nos acompañamos y estamos al tanto de lo que ocurre con los demás, pero por suerte tenemos espacios personales en donde cada uno hace la suya. Eso es muy bueno.

 

 

–¿Qué cosas le preocupan en general?

 

 

–Todo me preocupa. Hay pocas cosas que no me preocupen.

 

 

–¿Lo que más le preocupa? ¿Es muy complicado establecer un ranking?

 

 

–No, es más bien deprimente. Me preocupa la sentencia que pesa sobre nuestras cabezas en función de lo imbéciles que somos con respecto al cuidado del medio ambiente. Tenemos una daga que está pendiendo sobre nuestras cabezas, lo sabemos y no reaccionamos. Me angustia sobremanera el futuro.

 

 

–¿Su futuro o el de la humanidad?

 

 

–El de la humanidad. Cada vez que me pongo a pensar en eso, cosa que sucede con frecuencia, caigo en unos pozos de angustia enormes.

 

 

–¿Se preocupa por el futuro de sus hijos?

 

 

–Antes, cuando era joven, pensaba que era mejor no tener hijos por cómo está el mundo. Pero me costaba lidiar con un aspecto personal: me moría de ganas de tener hijos, me moría de ganas de conocerles las caras a mis hijos. Y tuve la suerte de que esto se produjera, porque mi mujer y mis hijos son lo mejor de mí, no lo mejor que me pasó. A través de ellos veo una versión mía que creo es la más elevada de las que existen en mí. Después, todas las demás son para abajo, van hacia la profundidad. Así que les agradezco de corazón que me hayan dejado ser esto.

 

 

–¿Qué otras cosas le generan angustia?

 

 

–La estupidez humana, la violencia.

 

 

–¿Cómo se manifiesta, a su entender, la estupidez humana?

 

 

–En la falta de amor.

 

 

–¿Por ejemplo?

 

 

–Me voy a poner un poco oscuro.

 

 

–Vamos.

 

 

–Si un pibe que no es amado por las instituciones, por el Estado, por su ciudad, mira hacia delante y no ve nada, no es culpa de él. Es culpa de no sentirse amado. Las consecuencias de que no sienta ese amor en su crianza y en su desarrollo son: A, que no ame su vida. B, que por consiguiente no ame la vida de los demás. Esa falta de amor, que generalmente viene de arriba hacia abajo y debe sentirse de padres a hijos en términos institucionales, genera gran parte de los problemas a los que no les encontramos explicación hoy en día. Porque robar, robaron toda la vida. Chorros hubo siempre, pero tipos que después de robarte te peguen dos chumbazos por la espalda cuando te estás yendo, no se veía mucho. Y eso tiene que ver con la falta de amor. La falta de amor por el prójimo, la falta de amor entre nosotros, creer que los pibes que están en los semáforos son hijos de otros, y que nosotros con subir la ventanilla nos sacamos el problema de encima. Todo eso es una gran equivocación, es una gran mentira. Todo eso es una gran estupidez humana, y me produce una gran angustia. ¿Vos tenés idea de la cantidad de talentos, de dones, de capacidades obstruidas, postergadas, calladas, sepultadas que deben producirse por día nada más porque no hay una igualdad de oportunidades originales para todo el mundo?

 

 

–Es cierto eso de que se iba a poner oscuro. Para terminar, tratemos de salir. ¿Cuáles son sus momentos de felicidad?

 

 

–Hay muchos de felicidades mínimas, explosivas. Las felicidades compartidas son las mejores, porque ahí es donde como especie nos redimimos un toque. Uno está plagado de mínimas felicidades y mínimas tristezas. La felicidad total para mí no existe, porque tendría que descerebrarme para eso, tendría que desentenderme de todo lo demás, y ya no puedo. Pero cuando estoy en casa, y está mi familia, y compartimos una rica comida, y nos quedamos escuchando música y nos reímos un rato, es un momento de felicidad elevadísimo. Y siento que no puedo pedir más.

 

 

Tesis sobre un homicidio

 

Ricardo Darín regresa al género que le valió un premio Oscar por El secreto de sus ojos. Novela negra, thriller judicial o policial, Tesis sobre un homicidio cuenta la historia de Roberto, un abogado penal retirado que pasa sus días en los claustros de la Universidad de Buenos Aires y se ve envuelto, casi sin querer, en una serie de crímenes que suceden a su alrededor. El protagonista de esta historia decide investigar los asesinatos hasta las últimas consecuencias, mezclando su actividad profesional con la vida personal. Darín se luce, nuevamente, en un papel que parece hecho a su medida.

 

Nació 16 de enero de 1957

 

2 hijos: Clara y Chino Darín

 

21 películas

 

1 Oscar: El secreto de sus ojos

 

3 Goya: Un cuento chino

 

 

Agradecimiento especial: Four Seasons Hotel Buenos Aires