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El bienestar del alma – El Planeta Urbano

Las investigaciones científicas ya demostraron que la sensación de estar bien no está ligada a la posición económica sino a las ondas del parámetro radioeléctrico 7,8 Hz. De todos modos, las mejores respuestas están siempre en la naturaleza.

 

El bienestar como factor de existencia es el estado históricamente más anhelado por el ser humano, y a pesar de que no existe fórmula alguna que garantice su conquista, posee una importante carga de subjetividad propia del individuo. Al ser el bienestar un proceso que depende de parámetros subjetivos, se requiere conocer los factores que cada persona o sistema toma como necesarios para considerar lo que cree y lo que valora en la vida para su logro. Cuando hablamos de bienestar puede aplicarse a la salud, a un estado espiritual, mental y emocional, profesional o de existencia misma. Las herramientas accesibles no dependen de una cuenta en el banco ni de una mansión para obtenerla. Investigadores de la Universidad Victoria de Wellington, en Nueva Zelanda, han comprobado que la libertad y la autonomía de una persona conducen al bienestar, en mayor medida que el dinero.

 

El estudio, publicado por la Asociación Americana de Psicología, indica que en las sociedades sus habitantes gozan de mayor bienestar independientemente del nivel de ingresos que tengan. Precisamente esta fue la hipótesis de la que partieron para comenzar a investigar los psicólogos Ronald Fischer, responsable del estudio, y su colega Diana Boer. Esta cualidad o estado del ser humano parece estar íntimamente ligado con otras abstracciones “vivenciales” a las que accedemos las personas a través de la paz interior, la tranquilidad y la felicidad. Y precisamente estos escenarios del ser son los que favorecen, como destino, el sendero de la mente como potencia intelectual del alma. Según otras investigaciones llevadas a cabo recientemente, el estado de bienestar parece ser una cuestión mental. El ex miembro de la elite intelectual francesa Matthieu Ricard, hoy convertido en monje budista muy cercano al Dalai Lama, se sometió de forma voluntaria a uno de los más exhaustivos estudios orientados a buscar la felicidad y el bienestar como parte de un estado humano interno de coherencia armónica entre la mente y la emoción. El profesor de psiquiatría y psicología Richard J. Davidson de la Universidad de Wisconsin, utilizando 256 sensores de medición de la actividad electroencefálica, detectó una sustantiva actividad en el córtex prefontal izquierdo del cerebro del monje, zona que los neurocientíficos han relacionado al bienestar y la felicidad. Precisamente es el córtex cerebral lo que diferencia a la especie humana del resto en cuanto al sistema nervioso se refiere. El cerebro de Ricard ha producido en estado meditativo y de relajación una extraordinaria cantidad de ondas herzianas entre 7,5 y 14 ciclos por segundo, dentro del espectro de frecuencia alfa, que se relaciona con estados profundos de conciencia, felicidad y bienestar. Casualmente el físico alemán Winfried Schumann descubrió en los años cincuenta que existía un pulso resonante planetario que estaba ajustado en su parámetro radioeléctrico en 7,8 Hz. Es decir que nuestro bienestar se produce cuando nos acercamos a dicha frecuencia. El estado alfa es un estado muy especial. ¿Por qué? Porque nos permite sincronizarnos con la naturaleza, pero por otro lado, nos permite estar a gusto, en paz, bienestar y felicidad interior, en relajación profunda. Esto lo sabían muy bien los sabios y monjes de la antigüedad, quienes mediante el arte de la meditación, la relajación, la contemplación y la compasión accedían a estados en los que la sola existencia les producía el bienestar y la felicidad. El uso de inciensos, mantras, oraciones, canciones o la música en frecuencias armónicas, en especial las que produce unas frecuencias en hertzios muy similares al estado alfa, hacían que cualquier pensamiento, emoción y sentimiento fuese fácilmente adoptado y “plantado” a nivel subconsciente; proceso vital en la manifestación consciente y cocreativa que termina elaborando la realidad que deseamos.

 

LA MÚSICA Y LOS SONIDOS COMO INSTRUMENTOS DE BIENESTAR

 

La música es un eficacísimo instrumento de bienestar y de producción de estado alfa. De hecho muchos instrumentos producen vibraciones próximas a dicha frecuencia. De ahí que con relativa facilidad, muchas personas se relajen, se queden dormidas en los conciertos o sencillamente se sientan “trasladadas” por la música a otra dimensión. Si les pusiéramos un electroencefalógrafo, la mayoría de los asistentes a un concierto en un auditórium estarían funcionando en alfa o zeta. La contemplación del mar, el vaivén de las olas y el sonido que producen son un seguro inductor del bienestar. Lo más significativo es que el tono de voz de ciertas personas sabias y espirituales también produce estos efectos. La música, la oración, los aromas, cierto tipo de imágenes (especialmente de la naturaleza, determinados tipos de pintura, símbolos o los propios mandalas tibetanos) tienen como objetivo ponernos en este estado especial de la mente, que nos hace tocar nuestro interior más profundo y llegar a la zona espiritual del ser humano. Por tanto, como vemos, hay muchas cosas que nos pueden inducir a este estado. ¿El bienestar es un estado natural? Nadie sabe a ciencia cierta la totalidad funcional de la glándula pineal, conocida en las tradiciones antiguas como el tercer ojo, o el ojo del espíritu. Esta glándula en forma de piña está situada en el techo del tercer ventrículo del cerebro, directamente detrás de la raíz de la nariz, flotando en un pequeño lago de líquido cefalorraquídeo. El filósofo René Descartes fue quien primero se apropió de la idea de que la glándula pineal es el asiento del alma, un punto de encuentro único entre el cuerpo y el alma. La glándula pineal segrega serotonina y melatonina. La producción de estas hormonas es estimulada por la luz y la oscuridad. La pineal ha sido llamada el transductor foto-neuroendocrino a través del cual una señal neuronal con información ambiental es convertida en un mensaje químico, en este caso para activar o desactivar la producción de dos hormonas claves para el bienestar. Ambas hormonas actúan como sustancias reguladoras del sueño y la vigilia, y retardan el proceso de envejecimiento, regulan el crecimiento e incluso el mantenimiento de la estabilidad mental. La psiquiatra e investigadora inglesa Serena Roney-Dougal ha recolectado algunas de las investigaciones más convincentes dentro del medio biológico por el cual el flujo geomagnético de la Tierra pudiera causar que la glándula pineal nos permita físicamente “sintonizarnos” con el bienestar y la felicidad.

 

SINTONIZANDO Y CAPTANDO

 

Cuando la glándula pineal es estimulada geomagnéticamente produce sustancias químicas similares a las plantas alucinógenas, que contribuyen a alterar la conciencia. Así que, ¿cómo podrían las fluctuaciones geomagnéticas de la Tierra afectar sustancias químicas cerebrales fundamentales para lograr estados de bienestar? Los investigadores han encontrado que los campos electromagnéticos y geomagnéticos afectan en gran medida la producción y la actividad de la enzima hidroxiindol-Ometiltransferasa. Esta enzima es la que está implicada en la producción de melatonina y, posiblemente, de la 5-MEethoxytryptamine (5-MT). Cualquier cambio en el campo magnético puede producir cambios en la actividad de esta enzima, produciendo una avalancha de respuestas dispares naturales en los individuos, tales como mayor o menor grado de ansiedad, depresión, pánico, excitabilidad, agresión o, por el contrario, crear estados de relajación, calma, conciencia y bienestar. Es muy posible que nuestro potencial de bienestar humano sea mayor cuando estamos en armonía con la naturaleza, en conexión coherente y armónica con la Tierra. Las culturas tradicionales han tenido mayor comprensión y sabiduría de esta armonía energética, desarrollando bienestar en total integración con su medio nativo. Nosotros haríamos bien en aprender de ellos y retornar al más preciado estado de bienestar, el de ser y sentirnos naturaleza.