Hija extra matrimonial del célebre sitarista indio y maestro de Los Beatles Ravi Shan kar –con quien poco se relacionó–, la cantante norteamericana de 33 años llega a Buenos Aires con dos sold out y su quinto disco solista, un himno al mal de amores.

La música une todas las historias, los tiempos, los momentos, construyendo la banda de sonido de cada vida. La de Norah Jones está unida por extraños y lejanos ecos. Una música disonante, sin embargo. El 30 de marzo de 1979 nacía en Nueva York, fruto de la relación de su madre, la productora de recitales Sue Jones, con Ravi Shankar. No el Sri Sri de El Arte de Vivir, sino el otrora famosísimo sitarista indio que estuvo ligado a Los Beatles y le enseñó a tocar ese instrumento a George Harrison, con quien armaría en 1971 el Concierto para Bangladesh, el primero que unió a músicos con fines solidarios. 

 

 

 

“Podría parecer que no soy una persona alegre, pero lo soy. Viví dos rupturas difíciles y Salí de ellas con dos discos. Todos pasamos por períodos oscuros, pero yo no soy oscura”.

 

 

 

Pero no sería su padre quien la guiaría hacia la música. La relación de nueve años de su madre con el sitarista indio terminó tormentosamente, al punto de que él casi no tuvo contacto con su hija. Es a Sue Jones a quien la cantante le da todo el crédito de su carrera, a su protección y cuidados y a su fascinación por Etta James, Aretha Franklin, Ray Charles, Bill Evans y Joni Mitchell. “Mi mamá tenía un set de ocho discos de Billie Holiday, tomé uno de ellos y lo escuché una y otra vez sin detenerme”, cuenta. A ese apasionado inicio en el jazz se fue sumando la influencia de su abuela, amante del country. Todo eso ocurría en Grapevine, en las afueras de Dallas, Texas, donde Norah y su mamá fueron a vivir cuando dejaron Nueva York. Ella tenía cuatro años y ya no vería a su padre prácticamente hasta los dieciocho, edad en la que conoció a su media hermana, la sitarista Anoushka Shankar, quien nació dos años después que ella, pero que vivió cerca de su padre, en la música y en la vida.

 

Cuando se conocieron, se hicieron el mismo tatuaje en la espalda como marca del vínculo. “Quería que fuera secreto, pero Anoushka puso la foto en su página web”, dice Norah, no del todo contenta. Pequeña cantante en coros de gospels, estudió saxo y piano desde los siete años. En el secundario ganó premios como cantante de jazz y compositora, luego estudió piano y teoría en la Universidad de North Texas. Casi todo lo demás lo hizo bajo los reflectores que cayeron sobre ella cuando con apenas 23 años se llevó 8 Grammys con su primer disco, Come Away With Me. Oros, platinos, millones de copias vendidas en el mundo, un éxito descomunal desde ese primer disco que se mantuvo en cada uno de los que siguieron. Ella dice que le costó pero aprendió a lidiar con la fama y que de diva no tiene nada, sólo comer rico, darse un supergusto con la comida.

 

Pronto tuvo participaciones en trabajos con varios de los músicos más interesantes del momento, pero, claro, hay hitos: en 2004 fue parte del álbum de duetos de Ray Charles, Genius Loves Company, el último que grabó el pianista y cantante, que moriría ese mismo año, cantando con él el inolvidable “Here We Go Again”.

 

Si bien produce enamoramientos instantáneos –ella, su voz, su música–, también tiene una cuerda de críticos que la vapulean con dardos que van desde “melosa” y “de poco riesgo” hasta “cantante de café”. Un leve levantamiento de hombros y la respuesta: “No me gusta que digan de mi música ciertas cosas, y no me parece justo que me descalifiquen de esa manera, pero qué importa finalmente. La música es subjetiva, hay a quienes les gusta lo que hago y a quienes no”.

 

Preciosa, con una belleza sugerente en la que los ecos de su origen indio hacen lo suyo, el cine no se la iba a perder. Nada menos que Wong Kar Wai la dirigió junto al bonito Jude Law en My Blueberry Nights. Y hace apenas un par de meses la vimos en Ted, la película del osito malvado, en una breve aparición haciendo de ella misma. También compuso el tema del film Everybody Needs a Best Friend. “Vivir es duro”, afirma. Habla de su disco, que tiene como eje principal una ruptura amorosa. Dice que antes gritaba, que tenía un carácter bravo, que ahora está más calma, pero que tampoco le gusta la gente que reacciona como loca y al rato está como si nada. “Convivir con ellos no es agradable, te dejan con toda esa carga…vivir es duro”, concluye, y sonríe. Tiene apenas 33 años y desde hace diez no para de hacer lo que le gusta con un éxito que ni se hubiera atrevido a soñar. Claro que, como todos, tuvo que lidiar con algunas cosas dolorosas. La más dura, la que creó una cuenta pendiente de difícil resolución con su padre.

 

Y después esto, dos desilusiones amorosas en estos últimos tres años, una de ellas de su novio durante ocho años, el bajista de su banda, Lee Alexander. Y dos discos que salieron de esas tristezas, The Fall y Little Broken Hearts. Pero no le gusta que la fijen ahí: “Soy una persona alegre. Viví dos rupturas difíciles. Salí con dos álbumes de ruptura. Podría parecer que no soy una persona alegre, pero lo soy. No soy oscura. Todos atravesamos períodos oscuros, para algunos duran más que para otros. A mí no me duran tanto”, asegura, serena y convencida de sus palabras. Geethali Norah Jones Shankar llega a la Argentina con una fecha extra en el Luna Park, el 9 de diciembre. El recital del 8 quedó cortísimo. Viene bajando desde Colombia, Perú, Chile y Uruguay con sus diez años de éxitos, con sus cinco discos solista y sus dos discos con su banda country The Little Willies, con sus memorables colaboraciones, a cantar fundamentalmente el último de los cinco, Little Broken Hearts, el que se anuncia como el mejor de su carrera. Habrá que ver cómo la recibe el público argentino, que ya la ama. Y tal vez se anime a hacer algo con nuestra música. “El tango es una música que me fascina, para escuchar y bailar”, dice, muy entusiasmada.