No todo el mundo es exitoso, un ganador al que la vida le sonríe. En realidad son los menos. El mundo está poblado de perdedores que muchas veces viven mal y terminan peor. Si no lo cree, lea lo que sigue.

En la literatura se puede encontrar de todo: aventuras, misterios, las proezas de los grandes héroes. Y también las de los otros, esos hombres anónimos y fracasados que han sabido ser protagonistas de libros memorables: los antihéroes de siempre.

 

Uno de los más conocidos en el rubro loser lit es Ignatius Reilly –protagonista de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole– una mezcla de Don Quijote y Sancho Panza, con menos gallardía que el primero e incluso más kilos que el segundo. Reilly tiene 30 años, sigue viviendo con su madre y sólo consigue trabajos basura, en los que no logra durar mucho. Su vida es en realidad su propio monólogo interior: una suerte de stand up enardecido contra los males de la sociedad contemporánea. Si fuese por él, preferiría haber nacido en la Edad Media, donde de paso (quizá como yapa dadivosa del viaje en el tiempo) sus kilos de más serían socialmente considerados signos de belleza y virtud.

 

 

Si bien toda la novela tiene un tono tragicómico, detrás del libro hay una historia curiosa: se publicó de manera póstuma gracias al empeño de la madre del autor, quien se suicidó tras haber hecho circular su manuscrito sin éxito (dejando también otro inédito, La Biblia de neón). Cuando en 1969 puso fin a su vida ahogándose con un caño de escape tenía apenas 31 años y no había logrado que ningún editor se interesara por su novela, que se intuye tiene una importante carga autobiográfica. El mismo texto que, publicado en 1980, ganó un premio Pulitzer y marcó a toda una generación. Hoy, el personaje de Ignatius Reilly hasta tiene estatua propia en una ciudad a su medida: Nueva Orleáns.

 

 

American Idol 

 

Ingenuo, bonachón, desesperado, así es Smithy Ide, el protagonista de Una historia en bicicleta, la primera novela del estadounidense Ron McLarty (quizás conocido por su trabajo como actor en La ley y el orden y algún papel menor en Sex and the City). Smithy tiene 43 años, pesa 126 kilos, trabaja en la cadena de montaje de una fábrica de muñecos y, por si fuera poco, sus padres mueren en un accidente y, al volver de su entierro, se entera de que su única hermana, desaparecida hace años, también fue encontrada muerta. Si hasta entonces había lidiado bastante bien con ser un remedo del prototipo del perdedor americano, la tragedia lo decide a cambiar su rutina. Sin nada que lo retenga, se sube a su vieja bicicleta y comienza un viaje por las rutas de EE.UU, desde Rhode Island hasta la costa oeste. Smithy e Ignatius tienen varios aspectos en común: su escepticismo, su incapacidad afectiva, la dejadez de su estado físico. Pero a diferencia del personaje de Kennedy Toole, Smithy no es un oportunista sino un antihéroe tan torpe como entrañable, cuya única arma es la perseverancia.

 

 

Su vida era salir del trabajo para matar las horas en los bares emborrachándose solo y atiborrándose de comida, pero ahora, a medida que avanza, concentrado en sus reflexiones, va perdiendo peso con cada pedaleo. Y cada vez le sienta mejor. La única persona que sabe de su viaje es una vecina que desde la infancia está enamorada de él y que quedó paralítica tras un accidente (cuya secuencia está impecablemente narrada desde la perspectiva del que iba al volante) y es su único nexo con lo que va dejando atrás.

 

 

Sin embargo su road trip no siempre le depara sorpresas agradables. La desconfianza y la violencia parecen ser la constante en cada una de las personas con las que se cruza en el camino, en episodios que construyen una descripción bastante descarnada de la sociedad norteamericana actual (y de sus temores). Con partes iguales de humor y ternura, Una historia en bicicleta critica las hipocresías del “modelo americano” y, con frases directas y efectivas, logra conmover desde la mirada de un hombre que va por el mundo como quien sin querer vuelca y rompe una pecera, pero que está dispuesto a cambiar de vida. Y vale la pena acompañarlo en el intento.

 

 

Todo un caso 

 

 

El tercero es un clásico: Wilt, la novela cuyo protagonista homónimo hizo famoso a su autor, el inglés Tom Sharpe. Wilt es un profesor casado con una mujer que le resulta tediosa, que intenta infructuosamente infundir pasión por la literatura a sus desganados alumnos y que todo el tiempo fantasea con una realidad alternativa a la suya propia.

 

 

Como el personaje de Las puertitas del señor López, de Carlos Trillo, ese soñar despierto es lo único que le permite sobrevivir a su aburrimiento cotidiano. No importa que esté dando clases o en mitad de una reunión social, en casi todo momento sus pensamientos laterales se desvían hacia una idea recurrente: los diferentes modos posibles de matar a su esposa. No es que sea un asesino, no va a matarla, pero fantasea con ello. Hasta que un día se encuentra con una muñeca inflable y entonces todo se enrarece. Con un estilo ácido que honra la mejor tradición del humor inglés, la novela fue la primera de una saga que lo tiene a Wilt como protagonista.

 

 

Y, más cerca o más lejos, conviene seguirlo. Porque, en cualquiera de sus historias, Wilt aguarda con esa sonrisa resignada y a la vez socarrona, de esas que se reservan sólo a los espejos.