Al margen de lo que pueda indicar su apellido, esta decoradora sigue sumando. Además de imprimir su visión romántica en ambientes a pedido, cuadernos de autor y hasta etiquetas de vino, transformó este año su showroom de la calle Gorriti en un galpón de eventos. Allí, donde trascurren las veladas más exclusivas de Buenos Aires, nos recibió para esta nota.

La tendencia en decoración es cada vez más limpia. Menos es más”, cuenta –paradójica– Milagros Resta, cuyos ambientes maximalistas, que fusionan el estilo rococó con un exceso de elementos casi barroco, continúan vigentes desde hace más de 20 años. Y es que la suya es una mirada de autor, una voz establecida en el diseño de interiores que la llevó a vestir las casas de Verónica Lozano, Juliana Awada y Valeria Mazza, entre otras.

 

Elegantes restaurantes de la escena local, tiendas de ropa y mansiones en Punta del Este también relucen en su portfolio. ¿Su preferido? Un ambicioso hotel temático de tango, en el que se encuentra trabajando al momento de realizar esta entrevista.

 

 

 

–¿Qué define un buen ambiente?

 

–La calidad de los objetos, su ubicación y la cantidad de recursos puede llegar a enaltecer una habitación. Yo soy muy observadora y presto muchísima atención a cada detalle, cada rincón, si tiene entelados, pátinas, molduras o empapelados. Y las obras. Para mí, no hay ninguna decoración sin arte. Lo que hace distinguir un ambiente es un cuadro, una escultura, un fresco. Ese detalle lo cambia todo. Pero lo que importa es la visión global. Para que me sienta a gusto con un ambiente, su totalidad tiene que envolverme y hacerme ver un espacio cálido, que se sienta bien, que esté bien combinado. Es una suma que yo percibo apenas entro: en un minuto, puedo definir la excelencia (o no) de una decoración.

 

–¿Y cuál es el papel del “gusto”? ¿Existe como tal?

 

–Es como lo “lindo” y lo “feo”, existe y no existe. Realmente, usando los mismos elementos, dos personas pueden dar con dos resultados distintos. Incluso, intervenidos de otra manera, se puede llegar a una tercera alternativa. Es difícil combinar y no se habla –en términos absolutos– del “buen gusto” o el “mal gusto”. Pero sí podés entrar en un lugar con muebles bellísimos y decir: “Hay cosas que me hacen ruido, esto no está bien”. Existe algo en la totalidad del armado de un ambiente que sólo se puede lograr con sensibilidad, talento para combinar y sentir. El gusto tiene que ver con eso. Puede ser algo intuitivo pero, al contratar a un profesional que se documentó, que estudió, que sabe, lo tenés asegurado. Una cosa es decorar bien y otra armar proyectos, iluminación, participar de marcas, etcétera. Yo tengo ese don, me siento la reina del buen gusto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

–¿Cuándo decidió independizarse?

 

–A los 29 años. Ya hacía 15 que trabajaba en el mundo de la decoración y estaba formando mi familia, contaba con su amor y apoyo. Yo ya curtía mucho Palermo, iba para ese lado cuando iba a La Corte o al Mercado de las Pulgas, así que me puse a buscar un gran lugar por ahí. Cuando te gustan los muebles, necesitás espacio para restaurarlos y guardarlos. Es como dice un amigo mío del anticuario: “Uno empieza con mil dólares y una cómoda y termina con mil cómodas y un dólar”. Es una fascinación esto, no lo podés evitar.

 

–Palermo estaba vacío en esa época.

 

–Sí, fue complejo. Era una zona de ferrocarriles, abandonada, nada que ver con lo que es hoy. No teníamos luz, agua ni teléfono, al principio el de Gorriti fue un taller cerrado puertas adentro. Después empezaron a venir mis clientes y me di cuenta de que podía abrir un showroom, que estuvo en pie durante ocho años y funcionó como un lugar social, muy divertido. Hoy tengo un nombre y mis decoraciones fluyen, así que lo cerré y lo estoy relanzando como “el” lugar de eventos de Palermo. Las mejores fiestas pasan acá y aún no deja de sorprenderme, me siento bendecida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

–¿Cómo definiría su visión del diseño?

 

–Cien por ciento romántica. No sólo por el rosa sino por la calidez, insignia de mi estilo. Ahora, cuando trato con clientes, no pienso en mí sino en ellos. Puedo trabajar diseños modernos, de vanguardia, minimalistas sin problemas, me gusta igual y lo sé hacer. Es verdad que la gente me asocia a lo vintage y a lo romántico, pero también tengo consultas de otro tipo.

 

–¿Quiénes la consultan?

 

–Mis clientes potenciales, en general, ya me conocen, ya vieron mis trabajos. Es mi personalidad, mi opinión y el tratamiento que les doy lo que hace que terminen enganchados conmigo. Ya sea un hall de entrada, un ambiente, un hotel o un edificio de lujo, no minimizo ningún proyecto y el proceso es el mismo.

 

–¿Siente que se terminan casando con su estilo?

 

–No sé si se casan con mi estilo pero sí con mi persona, mi forma de ser y resolver.

 

–Acaba de diseñar su segunda línea de cuadernos para Ángel Estrada, intervino etiquetas de vino para Escorihuela Gascón. ¿Qué otra sorpresa le dio esta profesión?

 

–Ahora, por ejemplo, estoy trabajando en el diseño de un hotel de autor con temática de tango en Avenida de Mayo y San José para la gente de Idico. Como abre a fin del año que viene, estoy muy concentrada en eso. El eje del proyecto es mi visión, el tango romántico de Milagros. Sentarme en una mesa con 10 hombres de traje y explicarles por qué no todo tiene que ser rojo y negro, que la poesía y el sentimiento del tango pueden pasar por otro lado, me hace muy feliz. Pero lo peleé muchísimo, me costó que entendiesen mi mirada. Luché con dueños y arquitectos, este es el primer proyecto que me hizo dejar de dormir. Lo bueno de este trabajo es que siempre vas para adelante, cada año es sabiduría. Como diseñadora, artista o decoradora, mañana voy a ser mejor que hoy.

 

 

“Existe algo en la totalidad del armado de un ambiente que sólo se puede lograr con sensibilidad, talento para combinar y sentir”.