Por alguna razón o sinrazón muy esculpida en la condición humana, los fines de año son momentos de balances. Por qué en esta fecha y no en otra es una increíble incógnita. Lo bueno, lo malo, el debe y el haber son pensamientos recurrentes y típicos del mes de diciembre.

Y hablar de éxito y fracaso, dos cosas que van tan juntas y tan divorciadas a la vez, nos lleva a una edición de El Planeta Urbano repleta de personajes que no tienen miedo a perder o ganar, sabiendo de antemano que ambos resultados traen aparajedos un sinfín de sensaciones adrenalínicas que pueden matar, resucitar o enloquecer.

Sólo la gente hiperinteligente, finalmente, acepta que el aplauso o la derrota deberían ser tomados con espíritu parejo. Nada es tan definitivo.

“Encarar el análisis del significado de la palabra éxito (del latín exitus, salida) resulta desde el comienzo una tarea movilizadora. No sólo porque encierra simbólicamente la noción de huida, paralela a la del logro (pensemos que, en inglés, exit indica la salida o vía de escape de un lugar, y esto es en sí mismo movimiento), sino porque el fantasma de su opuesto –el fracaso– la acompaña inevitablemente”, dice Malele Penchansky en su columna de Opinión. Casi una espada de Damocles, una sombra constante, real o imaginaria, en tanto el sujeto debe esforzarse en cumplir objetivos determinados por el sistema, la cultura, la sociedad en la que interactúa. En esta sociedad de mercado que nos ampara/desampara sin respiro, la noción de éxito parece haberse convertido en una obsesión.

“Más allá de los logros deportivos y económicos que consiguió en su carrera, ¿qué es lo que se perdió por el tenis?”, le pregunta nuestro periodista Guillermo Alonso a Roger Federer, un numero uno contundente. “Por culpa del tenis y de los miles de viajes que he hecho he perdido el estar en Suiza con mi familia y mis amigos.

También siempre amé esquiar y en los últimos cinco años no he pisado una pista por miedo a lesionarme y no poder cumplir con mis obligaciones tenísticas. Estoy seguro de que uno de los lugares donde la gente podrá encontrarme cuando deje el tenis es en alguna pista de esquí”.

El mundo real, el de todos los días, está repleto de antihéroes. O de esa gente única que admira a los exitosos netos y los piensa desde un lugar equidistante entre la gloria y el vicio. Son esos seres que circulan livianos de todo y que dimensionan en su justa medida que éxito y fracaso tienen que ver sólo con cosas más terrenales que la gloria abstracta. Federer sueña con esquiar. El antihéroe también.

Esto es la vida y el punto en común. Éxito y fracaso, juntos y todo el tiempo. Y sólo depende de dónde y cómo uno se pare. Vivir es eso, vivir sin miramientos.

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