Mi álbum favorito, entre los diez mil que tengo, es I Want You, del gran Marvin Gaye. Nos sacudió porque mezclaba arte y sensualidad en igual medida cuando habíamos quedado huérfanos de Los Beatles y estábamos aburridos del rock sinfónico.

Dicen que soy aburrido, dicen que soy uno de los tipos que más sabe de discos, dicen cosas de mí como de cualquiera. No me importan mucho los comentarios, a mí lo único que me importa es I Want You. Siempre me preguntan cuáles son los cinco discos que me llevaría a una isla desierta, o cual es mi disco favorito, y entonces contesto: “I Want You y cuatro más”, o “I Want You, de Marvin Gaye”. Así desde 1977.

 

Lo conocí ese año, cuando apareció el vinilo en Baires. Nada me impactó tanto. Todo cambió desde el momento en que lo vi, nadie me había hablado de él; esos discos no salían en la revista Pelo, nadie lo tenía y creo que fue la tapa lo que me llevó a él. Hacía unos meses que había empezado a trabajar de disc jockey en clubes y boliches de Villa Ballester y, si bien no pagaban mucho, no me cobraban nada, así que todo OK. Los pocos pesos que ganaba los invertía en discos para pasar los sábados. Una tarde de 1977 me fui al centro y, en una galería de Florida, lo vi. Ese disco, ¡con esa tapa! Entré, lo llevé, y ahí me hice hombre. Esa tapa, ¡dios! Tanto significó en mi vida que hoy, en mi oficina de director de canales de música internacionales, el único cuadro que hay es una serigrafía de esa tapa, firmada por el autor y numerada. Buscada y comprada en la Nueva York del uno a uno. Cada día de mi vida, cuando llego al trabajo, lo primero que veo es esa escena pintada por Ernie Barnes que refleja exactamente la lujuria y el buen gusto, la atmósfera que destila este disco desde que empieza hasta que acaba.

 

 

 

 

El único cuadro que tengo en mi oficina es una serigrafía de la tapa de este disco, firmada por el autor.

 

La verdad es que IWU es un disco creado en forma y momento especial para todo el mundo. 1976 fue el año más importante para que la música negra tomara la delantera si de vanguardia hablamos. En otras palabras, en ese año los negros nos pintaron la cara de negro a todos los que ya nos aburríamos del rock sinfónico, a los que se habían quedado huérfanos de Los Beatles, a los que observaban cómo los Stones no se arreglaban del todo con Mick Taylor y buscaban desesperadamente a Ron Wood, que todavía estaba con Rod Stewart en Faces. La música disco y el punk aún no existían, y ahí los negros más power revientan la cabeza y el alma del resto del mundo con discos (si toman nota de esta lista tendrán todo el soul que se necesita para mejorar, no sólo como persona, sino como amante) como Hot Buttered Soul, de Isaac Hayes; Stone Gon, de Barry White; Talkin’ Book, de Stevie Wonder; Superfly, de Curtis Mayfield; That’s the Way of the World, de Earth Wind & Fire, y The Payback, de James Brown. Y en medio de este tsunami de fluidos musicales aparece la joya, la bengala que ilumina en medio de la noche, el espermatozoide que entra, la bolilla con el número del gordo de Navidad, I Want You, de un Marvin Gaye rabioso de amor y también de un joven Leon Ware, productor y verdadero autor del hit.

 

 

 

 

Su nombre real era Marvin Pentz Gay Jr., era hijo de un predicador y murió a los 44 años.

 

La historia de este disco tiene más aristas que la crisis europea. Para empezar, el hit era un tema de un joven cantante y productor que estaba trabajando con Quincy Jones en el genial Body Heat de Jones. Una noche, Marvin lo escuchó, y al otro día le dijo a Leon: “Si me das la canción te dejo coproducir mi próximo disco”. Como Marvin venía de What’s Going On y Let’s Get It On, que le ofreciera producir el siguiente es como si hoy Jamiroquai te llamara para que seas su socio al cincuenta por ciento. Juntos fueron al estudio –el Marvin’s Room, en Sunset Boulevard– y pusieron manos a la obra.

 

 

Estaba casado con Jan, quince años menor, y madre de sus hijos Frank y Nona.

Mr. Gaye, a esta altura (1976), estaba en pleno idilio con su segunda esposa, Jan, madre de sus dos hijos, Frank, de un año, y Nona, de dos. Estar juntos no había sido fácil. Llevaban tres años de relación, Jan tenía 20 y el bueno de Marvin 35, pero eso no era el problema, sino haberse divorciado de su primera esposa, la hermana de Berry Gordy, el dueño del sello Motown, que tenía contratado a Marvin desde hacía una década. A Gordy no le cayó nada bien la aparición de Jan en la vida de su estrella y cuñado y les hizo la vida imposible, tanto, que Marvin armó su propio estudio.

 

Dicen los que saben que esa trilogía perfecta de arte soul que fueron What’s Going On, Let’s Get It On y I Want You fueron inspiradas por la diosa Jan. Y tanto es así que hay fotos de sesiones donde se ve a Marvin cantando mirándola y hasta cantó “I Want You” acostado en el sofá donde la noche anterior habían intercambiado fluidos. Quien tenga acceso a algunas imágenes de Jan, más exactamente Janis Hunter, caerá en la cuenta de que llama a intercambiarle fluidos lo antes posible.

 

El disco en sí es un disparate de sensualidad y buen gusto. Una obra conceptual, cuyas canciones se entrelazan entre un comienzo con “I Want You”, donde se declara el amor del hombre hacia la dama, después bailan, se besan, se prometen cielos, entre pequeños interludios con la melodía inicial, y el final con “Soon I’ll be Lovin’u Again” (pronto te amaré otra vez), que no es final sino un cuento cortaziano circular que invita a poner el disco otra vez, y sigue un pedazo de “I Want You” a modo de epílogo y el final a toda danza con “After the Dance”. Me explico: el disco empieza con “I Want You”, una maravilla de armónicos y melódicos producidos con la genialidad de Leon Ware, lleno de colchones de voces y cuerdas y teclados, y una letra que susurra: “I want you, the right way, but I want you to want me too. I’m going to change your mind someway, somehow”.

 

¿Hay alguno que no haya dicho eso en alguna ocasión? Después llega “Come Live With Me, Angel”, donde la dama ya medio se entrega y Marvin promete “three times a day, in all the ways, baby”. Está hablando del sexo. Ahí llega “After the Dance”, la parte bailable, digamos. Bailan y entonces aparece “Feel All My Love Inside”, y sí, la pone. Entre gemidos, relax, le dice “ángel” como 20 veces y uno se empieza a incomodar. Entonces aparece “I Wanna Be Where You Are”, donde habla de “children” y la vida juntos. Una exageración si se quiere, pero miren la foto de Jan y comprenderán la seguridad de Marvin en prometer eso a esta altura de la soirée. Y acá terminaba, en el siglo pasado, el lado 1.

 

 

Al final aparecen los gemidos de la diosa Jan mezclándose con los instrumentos. Uno, escuchando, se incomoda otra vez. Y pienso, esto a titulo personal, que es genial que un disco incomode, no hay nada parecido.

 

 

 

Gaye tenía un estudio famoso, de gran nivel tecnológico, el Marvin’s Room, en Sunset Boulevard.

 

 

 

Lo que sigue es una pequeña partecita de “I Want You” como para abrir la parte dos del asunto, y largamos el epílogo con “All the Way Around” y la lucha entre el macho y el sensible entre una tenue melodía de un saxo genial y capas de voces y cuerdas sobre una base funk sólida pero suave. Entonces llega “Since I Had You”, donde le dice que desde que está ella no hay otra, y ahí aparece lo que faltaba, los gemidos de la diosa Jan mezclándose con los instrumentos. Uno escuchando se incomoda otra vez. Y pienso, esto a título personal, que es genial que un disco incomode, no hay nada parecido. Y acá llegamos al final, con “Soon I’ ll Be Leaving You Again” y la promesa del reencuentro, y un poquito mas de “I Want You” del comienzo y el final final con la versión cantada de “After the Dance” a pura felicidad. Hablé de mi disco favorito entre los diez mil que tengo. Se entiende. Está todo pago, gracias.

 

Los pocos pesos que ganaba como disc jockey en clubes y boliches los invertía en discos. Una tarde de 1977 me fui al centro y, en una galería de Florida, lo vi. Ese disco, ¡con esa tapa! Entré, lo llevé, y ahí me hice hombre.