Si hay algo difícil en esta vida es alcanzar el triunfo. Primero porque no es el mismo para todos, y segundo porque se necesita, sí o sí, la mirada de los otros.

Encarar el análisis del significado de la palabra éxito (del latín exitus, salida) resulta desde el comienzo una tarea movilizadora. No sólo porque encierra simbólicamente la noción de huida, paralela a la del logro (pensemos que, en inglés, exit indica la salida o vía de escape de un lugar y esto es en sí mismo movimiento), sino porque el fantasma de su opuesto  el fracaso– la acompaña inevitablemente. Casi una espada de Damocles, una sombra constante, real o imaginaria, en tanto el sujeto debe esforzarse en cumplir objetivos determinados por el sistema, la cultura, la sociedad en la que interactúa. En esta sociedad de mercado que nos ampara/desampara sin respiro, la noción de éxito parece haberse convertido en una obsesión. Un mandato que el diccionario se ocupa de recordarnos sin vueltas: “Llegar al resultado feliz de un negocio o actuación”.

 

O, la ligeramente más amable acepción de “buena aceptación que tiene alguien o algo”. ¿Acaso estas acepciones implican que una persona triunfe solita y sola en la consecución de una meta u objetivos? ¿Acaso esto tiene que ver con las buenas intenciones, la virtud, el trabajo sistemático, el voluntarismo, los talentos de un individuo? No, porque es la sociedad de mercado la que siempre le dará el visto bueno. O no. Ya lo hemos dicho antes: dentro del sistema, todo; fuera del sistema, nada. Porque, vamos a ver: ¿acaso la noción de éxito o fracaso –más allá de la instancia crucial de la supervivencia– tendría alguna importancia para un habitante en una remota isla desierta? El sistema allí estaría producido por su propio reflejo especular. No habría otros juzgadores de sus actos, una mirada para aplaudir o reprimir. En ese caso, quizá tendría sentido hablar de resultado feliz, en tanto la felicidad, como bien idealiza Palito Ortega en su clásico hit, es un estado de ánimo (por lo general, transitorio, claro) que se complace en la posesión de un bien sin entrar en detalles concretos de ningún tipo. Sólo satisfacción, gusto, complacencia espiritual, cómo decirlo: navegar un rato entre nubes. Para luego, quizá, caer en picada.

 

No te da la vida

 

Al preguntarle a un chico de 17 años sobre el tema de éxito/fracaso, su respuesta agrega a estas reflexiones un aporte contundente. “Tener éxito, dice, es cumplir con objetivos significativos para la sociedad.” ¿Y fracasar?

 

“Bueno, eso tiene que ver con que no te da la vida”. No te da la vida, primero porque te podés morir. Porque no tenés para comer, porque sos inteligente y no tenés cómo ni dónde aplicar tu inteligencia. Porque no tuviste acceso a la educación. O sea que existen factores sociales, económicos, culturales y políticos que te permiten el acceso al éxito o al fracaso. Y también está el tema del azar. La suerte. Cara o ceca. La metáfora de la pelotita de tenis en el comienzo de la película Match Point, de Woody Allen. Y la incidencia total del azar en la resolución final del filme. Por otra parte, la idea del fracaso es sumamente atractiva.

 

Como síntoma de rebeldía y desafío personal. Lo mejor que escribió el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, su diario, se llama precisamente La tentación del fracaso. Como seguramente lo mejor de Franz Kafka y de Alejandra Pizarnik también está resumido en sus respectivos diarios, en esa intimidad exclusiva no necesariamente pensada para ser publicada.

 

Y “agradar” al sistema. Deleuze habla de la necesaria relación dialéctica entre éxito y fracaso, uno no puede estar separado del otro, y en este concepto menciona a filósofos como el romano Lucrecio, quien postulaba la idea de que el hombre debía olvidarse de sus dioses y de la idea de la muerte para vivir. Y alude también, cuando desarrolla la teoría de las líneas de fuga, a Spinoza, cuya Ética excluía toda noción relativa al éxito o al triunfo. Más bien apuntaba al fracaso (al menos todo lo que obtuvo Baruch Spinoza en vida aun después de muerto fue haber sido mil veces maldito) en tanto postulaba el ejercicio de la libertad absoluta. Anárquico-cauteloso, para ser libre. Obviamente, expulsado del sistema.

 

Ulises y su areté

 

Para los primeros griegos guerreros de hace más de tres mil años el único camino para triunfar era el que se realizaba mediante hazañas en la batalla. El ejemplo clásico es el de Aquiles, quien prefiere morir en combate antes que cualquier otra forma de vida. Los griegos tenían mucho miedo al destino. El destino podía impedirles de forma inmediata alcanzar la areté. Por ejemplo, un accidente, nacer ciego (¡o nacer mujer!) imposibilitaba para conseguir hazañas en la batalla. También la areté se relaciona con la astucia, pensemos en Ulises, quien con más maña que fuerza transitó su largo periplo hasta regresar triunfante a Itaca.

 

¿Exitoso? Probablemente, pero sin la Odisea de su vida, sin los innumerables fracasos/obstáculos que debió atravesar, Ulises no hubiese podido nunca regresar a su lugar de origen.

Su nombre significa “nadie” y es sólo a través del anonimato más absoluto (nada más lejano del éxito) donde su existencia vuelve a cobrar sentido. No es improbable que el término éxito esté ligado en sus orígenes a una palabra de suma importancia para los antiguos griegos: areté, cuyo significado resulta difícil precisar con exactitud. Hay cierta ambigüedad, quizá, en la esencia del término. Se trata de un concepto vago que implica un conjunto de cualidades cívicas, morales e intelectuales. En su forma más general, para algunos sofistas, la areté es la excelencia o prominencia en el cultivo de la elocuencia, el cumplimiento acabado del propósito o función.

 

En materia de discurso literario, en lo más alto de la novela en lengua castellana, Don Quijote de la Mancha, escrita en los comienzos del deterioro económico social de España, Don Quijote y Sancho Panza encarnan la visión más extraordinaria del éxito y el fracaso profundamente ensamblados en la consecución de las aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero. Molinos de viento convertidos en gigantes, campesinas rudas y toscas transformadas en doncellas finísimas y el más inopinado de los gobernadores de la Insula Barataria, el mismísimo Sancho Panza, administrando justicia y equidad para sus crédulos habitantes, son parte de una historia que sobrevive a los siglos. En la ficción triunfan con éxito impensado sólo los fantasmas que habitan al Quijote y, al mismo tiempo, el sentido común de su práctico escudero.

 

¿Dónde inclinar entonces la balanza: sobre el éxito o el fracaso, si ambos personajes, paradójicos y disímiles triunfan pisando tierra ficcional? En estos héroes construidos para ocultar (y denunciar, a través de la sátira) la más absoluta pobreza de la España posterior a la Contrarreforma, Miguel de Cervantes, en medio del fracaso estrepitoso de la época, urde la obra de mayor éxito de todos los tiempos.

 

“Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas”, propone un día Lord Byron al poeta Shelley, a su mujer, Mary Wollstonecraft Godwin, y al resto de una troupe algo promiscua con la que compartían el Hotel de LíAnglaterre en Ginebra. ¡Para qué! Mary –cuya imaginación e inteligencia sobrepasaban a las del resto de los presentes– fue la que más tardó en escribir su historia. Todos los días la sometían a frondosas burlas, Byron en especial: “¿Escribiste ya tu historia, Mary?” Ella callaba, pero no dejaba de pensar. Y un día soñó un sueño tremendo. Y cuando lo escribió, se salvó para siempre.

 

De su dulce y prolífica mente surgió nada menos que Frankenstein, que en pleno siglo XXI continúa provocando escozor y asombro por su carácter premonitorio. Byron partió de viaje a Grecia y Shelley se ahogó por una imprudencia en el mar quizás espantado al darse cuenta de que sus relaciones peligrosas en la vida habían logrado crear en la cabeza de su mujer un monstruo que algún día podría salir de la ficción y atraparlo). Mary Shelley quedó viuda muy joven, escribió y editó toda la obra de Shelley y sus propios textos (logró sobrevivir y mantener a su hijo con su producción), entre ellos, El último hombre, una novela futurista que transcurre en 2090, donde narra la destrucción de la humanidad por una terrible plaga (recordar los huracanes Katrina, Rita, Sandy, que hace poco hizo estragos en Nueva York y otras calamidades de igual tenor que circulan por el planeta). Pero esa es otra historia.