¿Cómo crear un american psycho argentino y no morir en el intento? –se pregunta Eugenia Zicavo en su columna de Libros. La pregunta la responde con creces la primera novela de Marcos Pereyra, Te sigo, cuyo protagonista, al igual que el personaje de Bret Easton Ellis, es un hombre con partes iguales de dinero e impunidad. ¿Su pasatiempo? ‘Seguir’ a chicas en las redes sociales, estudiar sus pasos y luego perseguirlas literalmente con un pañuelo empapado en cloroformo y un cuchillo afilado bien a mano. No le cuesta mucho dar con ellas. Tienen siempre entre 13 y 20 años, son nativas digitales y acostumbran contar su vida en Twitter y en Facebook con una despreocupación absoluta. Cualquier seguidor atento puede saber en pocos días a qué colegio van, cuáles son los lugares que frecuentan e incluso a qué hora y en qué tren vuelven diariamente a sus casas. No necesita hacer guardia con una cámara para reconocerlas: fotos le sobran. Las subieron ellas mismas, casi siempre etiquetadas. E incluso están las chicas que, vía GPS, agregan el dato exacto del lugar donde se encuentran y pasan a ser ese punto (o ese blanco, según las intenciones de quien lo mire) clavado ahí, en el mapa. Te sigo es una novela imposible de soltar, que se lee al mismo ritmo frenético con el que avanza la historia y que visibiliza una nueva realidad que se vuelve nudo en la garganta: que las redes sociales no se llaman así porque conectan, sino porque atrapan”.

Esta es, sin duda, la mejor definición de los tiempos que vivimos. Asistimos al nacimiento del smartphone 4G, la cuarta generación de la telefonía móvil, un sistema de comunicación que tuvo su origen acá nomás en el tiempo, a mediados de los años 90, aunque nos parezca que estuvo siempre en nuestras vidas. Ellos, la tribu 4G, todos, están súper o hiperconectados, lo que no es ni bueno ni malo, sólo es. Y están atrapados.

Los superconectados pueden verse por doquier. Para ellos, todo pasa por el aparato que tienen en la mano. Y lo explican con claridad: “Acá tenés todo”. No hay reunión familiar que logre apartarlos del teclado, ellos siguen conectados moviendo sus dedos a una velocidad increíble mientras el resto de los comensales a su alrededor asisten perplejos a la escena. Y nunca se comunicarán con su entorno, lo que constituye una paradoja maravillosa si las hay.

“La generación digital –plantea Malele Penchansky en su nota de opinión– creció así, en un marco de narcisismo que la excluye de la obligación de otros siglos de conversar con el otro o los otros. Es interesante marcar la diferencia entre estar conectados, que en tecnología implica unir, enlazar entre sí aparatos o sistemas, que estar comunicados. Comunicar quiere decir hacer partícipe al otro de lo que uno es, conversar con alguien en palabra o por escrito”.

Nadie irá contra el progreso ni la tecnología. Estar conectados nos hace tener acceso al conocimiento desde cualquier lugar y a cualquier hora. Y esto es un maravilloso avance. Ahora sería importante no olvidar, por ejemplo, lo bueno que es tener una conversación cara a cara, tocarnos, imaginar, soñar. Eso hacemos los seres humanos. Para nosotros, los otros son bien, pero bien importantes.

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