La tecnología es un tema que ya se filtró en la literatura. El correo electrónico y las redes sociales dan lugar a tramas novedosas, originales y muy atrapantes.

 

Nunca tuve blog, ni fotolog, ni flickr, entonces no me preocupé. Tampoco me conecto a las redes sociales: no tengo perfil en Facebook ni cuenta de Twitter. Pero tengo e-mail. Y están llamando a mi puerta. La paráfrasis puede resultar exagerada, pero lo cierto es que cada vez resulta más difícil escapar de las tecnologías digitales.

 

Hasta el más barato de los celulares ya dejó de ser lo que era para volverse –como mínimo– emisario de mensajes de texto, y los llamados teléfonos inteligentes permiten estar conectados en todo momento y por diferentes vías. Internet, con sus virtudes y desventajas, viaja en el bolsillo del caballero o en la cartera de la dama. Acompañando estos cambios, también la literatura más reciente ha ido dando cuenta del impacto de la tecnología en la vida cotidiana. Desde novelas que recuperan el género epistolar vía e-mail hasta thrillers en los que los asesinos cuentan con la mejor de las armas: la sobreinformación acerca de la vida privada que las propias víctimas dejan en la red.

 

Una (o dos) de amor

 

Las casualidades ocurren en todas las épocas, no importa que se trate de un cruce de telegramas, un teléfono ligado o un e-mail que llega equivocado. Son cosas que pasan. Y siempre es igual: alcanza con que el mensaje que estaba destinado a no ser encuentre respuesta. Entonces, lo que inicialmente fue un error, se convierte en algo más. En Contra el viento del norte, del escritor austríaco Daniel Glattauer, es Emmi (una mujer casada con dos hijos) la que tipea mal una dirección de correo, incluyendo así a un desconocido (Leo, un joven a punto de separarse) en un e-mail colectivo destinado a sus contactos de trabajo. Se trata de un texto escueto e impersonal que sólo desea “felices fiestas y un próspero año nuevo”. Un mensaje trivial, de los que no vale la pena encontrar dentro de ninguna botella lanzada al mar. Pero el desconocido responde y, a partir de entonces, aunque intenten evitar encontrarse cara a cara, entre ellos ya nada será igual. Sin una voz narradora, la historia avanza sólo a través de los correos electrónicos que ambos se envían, en los que cada palabra, cada coma, cada punto suspensivo es recibido con la espera ansiosa de que un sonido metálico les avise, certero, que tienen un nuevo mensaje en su bandeja de correo. Un juego de seducción de ida y vuelta, que empieza como “segunda vida” en la red y que de a poco le va ganando terreno a la vida no virtual, generando en ambos una distante y desesperada intimidad. Una ficción que ellos mismos escriben mientras viven y que sólo puede ser vivida por intermedio de la escritura. La novela fue un éxito de ventas, fue traducida a varios idiomas y tuvo una secuela,

 

 

Cada siete olas, que por si fuera poco, dobló la apuesta. Nuevamente, la historia es contada a partir de los correos que Emmi y Leo vuelven a escribirse, después de mucho flirteo virtual y demasiados encuentros pospuestos. Como si fuese la versión hacker de un voyeur que espía la correspondencia ajena, Glattauer crea un universo cerrado en el que los celos, la agilidad e ironía de los diálogos y el espectáculo de la seducción por escrito son protagonistas. Un gran regreso para la novela epistolar, esta vez, en la era digital.

 

Una infidelidad construida con base en e-mails.

 

Una de terror

 

¿Cómo crear un american psycho argentino y no morir en el intento? La pregunta la responde con creces la primera novela de Marcos Pereyra, Te sigo, cuyo protagonista –al igual que el personaje del hit de Bret Easton Ellis– es un hombre con partes iguales de dinero e impunidad. ¿Su pasatiempo? “Seguir” a chicas en las redes sociales, estudiar sus pasos y luego perseguirlas literalmente, con un pañuelo empapado en cloroformo y un cuchillo afilado bien a mano. No le cuesta mucho dar con ellas. Tienen siempre entre 13 y 20 años, son nativas digitales y acostumbran contar su vida en Twitter y en Facebook con una despreocupación absoluta. Cualquier seguidor atento puede saber en pocos días a qué colegio van, cuáles son los lugares que frecuentan e incluso a qué hora y en qué tren vuelven diariamente a sus casas. No necesita hacer guardia con una cámara para reconocerlas: fotos le sobran. Las subieron ellas mismas, casi siempre etiquetadas. E incluso están las chicas que, vía GPS, agregan el dato exacto del lugar donde se encuentran y pasan a ser ese punto (o ese blanco, según las intenciones de quien lo mire) clavado ahí, en el mapa. Te sigo es una novela imposible de soltar, que se lee al mismo ritmo frenético con el que avanza la historia y que visibiliza una nueva realidad que se vuelve nudo en la garganta: que las redes sociales no se llaman así porque conecten, sino porque atrapan

  Las víctimas se ofrecen sin saberlo.