Fotos y más fotos tomaron por asalto a la Bienal de San Pablo, que este año está consagrada a la poética y los archivos. Hay obras provocadoras de artistas de todo el mundo y performances en toda la ciudad.

 

Con la inusual temperatura de 32 grados, el invierno paulista inauguraba el 7 de septiembre la Trigésima Bienal de San Pablo, bajo el nombre La inminencia de las poéticas. Título por demás sugerente con el que se nuclearon cerca de tres mil obras de 111 artistas contemporáneos de todo el mundo, tendientes a reflejar las características de una propuesta que, en palabras de su curador, el venezolano Luis Pérez-Oramas, incluye todas las variables de aquellos enunciados insertos en un espacio histórico-cultural, es decir, las poéticas artísticas. Consigna esta que provocó grandes expectativas, considerando el segundo puesto en importancia que ostenta dicha bienal, creada en 1951, después de la de Venecia.

 

Con sede principal en el pabellón Ciccillo Matarazzo, ubicado en el Parque Ibirapuera, un magnífico pulmón verde de la ciudad, esta trigésima edición muestra una marcada tendencia a focalizar en el punto en que la concepción, elaboración y recepción de la obra de arte de cada artista se aúnan en la idea de archivo. En definitiva, todo parece indicar que frente a lo efímero, lo virtual, lo intangible que caracteriza el espíritu de esta época, donde hasta las relaciones se desarrollan en redes del ciberespacio, el arte se propone como un refugio.

 

Para la licenciada Kekena Corvalán, investigadora en arte contemporáneo: “La instancia del archivo, motivo constante de reflexión teórica, se exhibe en esta bienal en todo su potencial poético, ambiguo e inquietante. Con mayor o menor obsesión, suelen ser construcciones autobiográficas que provocan la reformulación del ‘diario personal’ y las exploraciones románticas del yo y la percepción del tiempo y el espacio”.

 

Varias obras también se presentan a la manera de aquel Atlas Mnemosyne que el historiador Aby Warburg dejó inconcluso en 1929 con su muerte, siendo unas de las más claras las del poeta Diego Maqueira, que expone a lo largo de toda una generosa pared, pares de fotografías intervenidas con palabras, en las que pueden detectarse fácilmente aquellas formas “patéticas” que se repiten en el arte. Otro caso bien directo es el de Elianne Reichek, que cita directamente el mencionado atlas con un retrato del historiador alemán.

 

Frente a esta propuesta, los actores que salen a relucir son los coleccionistas. De ellos, Susan Sontag dirá que son los personajes consagrados a la tarea de rescate de un mundo que está a un paso de convertirse en una vasta cantera. Quizás por eso en la Bienal harán gala de sus catalogaciones, señalamientos de objetos, ordenamientos sistemáticos, y el espectador se enfrentará entonces a paredes completamente empapeladas, por ejemplo, con cientos de fotografías que el mexicano Iñaki Bonillas rescató de su abuelo J. R. Plaza, ordenándolas bajo diferentes criterios; a la obra del venezolano Alfredo Cortina, que fotografió durante décadas a su esposa, la poeta Elizabeth Schön, en medio de paisajes bastante enigmáticos; a las fotografías de individuos de diversos estratos sociales del “catálogo” de August Sander; a las perfomances registradas con videos y fotografías del artista holandés Bas Jan Ader (desaparecido en el océano Atlántico, en 1975, al intentar atravesarlo para concretar una acción más); a la inquietante instalación de David Moreno, que incluye fotografías de un antiguo libro de máscaras mortuorias con megáfonos de papel saliendo de sus bocas, o a los bordados, assemblages, estandartes y objetos varios que el brasileño Arthur Bispo do Rosário construyó, deconstruyó y manipuló durante el medio siglo que estuvo internado en un psiquiátrico, convencido de ser un enviado de Dios.

 

La presencia argentina se materializa con la paleta enérgica de Eduardo Stupía; los óleos y el “test bajo la lluvia” que Martín Legón traslada al arte –enmarcando 300 de estos dibujos originados para una evaluación psicológica–; los microcosmos geométricos de Pablo Accinelli, y las performances de Leandro Tartaglia por las calles de la ciudad. 

 

Este último ejemplo complementa la idea de constelación que también propone la Bienal, ya que esta se articula con la misma ciudad de San Pablo: las obras no se limitan al pabellón de Ibirapuera, sino que se extienden también a distintas instituciones y lugares emblemáticos como el Museo de Arte de San Pablo o la avenida Paulista. 

 

En todos estos lugares, y con una naturalidad envidiable, pintores, escultores, fotógrafos, cineastas, poetas… artistas, ellos y sus obras, se funden con el público en lo que podría considerarse una verdadera fiesta paulista. Fiesta que de manera totalmente libre y gratuita podrá disfrutarse hasta el próximo 9 de diciembre.