Conectado no es comunicado, y hasta puede ser lo contrario. O acaso qué es pasarse el almuerzo familiar mandando SMS a los amigos en lugar de hablar con los que tenemos al lado.

Híper o superconectados. Esta parece ser la consigna de los vertiginosos años del siglo XXI. Pasamos la primera década en un suspiro. Palabra antigua. Los suspiros huelen a naftalina. No: mejor hablemos de velocidades tecnológicas. La generación digital –nacida a partir de la mitad de los años 90– puede decir con soltura (siempre que haya solvencia económica, claro) que hemos llegado con felicidad al Smartphone 4-G. Cuarta generación de telefonía móvil, sucesora de la 2-G y de la 3-G, que en muy poquito tiempo resultará de una antigüedad pasmosa. Estos códigos aluden a un sistema de sistemas y a una red de redes que se alcanzan gracias a la convergencia entre las redes de cables, módems inalámbricos, una superinteligencia virtualísima de toda virtualidad cuyas velocidades de acceso son mayores a los 100 mbps (megabit por segundo) y obviamente con el universo de la imagen incluido. “¿Y esto qué quiere decir?”, preguntamos a una joven poseedora del preciado smart que luce sus espléndidos 18 añitos bamboleándose sobre altísimas plataformas de colores. “Muy simple, vas y cargás tu smart en la empresa que te corresponda con la base de datos que necesites y listo. Podés estar en una playa medio desértica en California hippie-vieja con reminiscencias de los años sesenta, y conectar con quien se te cante de cualquier parte del mundo. Y al mismo tiempo, googleás, tenés acceso a ‘todo’ (lo dice con un tono parecido al de la chica del aviso de la tele), te metés en las redes sociales, te divertís con tus amigos, tenés todo.” El verbo tener, atención, está puesto para inducir al consumo o a la ilusión de. Para pensar. Y sí, para la gente con recursos, internet resulta imprescindible. Esto hay que internalizarlo porque si no es imposible entender algo de lo que se denomina “la vida real”. Hay encuestas en nuestro país que aseguran que del 57 por ciento de la población argentina que ya es usuaria de la web, el 90 por ciento ingresa en ella todos los días y nada menos que un 60 por ciento lo hace durante un mínimo de tres horas. El 97 por ciento la usa para escribir y recibir e-mails y el 90 por ciento está en redes sociales. El 83 por ciento va allí en busca de información para sus estudios y trabajos, y otra idéntica proporción, para leer los diarios online. De modo que esta chica de 18, que parece sacada de la serie televisiva estadounidense Gossip Girl (un muestrario perfecto de la generación digital), con su smartphone 4-G, carece de la posibilidad de estar sola e incomunicada. El mundo, con su pequeño aparatillo (se avecinan ínfimos, del tamaño de un escarabajo), le pertenece. Eso sí, en un estado de solipsismo bien impactante. Ensimismada, poco le importa el prójimo, si se trata –por caso– de compartir un almuerzo familiar. Ella seguirá hiperconectada y no se comunicará con el resto de la gente que está a su lado. Sin culpas, ojo. La generación digital creció así, en un marco de narcisismo que la excluye de la obligación de otros siglos de conversar con el otro o los otros. Es interesante marcar la diferencia entre estar conectada, que en tecnología implica unir, enlazar entre sí aparatos o sistemas, que estar comunicada. Comunicar es hacer partícipe a otro de lo que uno es, conversar con  alguien de palabra o por escrito. Como se estilaba en los viejísimos códigos de hace al menos dos siglos, hasta promediar la primera mitad del siglo XX.

 

Una vetustez. Veamos un ejemplo que nos complicará un poquitín la cabeza, hablando de ensimismamientos. Esto le escribía la poeta rusa Marina Tsvietáieva a Rainer Maria Rilke el 22 de agosto de 1926, en una de sus cartas de amor: “Cuando yo, Rainer, te digo que soy tu Rusia, te digo únicamente (una vez más) que te amo. El amor vive de la exclusión, del aislamiento, del alejamiento. El amor vive en las palabras y muere en las acciones. Soy demasiado inteligente para pretender ser tu Rusia en realidad. Es un giro idiomático. Un giro de amor”. Paradojal, y casi premonitorio de la virtualidad moderna de ¿los amores? que se viven por y a través de internet.

 

 

Ella, él y los aguacates

 

Si retrocedemos seis siglos en el tiempo, veremos cómo la comunicación primaria, cuasi sagrada, podía atravesar barreras idiomáticas, raciales y guerras abismales, con una conexión que ninguna tecnología hubiese imaginado. Tal cual podría ser para un usuario del XXI la tabla divina de última generación de iPad o el smartphone ídem. La protagonista en aquel entonces no usaba smartphone; Malinche, se llamaba. Hernán Cortés (1485-1547), conquistador de México, supo matar con incierta hidalguía a propios y ajenos. Ni hombres ni tierras pudieron resistir a sus embates ni sobrevivir a sus batallas. Nadie, salvo una mujer. Malinali, que pasó a la historia como Malinche. Su nombre perseguía al español día y noche. Aunque en algún momento él intentó darle un apelativo menos perturbador –doña Marina–, aquella india de pelo y ojos negros como el carbón pudo con su corazón y sus neuronas. Cuenta la historia que Malinche le fue entregada con sólo 18 años a Cortés como trofeo de guerra. Que al entrar en su tienda de campaña, la muchacha lo esperaba tapada tan sólo por el pelo, espeso y brillante, y un cuerpo resplandeciente de erotismo callado. El cuerpo de Malinche le hizo perder la chaveta a don Hernán, un langa impiadoso de acuerdo con los cánones de su época, renacentista de arriba abajo y de españolísimo modo, para peor. Cuando digo esto, me refiero a que Cortés, lejos de ser lo que su apellido sugería, hablaba mucho, en un castellano ríspido (había nacido en Extrema-dura) y de una manera altamente autoritaria. A la dulce Malinche le chocaban en grado sumo estos modales, claro, acostumbrada al idioma náhuatl de sus ancestros y a los espacios de silencio y ritmo pausado propios de los aztecas y mayas. La Malinche era callada, pero no tonta. Su mutismo se debía a que pasaba la mayor parte del tiempo pensando en Tlazoltéotl, nombre que los aztecas dieron a la diosa del amor. Protegida por esta diosa, Malinche pergeñaba acercamientos amorosos con el señor de tan malos modales al que había sido entregada como un paquete. El ávido Cortés era bien maltratador. Don Hernán se la pasaba limpiando la espada y contando una por una las estatuillas de oro que le había robado a Moctezuma, quien le había confiado las puertas de la capital de su imperio, Tenochtitlán. Pero bien aburrido como conquistador de mujeres era don Cortés. Lo cierto es que una noche, la Malinche –harta de no llegar jamás al orgasmo, que en su lengua natal se decía orgazmteotlol– decidió tomar la sartén por el mango. Y literalmente, así lo hizo. Colocó en sus manitas dos aguacates (paltas, para nosotros) maduros, a punto, y se los mostró a Hernán. El conquistador, al principio, sorprendido, la miró sin comprender. Malinche le hizo unas señas bien claritas de lo que le iba a ocurrir si no la trataba bien. Partió, para ser más gráfica, los dos aguacates por la mitad con un cuchillo. En el idioma náhuatl, palta o aguacate se decía ahuacatl, término que, por otra parte, significa testículo, precisamente por el parecido morfológico de ambos frutos, el carozo del vegetal y el otro. (Y también por su tonalidad: en algunos casos la palta bien madura vira del verde hacia el morado, color que el agua helada del mar confiere a los hijos de Adán en esa zona).

 

 

Don Hernán entendió rápidamente –desde un punto de vista semántico– lo que la dulce indiecita le haría si no la trataba mejor. Y se volvió Cortéscortés, de verdad. Le endulzó los oídos con palabras en castellano de Extremablanda, no dura, para hablarle. Le acariciaba el pelo, la besaba en el cuello y le decía cositas aparentemente ininteligibles pero que la Malinche comprendía de maravillas. Aprendió Cortés-cortés que al concentrarse menos en su espada y más en el loto dorado de su compañera (Malinche conocía el tao del amor azteca) podían ser felices y comer perdices. No se trata de hacer comparaciones. Nadie puede estar en contra del progreso. Del progreso bueno entre comillas. Entre otras cosas, porque estamos hiperconectados para poder trabajar y tener acceso al conocimiento en tiempos de crisis global, a cualquier hora y en cualquier lugar. Sin la tecnología esto no sería posible, nadie lo pone en duda. Sólo que hemos perdido un tanto la facultad de acercarnos cara a cara, tocarnos, hablarnos, imaginar, crear y hasta soñar con desafíos aventureros como el de escaparnos a una isla desierta. Quizá porque ahora sabemos que siempre nos encontrarán, en soledad, sí, pero con nuestro aparatillo tecnológico a cuestas. Con él seguramente –nobleza obliga– también podríamos leer a Robinson Crusoe, cuya suerte hubiese sido otra con un móvil de inteligencia artificial. Pero claro, esa novela de aventuras extraordinarias difícilmente se hubiera escrito.