Nuestra propia existencia, desde lo físico hasta lo espiritual y sus múltiples manifestaciones multidimensionales, son inseparables como instrumentos que la naturaleza controla haciendo funcionar nuestra esencia en un conjunto perfectamente sintonizado en una sola fuente creativa.

Y es a partir de esta desde donde realmente nos manifestamos y tenemos nuestro ser. El equilibrio de la vida es el resultado de un orden implícito de lo creado y debería representar, para el ser humano moderno, una exclusiva e imperiosa responsabilidad, el mantener y respetar su armonía sin interferir en su programación original. Así lo entendían las culturas antiguas, que por miles de años aprendieron a ser guardianes de lo más sagrado que poseían: la naturaleza propia del orden sistémico de lo creado. La civilización moderna trajo emparejado el avance y el desarrollo tecnológico y la inquieta mente creativa del ser humano lo llevó a emular al Creador. Los recursos impulsaron al hombre a librar una irrespetuosa carrera competitiva contra la naturaleza, en la cual el ser humano ideó su propio sistema de regencia sobre el programa activo pre-establecido.

 

 

El hombre quiere imponer como natural un orden artificial

 

 

El avance inteligente aplicado en la tecnología nos aventuró en la exploración de un estado posbiológico, la materialización de la inteligencia a través de la tecnología, el hombre como creador de una nueva instancia de un principio básico del universo, la recreación de lo creado. La tecnología es un paso de intersección ineludible de la evolución humana, en el cual reside la posibilidad de que creemos un estado artificial que regule gran parte de la vida biológica y que, de autotrascender nuestro propio código, pueda conducirnos a un estadío en el que la inteligencia artificial sin sentimientos regule los errores propios de una inteligencia regida por factores emocionales. La diferencia entre lo real y lo virtual y entre lo mecánico y lo natural es un factor creado por el hombre en su inquieto movimiento emulador del principio creador que porta en su esencia divina. Paradójicamente, mientras experimentamos la hiperconexión planetaria a través de la tecnología, también vivimos una desconexión en el ser individual y con nuestro entorno más inmediato, lo que puede explicarse como un proceso traumático en el intento vivencial de reconocer nuestra propia escencia cocreacional.

 

 

Una vez que logremos “naturalizar” la tecnología y que esta se vuelva menos artificial y más armónica con el pulso de la vida, podremos madurar hacia una etapa de plenitud en la que nos entregue una forma de reingeniar lo creado mediante nuestra propia recreación inteligente de la vida. La tecnología refleja el impulso innato de crear del ser humano, por lo cual se necesita acortar la diferencia entre la conciencia del “creador” y la naturalidad armónica de lo “creado” para que lo realizado permita ayudar en el paso evolutivo, permitiendo asistir la evolución del espíritu, espiritualizando la manipulación de la materia. Hemos creado espacios de artificialidad más allá de la materia, en los cuales la información es espacial, inmaterial y en la que explotamos el ciberspacio. Un no-espacio que es esencialmente espacio más allá de la materia, la mente y el espíritu. Creamos con las redes de internet una dimensión de información como realidad, que se desdobla del mundo material que percibimos. Al igual que la biología, es información que es programable.

 

 

Entonces, comenzamos a emular en la artificialidad el lenguaje que programa la extra-existencia de un estado que antes no existía como parte de lo creado. Esta es la visión humanizada de la realidad, creada por información, de códigos artificiales que nos permitan, tal vez, ser mejores humanos. Esta nueva creación propia permite reprogramar la realidad de lo creado, convirtiendo al hombre en el dios regulador de su propia creación. No sería muy lejano al principio que postula que “somos una forma creada para que el cosmos se conozca a sí mismo” y que al crear no estaríamos haciendo otra cosa más que ayudar al entendimiento del universo.

 

 

Y entonces cabe preguntarnos si no somos nosotros la tecnología biológica creada por Dios para extenderse por el universo y conocerse a sí mismo. ¿No es acaso el universo similar a una computadora que procesa datos mediante el accionar de un operador? ¿Nos volveremos indistinguibles de la divinidad, de la totalidad, del Gran Holograma y del universo entero que podría llegar a estar contenido en un solo bit?

 

 

 

 

 

 

La interacción entre la vida natural y la vida artificial

 

A medida que nos identificamos con esa realidad artificial, que es congruente con la visión cuántica del universo, no adentramos en un nuevo paradigma, en el cual la evolución, que es en sí misma información, se expanderá cósmica y cuánticamente en fractales radiales exponenciales y dimensionales de interacción entre la mente y el ordenador. Entonces el hombre estará modificando conscientemente su programa interno, o sistema operativo propio. La Mente universal es un organismo gigantesco, fluyente y potenciado por millones de años de evolución de la inteligencia, y esta inteligencia está dedicada a supervisar a cada instante el cambio constante que tiene lugar dentro del Uno. Cada célula es una terminal en miniatura, que al igual que un chip dentro del ordenador está conectada al Ordenador Cósmico o Mente Universal que llamamos Dios. Las células de un bebé son nuevas pero los átomos que la conforman no, estos han estado circulando por el universo por miles de millones de años, por lo que el bebé poseerá la sabiduría potencial de la experiencia existencial del cosmos. El campo atemporal habrá inventado en una nueva forma de vida el potencial informático de toda la creación, pero un experimentador nuevo, al igual que un novato computacional frente a un ordenador de infinita complejidad, deberá aprender cómo explotar su potencialidad. Los ritmos palpitantes del recién nacido permiten que, a cada segundo, en cada una de sus células, se produzcan seis billones de reacciones, todas ellas controladas por esa inteligencia única llamada alma o esencia, con su propio sistema operativo.

 

 

 La física cuántica nos dice que no hay finales para la danza cósmica. El campo de energía e información de la Inteligencia Universal nunca deja de transformarse, tornándose nuevo a cada instante. Nuestro cuerpo obedece a ese mismo impulso creativo a fin de mantener la vida. Édouard Schuré dijo: “Llegará el día en que ciencia, tecnología, religión, espiritualidad y misticismo se den la mano y se den cuenta de que son lo mismo”.