Modelo para armar.

Por estos días asistimos a una suerte de revival de los años 80, que va mucho más allá del éxito de la serie televisiva Graduados. En verdad, desde hace tiempo existe una suerte de culto de los ochenta y de sus íconos en diferentes disciplinas artísticas. Hay razones que trataremos de descifrar, al menos. Desde la música, pasando por las diversas artes visuales, todo parece estar signado por una conexión “hacia adelante” en aquellos años de cierta confusión general, pero de impactante potencial creativo. Hablamos de una estética desligada de todo lo que pueda ser tradicional, una estética –en fin– que fue siempre multidireccional, moderna, antihippie, profundamente urbana y tan prolífica como no organizada. El marco sociopolítico y cultural internacional tuvo, sin duda, una gran influencia en las expresiones artísticas ochentistas. La aparición de Gorbachov y la Perestroika en la Unión Soviética trajeron aires democráticos a los países de la cortina de hierro (el Muro de Berlín cae en 1989); la movida madrileña fue la consecuencia lógica de la caída de Franco tras 45 años de caudillismo fascista y, en nuestro país, los vientos de la democracia comenzaron a respirarse fuertemente después de la dictadura militar, con la llegada al poder en 1983 de Raúl Alfonsín.

Habrá que decir que, más allá de la cambiante ebullición que admiten haber transitado muchos protagonistas de la movida porteña de los 80 –precisamente por las búsquedas del vanguardismo experimental que los caracterizaba– aquella fue una época de enorme libertad y, como tal, anárquica . La libertad creativa de la que habló en las páginas de esta revista Roberto Pettinato, genuino representante vivito y coleante de aquella generación, es un ejemplo nutriente del devenir al que aluden Deleuze y Guattari en el epígrafe de esta nota. Años que no se olvidan y se atesoran, aquellos fueron tiempos de individualismo creativo tan disperso como profundo. Época de bandas musicales y de tribus urbanas que transitan a fines del siglo XX un neomanierismo que muestra sus síntomas. No es cuestión de blanco o negro. Digo que no se trata de clasicismo o barroco, a secas. Sino de arte “a la maniera de”. El punk, el gótico, el new romantic, todos tienen sus protagonistas con sello propio. Rara convivencia lúdica, pacífica. Grupos extrasistema en pleno triunfo de un sistema que alienta el consumo global hasta el paroxismo. En este mundo global conviven Madonna, triunfadora pop e icónica del establishment con temas como “Like a Virgen” y “Material Girl”, junto a bandas como The Ramones, The Cure, Duran Duran, Tears for Fears, The Police y Pulp, por citar algunas. El manifiesto punk ya había instalado su decisión de ser “la expresión personal de la singularidad que proviene de experiencias de crecer en contacto con nuestra habilidad humana para razonar y plantear preguntas”.

 

La idea del deseo, no como falta o carencia, sino como potencia para construir, el constructivismo –también desarrollada por Deleuze y Guattari– sobrevuela en obras concretas bien lejos de la abstracción.

 

A los setenta años, con El amante, publicada en 1984, Marguerite Duras gana el premio Goncourt, el más prestigioso de la literatura francesa. El texto es de un erotismo intenso, despojado, con claras señales de autobiografía. La protagonista recuerda un episodio del pasado, cuando era una adolescente de 15 y su enamorado –un empresario chino de mucho dinero– vive con ella una pasión que no termina en casamiento. La chica –lolita de infrecuente desenfado y rasgos algo perversos– es quien inicia al hombre, aunque supuestamente sea ella la iniciada. El modo en que describe Duras el encuentro un día jueves en un pisito oculto, bien de trampa, al sur de la ciudad, es irresistible. “Le ha arrancado el vestido, lo tira, le ha arrancado la bombacha de algodón blanco y la lleva a la cama así, desnuda. Y entonces se vuelve del otro lado de la cama y llora.” (Llora el hombre –queda claro–, no la muchachita).

 

Lo extraordinario del texto es precisamente esa exposición del deseo puesto en palabras desde el lado de la iniciada-iniciadora. Duras recuerda el instante poniéndose fuera de la escena. Pero al mismo tiempo se sitúa dentro, en el envolvente deseo de la adolescente, que descubre el cuerpo del otro, los sentimientos del otro. Sólo puro deseo que deviene en escritura. “La piel es de una suntuosa dulzura. El cuerpo. El cuerpo es delgado, sin fuerza, sin músculos. Podría haber estado enfermo, estar convaleciente, es imberbe, sin otra virilidad que la del sexo, diríase estar a merced de un insulto, dolido. Ella no lo mira a la cara. No lo mira. Lo toca. Toca la dulzura del sexo, de la piel, acaricia el dolor dorado, la novedad desconocida. Él gime, llora. Está inmerso en un amor abominable.” He aquí uno de los rasgos –“lo abominable”– que pertenece al escenario de las mil maneras de decir los ochenta. Por la misma época, Almodóvar exhibía La ley del deseo, con estilo que devendrá adjetivo almodovariano: esa rara mezcla de delirio sexual –travestismo incestuoso, crímenes homosexuales–, humor ácido y estética kitsch. Mientras tanto, Andy Warhol ya había dejado atrás sus célebres sopas Campbell y los retratos de diversos objetos pop y de celebrities para dedicarse a la pintura religiosa. Su serie inacabada de la última cena está considerada por algunos de sus críticos como lo mejor de su obra. Un devenir constante que lo convirtió en ícono absoluto del arte de los 80, su segunda juventud.

 

“Devenir nunca es imitar” (Mil mesetas Seleuze Guattari)

 

En la Argentina, por aquel entonces, convivían insertos en un abanico-muestrario-mosaico (en algunos casos con el glam del abanico de Locomía, grupo español de pop) todas las variantes multidireccionales imaginables de lo que podría llamarse vanguardia experimental. Nuestro país amparaba con el mismo amor a la banda Soda Stereo, liderada por Gustavo Cerati, a Los Redonditos de Ricota y al grupo Sumo, “delirado” por el gran Luca Prodan. La literatura –la maestría de la novela y el folletín de Manuel Puig– nos deleitaba con El beso de la mujer araña, Pubis angelical y Maldición eterna a quien lea estas páginas. Y el cine comprometido de fines de los setenta de Leonardo Favio brillaba como nunca a principios de los ochenta dejándonos para siempre la imborrable presencia de Juan Moreira y Nazareno Cruz y el lobo. Si tuviéramos que elegir algunas de las películas norteamericanas que abren esa década anunciando el horror en varios segmentos de la realidad, seguramente incluiríamos Apocalypse Now, de F. F. Coppola, y Terminator, de James Cameron. Las palabras finales de Brando en el rol de Kurt son precisamente el horror, el horror, tal como Joseph Conrad lo escribió en la novela El corazón de las tinieblas, en cuyo texto se basó Coppola.

 

 

Somos testigos de que Vietnam fue el horror y de que, con variantes, la historia continúa. Ni qué decir de Terminator que, fuera de la pantalla, hace muchos años “interactúa” con los humanos.

 

 

Casi un chiste de humor negro bien ochentoso, Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Almodóvar, desnudaba las relaciones del amor/pasión con varones acobardados y anunciaba un mundo de mujeres de largo vuelo, independientes, divertidas y capaces de vivir las aventurar más desopilantes. Mucho más, sin duda, que las que protagonizaba Harrison Ford por esos años en Indiana Jones.

 

 

Los ochenta, entonces, configuran una suerte de modelo para armar en el resto del mundo y en Buenos Aires en particular, donde sobresalen las tendencias underground junto al diseño de autor al mejor estilo Sergio De Loof o Gabriel Grippo. Los refugios under cobijaban en el Parakultural al talentoso travesti Batato Barea, quien sería una de las primeras víctimas del sida, a las chicas de Gambas al Ajillo, de un humor insuperable, a Vivi Tellas y a Humberto Tortonese, hoy star consagrado gracias a Susana Giménez. Los peinados raros, azules, con cresta, las hombreras enormes, los abrigos negros largos, las caras blancas y las bocas rojo sangre, el Café Einstein o el exclusivo espacio creado por Omar Chabán, Cemento (entonces sin grupos de rock con bengalas asesinas), configuran una especie de postal melancólica de los soñadores románticos del siglo XXI, que ahora intentan repetirla.

 

 

 

El punk primigenio (“sucio, vago, escoria”) encarnó como pocos la diferencia y le dio atención –no hay que olvidarlo, siempre al borde de la ironía, la parodia y la ambigüedad– al anarquismo, al antimilitarismo, al antirracismo y al antifascismo. Al parecer, quienes habitan el planeta urbano de la vida aquí (y han sosobrevivido a Malvinas y al fin de la dictadura) y allá (esto es: en el nuevo y en el viejo mundo) se resisten a abandonar sus fantasmas. Por qué no.