Lidera una tribu que lo idolatra. Así y todo, cuando el “Súper Capu” abandona sus personajes titánicos, sigue sorprendiendo: “No creo en el rating. No escucho lo que opina la gente sobre mí. Hoy políticamente soy la oposición de la oposición”, dice de sí mismo.

 

No usa celular ni tiene cuenta de Twitter. La única manera de contactarlo es vía e-mail, y responde si quiere. La teoría Capusotto se basa en una investigación intrínseca que asegura que la tecnología debe utilizarse sólo en casos imprescindibles.

 

Otra hipótesis que practica, y en la que se explayará más tarde, se sostiene en la exposición. Según el científico de la risa, el ex hibicionismo televisivo le da carácter de “objeto” al “sujeto”, haciéndolo padecer momentos de inapetencia popular y fobia urbana, entre otras diversas patologías. 

 

La última presunción no le pertenece. Se trata de una apreciación periodística sustentada en el reportaje. Podría decirse entonces, por las dudas jamás asegurar, que la energía humorística propia del cómico comienza y termina en la escena avalada por su guión. Fuera de ella, todo argumento toma un potencia l carácter de seriedad casi sorprendente. Aunque la lucidez se mantiene intacta, el famoso Peter (apodo usado para la T.V. en complicidad con su socio, el escritor y productor Pedro Saborido) desaparece.

 

La cita


Viernes, 10.30, El Progreso, el bar que desde 1942 ocupa la esquina de California y Montes de Oca, pleno barrio de Barracas. Diego Esteban Capusotto no sólo es puntual, sino que hasta presenta su identidad más formal: “¿No te molesta si llevás tu cortado a la mesa de allá al fondo?, vamos a estar más tranquilos”. La elegida, quince minutos a ntes de su aparición, se ubicaba justo frente a la puerta. Nos mudamos a pedido y enseguida aclara que no querrá tomar nada, se sienta de costado, apoya el codo sobre el respaldo de la silla y deja caer el mentón sobre la palma de su mano.

 

–¿Cansado?


–Me levanté temprano, a las 6, para llevar a las chicas al colegio (habla de sus dos hijas). Generalmente se encarga la mamá, pero esta vez me tocó a mí. Además, estamos en plena edición y producción del programa.

 

–Séptima temporada ya en la T.V. pública, más el éxito de la peli 3D, sumado al libro… ¿No hay límites para usted?


–Sí, claro que los hay. En lo artístico el límite te lo pone el mismo humor. Cuando te dejó de causar gracia un personaje llegaste al límite. Por eso algunos, como Pomelo, este año ya no están. Aunque te los pida la gente. Si ven el programa por un personaje, el contenido dejaría de tener sentido.

 

–¿ No lo extraña?


–Para nada. No sufro el desapego de los personajes. Al contrario, disfruto de los nuevos.

 

–Ahora están grabando estos 12 programas de 2012, ¿qué viene después?

 

–¡¿Qué se yo?! Si se da, volveremos el año que viene con Peter Capusotto y sus videos VIII. Seguramente en el mismo canal. Estamos cómodos donde estamos. Quizá si estuviéramos en otro lado hasta podríamos llegar a tener algo más de rating, pero privilegio el respeto a la creatividad.

 

 

Sobredosis de TV


–La televisión se guía por las cifras, el minuto a minuto. Usted es de los pocos a los que pareciera no importarles eso.


–Es que no creo en el rating. Siempre hice 4 puntos promedio. Si midiera 12 sospecharía.

 

– ¿De qué?


–De que detrás haya una mano negra o algo por el estilo. Los canales “líderes” tienen una gran movida de marketing. Hacen productos para vender. Eso no está ni mal ni bien. A veces prendo la tele y me digo: “¿A quién le importa lo que pasa entre Carmen Barbieri y Santiago Bal?”. Ahora te pregunto yo a vos, como periodista, ¿te importa?

 

 

–Hay público para todo, si no no se explotaría tanto el tema.


–¿Ves?, ahí está: ponen lo que vende y eso vende. Yo no vendo nada. Yo hago lo que me gusta, nadie me molesta y eso es lo único que me importa.

 

–¿Tampoco le interesa la plata?


–Me gusta vivir bien, pero no me va el consumo ni el capitalismo. No tengo ambiciones desmedidas ni soy de los que Acumulan a futuro por si dentro de cuatro años dejan de hacer guita. En cuatro años si no tengo un mango veré.

 

–¿La fama lo ayudó a levantar minas?


–La exposición genera ciertas fantasías en la gente. Te convertís en una especie de objeto de deseo: ya sea para una fantasía sexual o para el autógrafo, la foto… La popularidad trae de todo. En lo personal trato de cuidarme. Si un día no estoy de humor no programo llevar a mis hijas a un shopping a ver una película.

 

–Se llaman “ las reglas del juego”. 


–Lo manejo como me sale e intento tratar a todos con respeto.

 

–¿El cariño de la gente no lo modifica?

 

–Está bueno, claro que sí. Significa que lo que hacés gusta. Pero no soy de escuchar lo que opinan sobre mí. Hay judíos que se matan de risa con Kosher Waters y otros lo detestan. Imagináte lo ridículo que sería si tuviéramos que encuestar a mil personas para ver si el personaje que voy a hacer va a gustar o no. Lo hago y punto. Para algunos soy un genio y para otros una molestia social. En mi opinión, ambos están errados. Cuando el elogio es desmedido, descreo. Y cuando la crítica viene con saña, también.

 

–Sus personajes son paridos del cotidiano argentino. ¿Se puede leer como un cachetazo humorístico a nuestra sociedad?

 

–La tragedia siempre está relacionada con el humor. Yo anoto. Anoto personajes que me llaman la atención, alguna idea, frases, cosas que se le pueden sumar al programa basadas en los disparates de la realidad. Después lo charlo con Pedro y de eso van surgiendo las diferentes parodias y las situaciones más inverosímiles.

 

–Hábleme de su relación con Saborido.

 

–Con Pedro nos conocemos desde las épocas de Cha cha cha, hace 20 años, imaginate. El respeto y la química en el humor son la base de la dupla que formamos.

 

De locura y razón 



 

–¿En qué momento le pone un toque de cordura a su vida?


–(Más serio que nunca) Siempre, todo el tiempo estoy cuerdo.

 

–Supongo que para hacer lo suyo se necesita cierto toque de locura.

 

–Son delirios que nacen de la razón y el conocimiento de esta profesión. Para ciertas locuras, como las llamás, hay que ser más sensato que muchos que visten traje y corbata.

 

 

 

–¿Nunca lo llamaron del Gobierno para decirle que se había ido a la mierda?

 

–No, jamás.

 

–La ventaja de ser peronista, ¿quizás?

 

–No por estar en un canal oficial tengo que estar de acuerdo con todo lo que hace el Gobierno, esa mirada es vulgar y liviana. Políticamente me siento en el lugar correcto: hoy soy la oposición de la oposición. Ahora hasta el cuarto poder, los medios de comunicación, la voz oficial de la impunidad, forman parte de la oposición: te meten miedo, te dictan cómo va la cosa y te marcan hacia dónde hay que ir. Pero sólo eso, eh, sólo destruyen. Detesto a los que critican sin compromiso, los que no suman. Si me tengo que definir, soy peronista, anarquista y escéptico.

 

–¿Una incredulidad que incluye la religión?

 

–Desde ya. No me van los fundamentalistas religiosos de ninguna índole.

 

–Con el éxito de Graduados regresaron los 80. ¿Qué era de su vida en aquella década?

 

–Vi un poco de Graduados y me gustó. No lo sigo, no sigo ningún programa, pero me gustó. En los ochenta para mí la vida era Sumo. Pero también fue mi época cruel: fue la colimba, un recuerdo de terror, fue la guerra de Malvinas. Fue la fiesta de la democracia, la primera vez que parecíamos “todos unidos”. Pero todos escuchando a Sumo. Iba a los recitales y se me volaba la cabeza. Es más, todavía siento su influencia.

 

–Leí que quería ser jugador de fútbol. ¿Cuándo mutó la vocación?

 

–El día que me subí por primera vez a un escenario, improvisé, ni me preguntes qué dije porque no me acuerdo, pero me di cuenta de que podía hacer reír. Antes, las bromas quedaban entre amigos, pero esa vez caí en que podía vivir disfrutando de esto.

 

–¿Cómo ve a Violencia Rivas con el Tano Pasman?

 

–¿Cómo pareja? Pésimo. Al minuto ella lo estaría cagando a trompadas.

 

–¿Cuál de sus personajes es su álter ego?

 

–Ninguno y todos a la vez.