El guitarrista mexicano que trascendió fronteras con su indiscutible talento llegó a Buenos aires por primera vez en el año 1973. El autor de esta nota, con su reconocida pluma, rescata aquel momento y todo lo que vino después.

En 1973 Buenos Aires era muy diferente a lo que es ahora, era una Buenos Aires de predictadura, todavía no nos dolía el corazón a los porteños, todavía pasar por Libertador y General Paz no olía a desazón y dolor, la ESMA era sólo un edificio aburrido lleno de marineros. Todavía la globalización no existía, así que Buenos Aires estaba lejos del mundo que veíamos por la televisión y el cine. Antes del mundial, antes de los shows internacionales, antes de Maradona y Julio Bocca, mucho antes que el tango tomara Broadway por asalto y casi un siglo antes –pareciera– que Evita fuera una obra de teatro y Madonna fuera abanderada de humildes visión Hollywood, en fin, una Buenos Aires no más linda ni más feliz, sino más ingenua y menos arruinada psíquicamente que la de hoy. Una ciudad en la periferia del gran mundo. Así que era raro que acá pasara algo a nivel universal, digamos.

 

Todo era para consumo interno. Hasta que vino Santana, en septiembre, y ahí cambió todo, por lo menos para los que tuvimos la experiencia. Como si hubieran aterrizado seis o siete Sri Sri Ravi Shankares, o 700, y nos hubiesen dado a todos los habitantes de esta ciudad un amistoso coscorrón nucal acomodándonos el cerebro adecuadamente.

 

Santana en ese momento era lo más vanguardista de la música, una banda única, un guitarrista sensacional y una polenta extraordinaria.  Una cátedra de energía bien direccionada, un look que sobresalía junto con el de Jimi Hendrix.

 

 

Yo tenía 13 ahí, así que mi cerebro todavía no acumulaba ninguna arruga; permanecía virgen, nuevo. Mis oídos sólo estaban acostumbrados a la música de mis padres, a la tele y a las idioteces de mis maestros de colegio de curas, y mis ojos sólo habían percibido la masa en una cancha de fútbol. Y vino Santana a Buenos Aires. Santana en ese momento era lo más vanguardista de la música, una banda única, un guitarrista sensacional y una polenta extraordinaria. Santana había llegado a Woodstock casi de casualidad: una historia, la de la llegada de Santana a Woodstock que Hollywood todavía no vio. Cuando se hizo el Festival de Amnesty en Baires, uno de los organizadores a nivel planetario era Bill Graham, hermano de Larry, el bajista de Sly & the Family Stone y hoy de Prince. Él mismo había sido uno de los promotores de Woodstock, y entre las anécdotas fascinantes que contaba de esos días estaba la de la inclusión de Santana al show. Nadie los conocía antes del festival, y nadie pudo dejar de hablar de ellos después del festival. Una cátedra de energía bien direccionada, un look que sobresalía entre los de Jimi Hendrix y los mismísimos Sly & Flia. Un chicano joven al frente de una maquinaria infernal, una bola de buen gusto, talento, arrogancia, infartante percusión y –por si faltara algo para la épica– , en el medio del festival que cambió la percepción de la música rock por completo.

 

Digamos que Santana en esa época tiraba un siete atrás de otro. Había llegado a Woodstock sin haber grabado un disco, después salió Santana, el disco, y ahí todos tuvieron la certeza de que no se habían ilusionado con una banda de ritmos afrolatinos en pleno gran festival.

 

Era 1969. En 1970 aparece el segundo disco de la banda, Abraxas, con “Oye como va”, de Tito Puente, “Samba pa tí” y “Black Magic Woman” para que vayan viendo. En el 71 llega Santana III con “Guajira”, “Taboo” y “Nadie de quien depender”; que no era tan brillante como Abraxas, pero estaba a la altura. No obstante, muchos ahí presagiaron el final de la gran explosión Santana. Hasta que en 1972 aparece su nuevo disco, Caravanserai. Y a la mierda con todos los malos vaticinios y detractores.

 

Ahí se acabó la discusión Santana y comenzó la verdadera era Santana. Ese fue el disco que justamente vino a presentar a Buenos Aires, el mejor para una gran cantidad de seres pensantes. Y algo que jamás se había visto por acá.

 

Mucho tuvo que ver en Caravanserai la impronta de Mike Shrieve, el baterista que llegó a la banda en sus comienzos con 19 recién cumplidos, y que en el 72, con 22 , le toca el hombro a Santana –que estaba acodado en la consola mirando las perillas– y le dice: “Dejame a mí”. Y se hace cargo de la dirección artística del disco que estaban haciendo. Fue Mike, según el mismo Carlos Santana confesara años después, quien lo inició al gran guitarrista en las músicas de Miles Davis y John Coltrane. Y fue Mike, que en su infancia supo ser el pibito de la serie Lassie, quien decidió incluir un tema de Antonio Carlos Jobim en la lista. Y fueron los dos, Carlos y Michael, Santana y Shrieve, en esos años de obras monstruosas.

 

Cabe recordar que en esos meses también se estaban grabando Dark Side of the moon, de Floyd; Space Odditty, de David Bowie; Machine Head, de Deep Purple; Yessongs, de Yes; Houses of the Holy, de Led Zeppelin; Artaud, de Spinetta y Living in the Material World, de George Harrison. Paul andaba haciendo Red Rose Speedway y Los Stones, exiliados en París, generaban Exile on Main Street.

 

 

Quiero decir: fueron ellos dos los que se animaron a romper estructuras y superar expectativas. Es decir, había que pelar algo en serio para ser tenido en cuenta en esa época. Y Santana se despacha con el que fue considerado su mejor disco y uno de los esenciales de esos 72/73, tan fundamentales para toda la cultura rock en el planeta. Caravanserai comienza con grillos.

 

Hace unos años hablé con Santana; sólo me acerqué para decirle que haber visto su show en Baires me había cambiado la cabeza para siempre, y me dijo: “Bueno, en esa época a mí me cambiaba la cabeza para siempre en cada show”.

 

Sí, grillos, unos minutos de grillos. Cri… Cri… Cri… Cri… Y de a poco empieza a escucharse “Eternal Caravan of Reincarnation”, una instrumental con la banda casi entrando en calor, cinco minutos zen, para empezar. Después, “Waves Within”, también instrumental como casi todo el disco. Y es aquí donde empieza la magia de Santana y su guitarra. Sigue “Look Up to See What´s Coming Down”, que suena como una especie de ejercicio donde Santana en las alturas, los percusionistas y teclados se colocan en línea con él. Suena raro, pero siempre me pareció así. Será porque después llega el primer coscorrón cósmico musical, el primer tema cantado, “Just´on Time to See the Sun”, y después el glorioso “Song of the Wind”, con uno de los más extraordinarios solos de la vida de Santana.

 

Y de ahí al otro cantado, “All the Love of The Universe”, y llorás. El lado B comienza con “Future Primitive”, una composición de sus percusionistas que suena a lo “Revolution Numbre Nine” con cintas distorsionadas y timbales a los pedos. De ahí a “Stone Flower”, de Jobim, en una versión descomunal celebrada aún por el mismísimo Jobim, en la que también ponen voces. La fuente del ritmo lo sigue, otro originado en la percusión afrocubana con un solo maravilloso; otro más, del legendario Carlos en su mejor momento.

 

Y el final, con una obra monumental del mismísimo Michael Shrieve, “Every Step of The Way”, que todavía hoy suena marciano.

 

 

 

Para terminar, un vistazo a los nombres que hicieron posible este pedazo de cielo. Carlos Santana, obviamente en guitarra, Michael Shrieve en batería y percusión –casi la misma banda que se presentó en Woodstock–, el gordinflón Chepito Areas, James Mingo Lewis y Armando Peraza son los percusionistas, Douglas Rauch en el bajo y Gregg Rolie en teclados. A ellos se sumó nada menos que un púber Neal Schon, que salió de Caravanserai y armó Journey, y algunos amigos aportaron saxos y pianos y demás yerbas. Para muchos, creo que incluido el mismo Santana, la mejor banda de su historia.

 

Hace unos años hablé con Santana; sólo me acerqué para decirle que haber visto su show en Baires me había cambiado la cabeza para siempre, y él me preguntó qué año era. Entonces, le contesté y me dijo: “Bueno, en esa época a mí me cambiaba la cabeza para siempre en cada show”. Me sonrió y se fue, como yo ahora. Adiós.