A veinte años de la salida de El amor después del amor, ese disco que vendió un millón doscientas mil copias y sigue siendo el más exitoso en la historia del rock argentino, el músico está más vigente que nunca. En esta nota revive su paso por la agitada década ochentosa y cuenta cómo fue iniciarse en esas noches en las que siempre era el último en irse a dormir.

La línea es clara y se explica solita. Sin embargo, bien revisada, tiene un antecedente tácito, innombrado: de algún lado viene. De hecho, podríamos completarla: los ochenta te tatuaron la libertad porque los setenta te lo prohibieron todo. Acción y reacción, la furia del converso: la historia no se comporta con las previsiones de la línea recta sino con el anuncio a contrapierna de una traza pendular.

 

 

Y cuando alcanza un extremo de sí misma, la historia regresa en busca de su reverso. “Me tatuaron la libertad.”. Lo proscrito. Lo impedido. Y una libertad gorda y desaforada como contragolpe, la anatomía de una respuesta.

 

“La libertad”, me dice Fito Páez, tratando de que la década le quepa en dos palabras. Una. ¿Y a cuento de qué?

 

Un día un productor de televisión reúne a su equipo de guionistas y le pide ideas. Una de carreras, con Pappo y Araceli. Les dice que hay que bucear en la época.

 

 

Pongamos a Carlín a hacer de Drácula. Que hay que tocar el nervio íntimo de una generación. Ah, entonces ya sé: contemos la historia de un grupo de egresados clase 89 que hoy anda por los cuarenta, a ver qué pasó con esas vidas. Y así la tele, con su inmensurable poder viral de tráfico en masa, nos puso a todos hablar de los graduados y de la década aquella que quedó lo suficientemente atrás como para armarle ya mismo su memorabilia y su museo, pero no tan suficientemente como para haber olvidado que estuvimos ahí. Fito estuvo ahí. Era un pendejo, pero estuvo.

 

–Nacía.

 

–Sí, nacía yo pero también nacía este país.La enumeración de Páez, sus ochenta, se encadenan mediante la serie de hits que más o menos hemos conocido: Batato Barea, el artista que cruzó transexualidad under con teatro Parakultural: la previa de Fernando Peña, ponele. Sergio De Loof, Omar Chabán y los boliches en cadena, del Café Einstein a Cemento.

 

–¿Iba?

 

–¿Que si iba? Yo era el último en irme a dormir. No quería saber nada con tener que esperar al otro día para que la fiesta continuara. Era el más chiquito, es decir, el más curioso.

 

–¿Y con qué se encontraba su curiosidad?

 

–Con toda clase de locuras. Era entrar en cualquiera de estos boliches y que de golpe te agarren tres hombres, tres mujeres, y todos besándonos en la boca. Lo mejor era, precisamente, que no sabías con qué te podías encontrar. Ríe Páez, cuando cuenta. Como si no le hubiera vuelto a pasar. De todas las formaciones estables del arte popular, el rock –un rezagado al que le cortaban el pelo en la puerta de los conciertos– hacía apenas unos años atrás fue el que más y mejor se tomó revancha. Para empezar, se puso divertido, o menos grave: Los Twist, Las Viudas, Los Pericos y Los Cadillacs son cuatro formas diferentes de encarar un nuevo sonido. Soda Stereo es otra discusión, otra proyección. Y Virus, otra trascendencia. Sin embargo, los dos grandes nombres del rock de los ochenta son proyectos desarrollados en la década anterior: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota venía tocando desde el 76, pero es con la restauración democrática (con la libertad) que le terminan de dar forma a eso que Calamaro llamó “nuevo peronismo”, es decir, un fenómeno de masas como la música argentina no había conocido hasta entonces y no ha vuelto a ver hasta hoy. Cerca de Los Redondos está el tipo que les hace el prólogo permanente, Enrique Symns, su monologuista en vivo y creador de la gran revista del off editorial argentino: hemos leído la Cerdos & Peces bastante menos de lo que estamos dispuestos a admitir, pero igual con una dosis de dos números tirabas bien. El otro nombre es, qué joder, Charly García.

 

 

“El día que Carlos Menem asumió como presidente se terminaron los ochenta. Con él se acabó una era”



–Mientras tocaba el pianito en Clics modernos, ¿sabía dónde estaba o necesitó el tiempo para ver, para comprender?

 

–No, yo sabía perfectamente que había entrado en el atelier de Pablo Picasso. Desde el momento exacto en el que pisé la sala de ensayo de Charly supe que ese tipo que estaba ahí adelante era el núcleo, el centro de gravedad de la época. Todo iba y venía desde y hacia él.

 

 

 

 

 

 

–¿Todo?

 

–Le alcanzó con la primera mitad de los ochenta para hacer Yendo de la cama al living, Clics modernos y Piano bar. Uno atrás del otro. Con esos tres discos, que ya son para siempre, Charly escribió la historia. Nada fue igual después. Nada.

 

–Toda una escena.

 

–Es que yo vi cómo García armó Modernclics delante de mí. Cómo fabricó esa música, lo vi porque lo hizo ahí mismo. Vi cómo le marcaba el tempo y los compases al bombo y al bajo, cómo articulaba los coros, cómo armaba los teclados.

 

–¡Qué sincronía!

 

–Sí, fue estar en el momento correcto, en el lugar correcto, rodeado de la gente correcta. He sido un hombre increíblemente afortunado. Lo sigo siendo. 

 

–¿Cómo acomodó esos años en la memoria? ¿En qué se le convirtieron?

 

–Fue iniciático. Fue descubrir el mundo como objeto de goce. Fue una época que me tatuó la libertad. Era animarse, hacer, decir, contar, cantar, volar, viajar, bailar, besar, abrazar. Y todo a la vez. Un chico de veinte años recién bajado del Chevallier que lo trae de Rosario y sin muertos políticos que llevar encima puede arrojarse despreocupadamente de cabeza al nuevo mundo que se le abre y, veinticinco, treinta años después, reconstruirlo como una felicidad sin fisuras, como una dicha en movimiento. Está perfecto, pero no todos: no-todos. Porque justo cuando levaba la fiesta de los ochenta, en el exacto centro de su crescendo autocelebratorio, cuando todos estaban lanzados a la borrachera de la libertad, la muerte de Rock Hudson le informó al mundo que había un cosa que se llamaba virus del sida y que venía y te desplumaba de toda esa euforia en lo que duraba una vuelta del tren fantasma. Era 1985. Y entonces, la muerte pero acá. La de Batato. La de Miguel Abuelo. Y la de Federico Moura, el Freddie Mercury de 12 y 63, República de La Plata. El seropositivo que mató a Moura no tuvo nada que ver con la cirrosis que mató a Prodan, pero con las vidas de ambos se terminó también el rock argentino de los ochenta. Los 90 serían de la Bersuit. De Los Piojos. De Los Redondos otra vez. Del cóctel y el AZT. Estaban pasando demasiadas cosas raras para que todo pudiera seguir tan normal.

 

 

“Cuando pisé la sala de ensayo de Charly, supe que ese tipo era el núcleo, el centro de gravedad de la época”

 

–¿Cuándo terminó todo? ¿Quién tiró del enchufe y acabó con la fiesta?


Páez retarda la respuesta con un je, con un ja, masculla una risa que no es, hace sonar su cuerda sarcástica como diciendo que sabe que yo sé, que sabe que sabemos. Después, sí, deja caer ese nombre como se dejan caer las maldiciones de los cuentos. Y dice: “Carlos Menem”. Y agrega: “Con él se acabó una era”. Y remata: “El día que asumió como presidente fue el día en que se terminaron los ochenta”. A menos que seas León Gieco, el hedonismo del rock es un buen camino de salida para la incursión política, y Páez nunca se metió del todo en política, siempre fue un chico hedonista. Sin embargo, en esta Argentina de la partición drástica, Páez se vio enredado en el fragor de su propia declarativa y fue contratapa de diario primero, tapa después. Su versión del himno nacional para cerrar los festejos por el Bicentenario fue sublimada por el asco hacia el porteño sin swing que vota al PRO. A veces, la Argentina te lleva puesto.

–Lo dije en un momento de calentura. No podía entender.

 

–¿Qué cosa exactamente?

 

–Que aquella ciudad loca y maravillosa que venimos contando de los ochenta hoy vote a un señor que está en las antípodas, en el reverso de toda esa locura y esa libertad.

 

–Fue muy criticado después del asco aquel.

 

–Perdoname, pero no entro en las neuras de los demás. De aquel chico que vivía la época con el éxtasis del recién llegado a este sujeto hiperpúblico del año veintedoce hay un manojo de canciones de esas que ya no elegís escuchar, de esas que vienen y te cruzan en cualquier momento del día en cualquier lugar y que Páez ha sabido hacer rotar por el aire de todos: les dicen clásicos y van saltando las décadas impertinentemente, sin fecha de vencimiento. También hay algunos discos indiscutibles, otros simplemente exitosos. De todos, El amor después del amor, esa obra mayor del rock minitah, sigue siendo el más imperecedero, con su millón doscientas mil copias vendidas, las sesenta mil personas de sus estadios de Vélez repletos para una presentación masiva y su jineta de –al día de la fecha– disco más vendido de la historia del rock argentino.  Por estos días, Páez le celebra sus veinte años.

 

–Veinte años no es nada.

 

–¡Nah, men! Veinte años es muchísimo. En cualquier caso, treinta son todavía más, lo que no necesariamente supone el olvido, más bien todo lo contrario, porque en la memoria que Páez reconstruye está Charly pero también su tapa en la Cerdos & Peces, el gran monitor del off gráfico argentino, y sus recuerdos de los días en cualquier lugar perdido en una inmensa ciudad y Quique Fogwil de merca hasta el culo escribiendo Los pichiciegos en una semana y la sensación de estar en el ojo de una tormenta perfecta. Sigue ahí, Páez. Estaba ahí antes y sigue estando ahora.

 

–Resumiendo, Páez, ¿qué fue aquella década?

 

–Algo salvaje. Algo hermoso. Aquello fue un despertar.

 

 

Veinte años, una gira

 

La celebración de los veinte años del nacimiento de El amor después del amor viene acompañada de una extensa gira que tendrá su punto más alto el 13 de octubre en el Planetario, en el marco del Movistar Free Music 2012. El concierto será filmado con 20 cámaras HD y audio 5.1 y reflejará la experiencia de una obra que marcó a toda una generación, interpretada en vivo, completa y en su orden original.

 

 

La reinterpretación de esta joya de la música nacional, veinte años después, elevará la experiencia no sólo a lo sonoro sino también a lo visual. La puesta en escena es una gran obra de arte para despertar todos los sentidos. Este material será lanzado en noviembre en formato DVD por Sony Music.

 

 

A su vez la gira mundial lleva a Fito a recorrer Latinoamérica, desde el debut en Santiago de Chile el pasado 2 de junio, donde se agotaron las entradas con anticipación. La agenda continúa el 18 de octubre en Córdoba, el 20 del mismo mes en Mendoza, el 29 de noviembre en Lima y el 1 de diciembre en Arequipa, Perú.