La década marcada por la explosión de monstruos del rock y del pop como Madonna, Michael Jackson, Guns n’ Roses o Bon Jovi también tuvo su lado B en otros artistas menos masivos pero más originales. Prefab Sprout, la banda de origen británico que ocupa el texto de este mes de Bobby Flores, fue un grupo no apto para todo público. Porque, como bien dice el autor de esta nota, para encontrarlos en la Argentina y escucharlos una y otra vez había que tener, ante todo, muy buen gusto.

Es curioso, pero cuando se habla de los 80 desde la música, digamos ondas ochentosas, la mejor selección de los 80, nuestros adorados 80 y demás, siempre se pone énfasis en lo que era la andanada de hits ochentosos, morcillescos, prefabricados por los sellos, amos y reyes de la época, que todos consumíamos como chicles. Eran épocas donde la palabra consumo no estaba mal vista, sobre todo después de unos años opresivos sucedidos un lustro antes. Pero como siempre, existía el otro lado, no el oscuro o el desconocido, sino el complicado. Quiero decir, en aquel tiempo no todo era Bon Jovi, Madonna, Guns n’ Roses y Michael Jackson, que eran buenísimos, pero había más. Obviamente, discos de ellos conseguías, shows de ellos mirabas, la ropa de ellos se fabricaba a precios accesibles. Cualquier chica en edad de merecer se ponía la pollera arriba de las calzas, se calzaba los borcegos y un par de vinchas, ponía Like a Virgin en el estéreo y salía a la calle con la sensación Madonna en el cuerpo. No era Madonna, era la ilusión Madonna, pero siempre es mejor salir con la ilusión Madonna que salir sin nada. Y aún hoy hay pelotudos grandes que se ponen los acordonados negros, las medias blancas y los pantalones cortos y hacen el paso lunar como si fueran grises, millonarios, pederastas y afinados.

 

Pero no a todos nos interesaban las aventuras de historieta de estos personajes; algunos rasgábamos con los dedos la superficie, y una vez sin revoque, penetrábamos el suelo con un láser y hurgábamos en el centro de la Tierra. Así es que algunos dábamos con cosas como Prefab Sprout, por ejemplo. No es que nos iluminábamos o nos topábamos con alguna piedra filosofal. Simplemente empezabas a percibir las cosas de otra manera, era una sensibilidad diferente la que te generaban cosas como Prefab Sprout. No ibas a ser el mismo después de Prefab Sprout en los 80. Ni mejor ni peor, no sé, no el mismo. Para empezar eran ingleses, pero no de Londres o de Liverpool o de Manchester o de algún nombre conocido por acá, en Buenos Aires.

 

Eran de Durham, cerca de nada en la isla. Ya en Londres unos años después, me acordé de Prefab Sprout y pregunté por Durham en el Soho londinense, y fue como si acá en el bajo preguntara “Hey, ¿qué onda Tres Arroyos?”. Esa cara recibí. Prefab Sprout es, etimológicamente hablando, algo así como “Brote Prefabricado”, y así de complicado resultaba todo con estos chicos. Es que no era entrada libre la onda Prefab Sprout, de ninguna ma nera una obra apta para todo público: ante todo había que tener buen gusto para arribar a las playas sprouteras. Luego, un poco de oído, algo de información previa respecto de los márgenes de lo habitual y también disponer de dinero para comprar dólares para hacerse del disco, porque acá no se editaría hasta unos años después. Pero ellos no fueron los primeros forasteros británicos en pisar estas veredas tan lejanas con cierta repercusión: ya habíamos visto aparecer a los Waterboys y los Pogues de los bosques, a Dr. Feelgood de Stock City, y a China Crisis; también a Aztec Camera, todos conquistando el Marquee de Londres vestidos de campesinos o pescadores, o como Dr. Feelgood, vestidos de mozos de cumpleaños de quince berreta, algo que iba de bruces con la moda que marcaban The Cure y demás.

 

Prefab Sprout era diferente, ya desde Paddy McAloon, el líder de la banda, compositor obnubilado con el más oscuro Neil Young, a quien no sólo adoraba sino que intentaba emular desde las líricas de sus canciones. Temas de letras enrevesadas, que hablan de conflictos nada urbanos ni sociales, sino más bien lo peor, o lo más doloroso, pero bien adentro. “Que no se note que la estoy pasando putas en este mundo”, una visión universal muy de la época también. La banda se completaba con su hermano Martin, ambos tecladistas, guitarristas y bajistas, más un amigo, Neil Conti, en percusión, y un verdadero ángel rubio de voz celestial y piernas hasta el culo llamada Wendy Smith.

 

 

“Temas de letras enrevesadas, que hablan de conflictos nada urbanos ni sociales”

 

Habían hecho un primer disco, que no me acuerdo el nombre pero no era muy bueno, la verdad, y no tengo ganas de googlear. Además, no me interesa ese disco, sino el segundo, el que llegó a Buenos Aires a una radio que recién empezaba, como todo. Un disco inglés que se llamaba curiosamente Steve McQueen, una verdadera declaración de principios inentendible para la masa. Por esos días se propagaba como zanjita de nafta la leyenda de Steve McQueen, uno de los verdaderos íconos masculinos de Hollywood, que al ser diagnosticado con un mortal cáncer a los cincuenta en punto, largó todo, puso las cuentas en orden, repartió los bienes, se garchó a las que le quedaban en la lista y se fue a morir solo al desierto en México, para que nadie viera su decadencia. El post punk perfecto. Y así se llamaba el segundo de Prefab Sprout en Inglaterra, porque obviamente cuando trascendieron el océano y se editaron en EE.UU., los descendientes de Steve impidieron hacer uso del nombre del padre, por lo que allí el disco se conoce como Two Wheels Good. Supongo que por la tapa, una belleza que los describe tal cual eran y tal cual queríamos ser todos: unos enigmáticos de camperas de cuero, jeans, t-shirts blancas y montados a una Triumph 400 original, con una rubia agarrada a nosotros sentada atrás y a punto de salir a recorrer la campiña inglesa diciendo todo el tiempo las palabras adecuadas con el tono correspondiente.

 

Para ponernos en clima, eran tiempos de “Say You, Say Me”, de Lionel Richie; “Take On Me”, de A-ha; “Power of Love”, de Huey Lewis & The News, y “Shout”, de Tears for Fears, por ejemplo. Una de las épocas más pedorras para iniciarse en la música. Y ahí, en medio de toda esa mierda, aparece la flor en el tacho de la basura, ahí aparece Steve McQueen, demostrando que ese estudio teológico que es la providencia del señor existe. Producido por el realizador top de la época, Thomas Dolby, es Steve Moqueen la quintaesencia de lo que los jóvenes rebeldes con causa y sigilosos de los 80 necesitábamos como banda de sonido. Canciones que jamás serían usadas como cortinas de televisión o versionadas por cualquier estúpido, o porque jamás las entenderían o porque nunca podrían lograr esa atmósfera entre bucólica y romántica, entre dark y pop que logran los Sprout de la mano de Thomas Dolby. Las canciones son parejas y siempre niveladas para arriba, un comienzo sólo pop con “Faron Young”, quizás el único tema que no se sostiene en el tiempo, y que sin duda fue compuesto e incluido para no estar tan en desacuerdo con todo. Ya con “Bonny” empieza la menesunda, y lo de siempre también: la menesunda no es para cualquiera. El tercer tema del disco es lo que podría llamarse el hit, sobre todo porque lo podían pasar las radios de morcillas lentas: “Appetite”, una gloria hecha canción que en su letra dice, por ejemplo: “Si vas a robar, sé Robin Hood”. Después, “When Love Breaks Down” y una clase práctica de cómo usar para el bien un colchón de teclados. Y ahí sí, la joya del disco, la cara de Cristo en nuestras retinas, la 9 mm para seducir chicas, “Goodbye Lucille”. No como se llamó en EE.UU., “Johnny Johnny”, y otra letra para darte el corchazo final si la escuchás apenas abandonado por una mujer de verdad. Luego viene “Hallelujah”, “Horsin’ Around” y demás, pero la verdad que ya con esto solo está todo pago. Pedir más sería aprovecharse.

 

Si tenés la edad suficiente y tuviste los cojones para darte con los Sprout en su momento, sabés que lo que digo es cierto, y seguramente te calzaste otra vez la sensación Sprout para encarar la calle y sos mejor que ayer, aunque sea hoy. Si no sabés de quien hablo estoy satisfecho sólo por haber abierto la puerta Sprout a tu vida joven. Aunque jamás la penetres, por lo menos sabés que existe, y si sos de los que creen que conocen los 80 por lo que viste sin vivir o por lo que te contó tu primo cuando salió de la granja, aprovechá, pibe, que siempre estás a tiempo. Les mando un beso. Y recordando los 80 en Shampoo, como decía Juanito Belmonte después de su monologo: “Apláudanme, que me voy”.