La serie inspirada en el mundo creativo publicitario de los años 60 se convirtió en un verdadero fenómeno sociológico del prime time televisivo. El periodista Nicolás Artusi, experto en medios y tendencias y declarado fanático, analiza en esta nota las claves del exitoso programa, su vigencia en la actualidad y ese dress code que define al show y es, hoy más que nunca, envidia de muchos. Luz, cámara y acción en versión retro, una fórmula imparable.

La postal bucólica de un picnic familiar se arruina cuando levantan el mantel y el pasto queda manchado de botellas vacías, paquetes de galletitas, celofanes de cigarrillos. En el parque, no hay tachos a la vista. De camino a casa, la temeridad del padre lo llevará a superar por mucho la velocidad máxima y volverá inútiles los cinturones de seguridad del viejo Mustang: nadie los usa. Para inducir al sueño, la madre acunará al bebé con el ritmo maníaco de una mujer ansiosa, mientras fuma un Lucky Strike y la nube de humo se suspende sobre la frágil cabecita. Mugre, cigarrillos, galones de nafta. Si la corrección política contemporánea multiplica prohibiciones en su ambición paradójica de garantizar un planeta más libre, la serie Mad Men despierta fascinación ahí donde se discutan las reglas: en la misoginia de la oficina o en el whiskicito de la siesta. Todo un fenómeno sociológico en el prime time, en sus cinco temporadas, la fábula de los publicistas estresados nos devuelve un mundo que ya no existe, con estricto dress code para la hora del martini y, en su apertura animada, con una profecía de los años por venir: la imagen ralentizada, casi eterna en su ocaso, de un hombre cayendo al vacío.

 

¿Cuál es la razón oculta detrás de la devoción por Mad Men? ¿Por qué provoca tanta fascinación la historia de estos tipos locos de Madison Avenue? En 1955, el escritor Sloan Wilson publicó El hombre del traje gris, la novela que acuñó el ambo de franela como metáfora del conformismo del oficinista promedio y de la rebelión ante el consumismo descontrolado que obliga al empleado a esforzarse cada día más para distinguirse de la uniformidad de sus vecinos, aunque al fin termine siendo igual a muchos otros. Cincuenta años más tarde, la serie creada por Matthew Weiner (también autor de Los Soprano) vuelve al pasado cercano y encuentra en la década del 60 la piedra basal de la alienación del hombre contemporáneo: resumido en la obsesión de un publicista por vender toneladas de corpiños, el neanderthal directo del humano moderno, ahogado en su ansiedad por comprar el último modelo de iPhone, confundido ante la falta de certezas, suspendido en el aire mientras el único mundo que conoce se desmorona. En una palabra: loco.

 

Si en la visión pendular de la época, Mad Men muestra dos modelos posibles de mujer (Jackie o Marilyn, la esposa o la amante, la casta castaña o la rubia debilidad), al hombre no le quedan muchas otras opciones: en la serie, “lo importante es el torturado, alienado y sufriente ‘yo’ de cada individuo atrapado en su propio simulacro”, según la definición del filósofo francés Jean Baudrillard, citada en el ensayo Mad Men, reyes de Madison Avenue, publicado en España. Acaso como ningún otro programa en la historia de la televisión, resume las incertezas íntimas del hombre y, por eso, aun ambientado en una época en que no existían los teléfonos celulares, tiene tanta actualidad en términos de relaciones familiares o de trabajo. El dilema existencial es eterno. 

 

El libro Mad Men and Philosophy, publicado en los Estados Unidos, incluye un subtítulo sugerente (“Nada es lo que parece”) y se vale de los pensamientos de clásicos como Sócrates, Platón o Aristóteles y modernos como John Kenneth Galbraith o Milton Friedman para explicar las nociones de felicidad, feminismo, angustia y libertad que se discuten todos los días en las oficinas de la agencia Sterling-Cooper.

 

¿Simulacro de verdad o imitación de la vida? Don Draper, el protagonista que encarna la pulsión viril del macho alfa, en realidad esconde otra identidad y organiza su mundo de acuerdo a sus propios códigos morales. ¿Es el hombre que cae y cae durante los títulos de la serie? Para Jesús González Requena, profesor de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, esas escenas “toman referencias de las películas Vértigo y Matrix, y en ellas se presenta a un hombre que no sabe dónde está. Es un hombre que se desvanece en una sociedad que ha perdido el pie con la realidad”.

 

 

Con sus cigarreras de plata, los zapatos lustradísimos, esos peinados a la cachetada y los mentones siempre afeitados con navaja, Mad Men es el programa más estilizado y sexy de la TV. Pero también es una zambullida profunda en los cambios políticos y sociales de la cultura occidental en la segunda mitad del siglo XX, y cada uno de sus personajes encierra una complejidad moral que podría responder una pregunta clave: “¿Cómo llegamos a esto?”. Al igual que en los cuentos de John Cheever, la película Sólo un sueño (Revolutionary Road) o las novelas de Richard Yates, se demuele una ilusión de capitalismo publicitario y se cargan los diálogos de un cinismo cansado. Son los últimos estertores de una opulencia de cartón pintado. ¡Esos trajes! ¡Esos vestidos! En los figurines del vestuario se puede comprobar la promesa fundacional del liberalismo norteamericano: el ascenso social. En su primer puestito como secretaria de Don Draper, Peggy Olson se vestía como una palurda y, con la promoción a redactora, se animó a los modelitos sobrios: “Los colores de su ropa se parecen cada vez más a los de Don, más apagados; se está mimetizando con él”, analiza la filósofa Leticia García en Mad Men, reyes de Madison Avenue. En sus primeros días como esposa modelo, Betty Draper usaba las faldas amplias de toda madre entregada a la faena doméstica y, con su matrimonio con un político, cambió por los trajecitos sastre estilo Jackie Kennedy. En los días previos a la rebeldía hippie, las corbatas todavía bien ajustadas asfixiaban a los padres de familia y los tiradores sujetaban las cosas donde debían estar. Aunque hoy el casual friday consagre el imperio de la chomba donde se imponía el saco cruzado, entonces y ahora los dilemas del hombre promedio habrán sido parecidos. Un vértigo existencial nos quita la escalera justo cuando estamos pintando el cielorraso y, aunque encender un cigarrillo en un restaurante hoy sea casi un crimen de lesa humanidad, la fascinación que despierta Mad Men es pura razón posmoderna: vivimos otros tiempos, pero son prácticamente los mismos.

 

 

Un mundo maravilloso


“Cuando decore la oficina, tenga en mente el concepto de colores primarios y secundarios” o “una secretaria exitosa disfruta el sentimiento de ser indispensable para un hombre impor tante”: estos son algunos de los consejos del Secretarial School Manual, editado en 1963 y recuperado para la posteridad por el libro Mad Men, The Illustrated World, de la dibujante neoyorquina Dyna Moe. Esta es la prueba editorial definitiva del hechizo que la serie provoca entre los televidentes del siglo XXI: una guía ilustrada para recrear aquellos años felices y vivir en la actualidad… como si estuviéramos en 1965. 

 

Como tributo a la época de los trajes ajustados, los cócteles vespertinos y la era dorada de la publicidad, incluye reglas de etiqueta para la oficina, recetas para la hora del aperitivo, un resumen del arte popular sesentista, clases de baile ilustradas para dominar los pasos del twist y, como bonus track, una muñeca de papel de Joan Harris, la secretaria perfecta: para recortar, cantidad de modelitos basados en los vestidos diseñados para la tele por Janie Bryant, la coquetería que una señorita de cualquier edad sabrá apreciar”.

 

 

Matthew Weiner: Director


En pocos años se convirtió en los ojos, los oídos y la voz del desencanto estadounidense. A los 48, Matthew Weiner ya es lo más parecido a un “autor” que puede alumbrar la televisión y es el candidato para escribir la gran novela americana en un formato ya no literario sino catódico. Ganador de varios Emmy, antes escribió las temporadas decisivas de Los Soprano, aquellas en las que el capomafia luchaba contra su crisis de la mediana edad. Ahora, se lo reconoce como un obsesivo por el detalle en la reconstrucción de época y como un entomólogo del alma de cualquier hombre atormentado.