“¿Cuál es la razón oculta detrás de la devoción por Mad Men? –se pregunta nuestro columnista Nicolás Artusi, en esta edición de El Planeta Urbano–. ¿Por qué provoca tanta fascinación la historia de estos tipos locos de Madison Avenue? En 1955 el escritor Sloan Wilson publicó El hombre del traje gris, la novela que acuñó el ambo de franela como metáfora del conformismo del oficinista promedio y de la rebelión ante el consumismo descontrolado. Cincuenta años más tarde, la serie creada por Matthew Weiner (también autor de Los Soprano) vuelve al pasado cercano y encuentra en la década del 60 la piedra basal de la alienación del hombre contemporáneo, resumido en la obsesión de un publicista por vender toneladas de corpiños, el Neanderthal directo del humano moderno, ahogado en su ansiedad por comprar el último modelo de iPhone, confundido ante la falta de certezas, suspendido en el aire mientras el único mundo que conoce se desmorona. En una palabra: loco.”

Razón-Locura es el eje temático de esta edición de El Planeta Urbano. Y tal vez es por eso que desde distintas plumas se cita, una y otra vez, a Erasmo de Rotterdam y su Elogio de la locura. Y es así que llegamos a esta definición: adoptar una posición absoluta con respecto a la fe o a la razón no significa conocer, sino sólo creer saber. Y contundentes y sin fanatismo, sostenemos como Erasmo que la locura no puede vivir sin la razón, ya que sólo esta última es capaz de reconocer a la primera y determina la verdadera importancia de las cosas. La locura no sólo es importante debido a que su reconocimiento conduce a la verdadera razón. Y así aparecen de uno en uno nuestros personajes. ¿Locos? ¿Razonables?

¿Razonablemente locos? Roberto Pettinato, entrevistado por su hija Tamara, trata de explicar por qué nunca fue líder de una banda: “La idea de los líderes ha muerto con el tiempo”, dice. “La idea del farol que ilumina una parte, ahora ya móvil, ha dejado lugar y espacio suficiente para la mediocridad. Ser líder, ¿qué es eso? ¿Ser loco y poder degollar un cerdo para Navidad? ¿Es eso? ¿Es bailar y cantar al mismo tiempo? ¿Es ser líder el ser escuchado? ¿Sí? ¿Por cuánto tiempo se puede sostener? ¡Ja! Muy poco, ¿no lo creen así? Nadie tiene esos quince minutos de liderazgo.”

O la Negra Vernaci, que define así su razón de ser diferente: “Yo no soy una mina culturosa. No me interesa hacer cultura, yo hago humor, pero tampoco me interesa hacer el humor de Las gatitas y ratones de Porcel, porque ya fue. Por eso no hago tele. Aunque la putita de los ochenta era otra cosa: eran señoras putas. Ha cambiado mucho”. Y aparecen en esta edición esos hijos increíbles de padres que locos totales y razonables absolutos supieron conseguir. Benito Cerati, por primera vez, se atreve a hablar de sí mismo. Y también lo hacen Vera Spinetta y Julia Ramos.

Hablar de razón y locura resulta desde el vamos una aventura inquietante. Casi un desafío. Ocurre que razón “es la facultad de discurrir, inventar, inferir, conjeturar, reflexionar, pensar acerca de algo para llegar a una conclusión”, y locura sería “la privación del juicio o del uso de la razón”.

No se puede simplificar y cortar ahí el asunto. Porque estamos obligados precisamente a inventar, discurrir con el ejercicio del pensar, vagar a través de la inteligencia. Hasta llegar a pensamientos extra-vagantes, a fabulaciones impensables, cercanas al delirio. Entonces, los límites se pueden tornar difusos, explica magistralmente Malele Penchansky.

Siempre habrá un velo para distinguir la cordura de la demencia. Un velo tenue, amorfo, del cual nunca nadie sabrá dónde empieza o termina. Y lo bueno es que a nuestros entrevistados y a nosotros tampoco nos importa saberlo.

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