Músico, humorista, periodista, conductor radial y televisivo y gran showman de la Argentina, Petti tiene una rica historia que contar. Aquí, caracterizado de monarca, se mete en el personaje y contesta las preguntas de su hija Tamara en un intercambio cargado de locura y razón.

Nació en 1955 en la embajada de Ecuador, cuando sus padres comenzaban el exilio al que los forzó el golpe de la Revolución Libertadora. Su padre había sido un importante funcionario del Servicio Penitenciario durante el gobierno de Perón, y su madre, una ferviente admiradora de Evita. El relato sigue así.

 

–¿Cómo eran sus padres?

 

–Almas unidas por la familiaridad de la política y los ojos rojos de mirar por las ventanas de los conventos y desfiles militares del “tener razón”. Entre cantares de zarzuelas y la serenidad de un sillón que podía sostener el culo de vengadores y políticos afines a causas hoy prescriptas. Entre esa madre que corría por los tribunales en busca de justicia y de eliminar los 27 procesos contra su marido. Él, en algún lugar de Nicaragua enviando su postal para sus hijos a los que no podía ver hasta que los papeles y las reglas lo permitieran. Si fueron seres de luz, lo fueron para sí mismos y se mostraron siempre enamorados y aun más respetuosos y educados con firmeza creando un círculo hermético de “los cuatro”. Ellos, mi hermana y yo, vuestro hoy lord, amo y señor del ultrapop.

 

–¿Cómo se siente ahora que reivindican tanto la imagen de su padre?

 

–Las imágenes se replican y, como los espejos hablan entre sí, de la misma forma las caras poco comunes y las acciones menores desaparecen como por arte de magia y quedan por detrás las obras verdaderas. Las sólidas, las que sostienen creencias que ningún bombardeo podrá derribar jamás. Por su imagen ha quedado entre los más sufridos y vivirá por siempre, porque de hecho ellos seguirán llenando celdas y gayolas y sus vidas se pudrirán de la peor forma. Él intentó y luchó por la dignidad, derrotando así el malestar clásico de la cultura del crimen y el castigo.

 

–¿Por qué piensa que sus tres hijos en edad laboral trabajan de lo mismo que usted?

 

–Porque rápidamente entendieron que la única forma de elevar su estatus social y disponer del dinero suficiente para comprar tierras y castillos es a través del mundo del espectáculo. Hoy por hoy cada uno de ellos es dueño de un reino, y sus posesiones, tanto sean mujeres, caballos o carretas, son su orgullo y así lo demuestran en los encuentros que hemos tenido en la ciudad de Graz, donde solemos reunirnos ya grandes para beber y festejar los logros conquistados con el sudor de la palabra, la mente y el don de la simpatía.

 

El rey del entretenimiento

 

–Teniendo en cuenta su carisma, ¿por qué nunca fue el líder de una banda?

 

–La idea de los líderes ha muerto con el tiempo. La idea del farol que ilumina una parte, ahora ya móvil, ha dejado lugar y espacio suficiente para la mediocridad. Ser líder, ¿qué es eso? ¿Ser loco y poder degollar un cerdo

para Navidad? ¿Es eso? ¿Es bailar y cantar al mismo tiempo? ¿Es ser líder el ser escuchado? ¿Sí? ¿Por cuánto tiempo se puede sostener? ¡Ja! Muy poco, ¿no lo creen así? Nadie tiene esos quince minutos de liderazgo y nadie tiene los mismos de aplausos, y nadie es público ya. Los escenarios bajaron sus estructuras hasta no llevar diferencia con el simple piso de tierra y huellas de goma.

 

–¿En qué banda le hubiese gustado tocar?

 

–En la de las abejas. La única banda que existió más allá de las colinas que todos conocemos hoy como Madrid, pero que en aquellos años se conformaba a través de un pequeño silbido de puerta a puerta, logrando así una melodía que sólo podía ser reconocida en sueños y olvidada al día siguiente. ¿Quién fue el que recopiló y cavó los seis pequeños agujeros que se convertirían en un pequeño flautín de caoba? No lo puedo develar. Aunque nadie lo sabe, a decir verdad. Sólo puedo confirmarles que fue y será la mejor banda de sonidos que haya pisado la Tierra y escuchado la humanidad.

 

–Sabemos que usted pasó necesidades. ¿Guarda resentimientos contra alguien o algo?

 

–¿Puede una hoja sufrir o caer al suelo para vivir en resentimiento porque su pelea contra el viento nunca terminó? ¿Puede una uña acompañar la caricia y el amor sin tentarse de abrir la piel y despertar el grito y el dolor? ¿Qué plástico vive del orgullo de una mesa de taberna cuando escucha el reír de los ebrios y las putas golpeando su sexualidad contra el pecho de una blusa? ¿Es tener hambre? ¿Es tener sueño? ¿Es la espada la que soporta, una vez más, el peso del mundo? ¿Hay alguien que pueda responderme?

 

 

–No. ¿Cuál es su comida favorita?

 

–Langostas y cangrejos únicamente en Mykonos, no así en las islas tomadas por ese puñado de piratas irlandeses y caídos de la falda de Portugal.

 

–¿Qué artistas argentinos merecen su mayor reconocimiento?

 

–Mi esposa y reina de la estatua del pez de cabello rojo que tanto le enseñó a nuestro pueblo a sonreír, como a nuestra servidumbre a saborear y defender el orgullo de nuestro escudo familiar. Ella, como tantos otros que muestran lo que ahora aún no se comprende porque el presente lo agobia y lo ahoga para quedárselo, porque no sabe del buen morir. Estos artistas que juegan con el futuro, el pasado y el presente y las microbisagras atemporales, como quien deja caer hasta el último sonido, una pelota de ping-pong.

 

–¿Sabe cocinar?

 

–En el mundo del espectáculo sólo existe una persona capaz de cocinar guiso de lentejuelas. Yo soy. Y también puedo crear “tu inolvidable jalea de naranjas amargas”, y jugar con relamerme las cucharas de madera de las que suelo arrancar pedazos de lo que sea y me venga en gana.

 

–¿A quién le hubiese gustado espiar?

 

–En lo que hoy se llama “adolescencia” solíamos ir a un descampado, cerca del primer castillo en Puerto Príncipe. Ahí tocábamos música a todo volumen para que las hijas de otros se acercasen encantadas por el sonido. Ya las espiábamos cuando las veíamos venir. No traían canastas ni mucho para lucir. Esas tardes de verano, jugando a lanzarnos agua, terminábamos en un pequeño tanque, un reservorio para los caballos, lleno de agua fresca y siempre verdina y pura. Ahí nos bañábamos desnudos y salíamos del lugar en busca de cañas de azúcar para chupar y chupar hasta dejar secos sus tallos. Ahí se espiaba cómo su boca, la de la dulce Ruby, se llenaba de dulce y saliva y reía como una chancha. Y echaba su cabello hacia atrás o se lo quitaba de la cara en un solo gesto rápido, sabiendo que al verla moriría por penetrarla con la misma delicadeza con que los pistilos asoman dentro de una flor.

 

–¿Si tuviese un colador gigante, quiénes quedarían en él?

 

 

–Las redes siempre fueron objetos desagradables, invasoras y casi dueñas de la molestia. Sin duda no usaría un colador para otra cosa que no fueran metales preciosos o pepas de oro.

 

 

–¿Qué elementos de la vida cotidiana conspiran contra el riesgo del artista?

 

 

–Las mayúsculas (N. de la R., Pettinato escribe en mayúsculas), el odio a primera vista, la pasión por los helados, el frío de pelar papas, las bolsas llenas de mercaderes, la lástima y cualquier cosa que levante una tormenta.

 

 

–La cobardía afecta a quienes son conscientes. Es decir, Maru Botana no le tiene miedo a nada. ¿A qué le teme usted?

 

 

–La cobardía es uno de los principios fundamentales de la moral, la aceptación y la buena mesa.

 

 

–¿Qué parte de su cuerpo le gustaría que fuera más grande?

 

 

–Todo el cuerpo en su totalidad. Nadie querría tener un dedo más grande que su propio culo.

 

 

–¿Qué opina de los videoclips?

 

 

–¿Tengo la necesidad de que mi imaginación sea dirigida también? ¿Tengo necesidad de que alguien me explique las palabras y el contenido? Por Dios, amigos, una cosa que sirve para que olvide la otra y así sucesivamente. ¿Qué sentido tiene?

 

 

–¿A quiénes de los denominados malos del mundo le gustaría convertir al bien?

 

 

–Es necesario el mal para que el bien pueda regenerar y soñarse vivo. Así y todo, el bien puede morir o sentir la agonía de las ideas que quedaron entre yuyos y tierra adentro.

 

 

–¿Qué opina de Greenpeace o de Unicef?

 

 

– Qué no deberían permitir jamás que los artistas usen esos buzos y remeras tan espantosas. 

 

 

–¿Su color favorito?

 

 

–El azul profundo, el maní y la piel de los tiburones que nunca fue ni un gris ni un perla.

 

 

–A todos nos ilusiona la caída de Europa. ¿Mientras Latinoamérica crece, el mundo se equilibra?

 

 

–Sólo si mueren norteamericanos (risas).

 

 

–¿Qué opina del boxeo femenino?

 

 

–Es el mejor deporte soft porn hecho para hombres a los que nos gusta verlas transpirar. Siempre hemos considerado al boxeo femenino como la antesala de una postura sexual que no podría ni siquiera descubrir, pero que alguna vez tendrían que hacer de pronto, en medio de una transmisión en vivo.

 

 

–¿Qué le haría mejor al mundo?

 

–La guerra y la paz son el equilibrio perfecto. Como la distancia al mirar un cuadro, como los que hablan de magnitudes. Como las aves comestibles, como los plazos anuales y el primer orden. Como una renta y como corporaciones que se ramifican y no te dan nada.

 

 

–¿Cómo le gustaría morir?

 

 

–Elevándome como un cometa jalado por familiares y amigos que sin querer se dan cuenta de lo que amaron mientras cruzaban una avenida y la cuerda se corta. Yo subo a los cielos y alguno de ellos cae debajo de un autobús. 

 

 

Placeres, ilusiones y fantasías de un monarca

 

 

–¿Sin qué le gustaría vivir?

 

 

–Sin oxígeno. Toda la vida lo odié, así como también a la atmósfera. Es irritante y condicionante. Sólo sirve para que mis animales puedan pastar y ser sacrificados para vender su carne. De eso vivimos todos y sólo por eso lo respeto.

 

 

–¿Qué es la independencia en un ser?

 

 

–Es hacer lo que quieren los demás. Son los lutos de una viuda y los merecidos azotes sobre  la cara de un idiota.

 

 

–¿Le hubiese gustado construir una casa?

 

 

–Construí mis propias casas palmo a palmo, entregando mis manos al cemento y viéndolas arder por la cal. Algunas fueron perfectas, otras cayeron al instante. No siempre la combinación es la correcta. Ahora voy a por una torre con vista al firmamento. Ahí viviré, dejando por detrás una larga cabellera de zorros, nutrias y cuero quemado.

 

 

 

 

 

 

 

   Tamara Pettinato, hija mayor de Roberto, fue la princesa elegida para interpelar al Rey. La única que puede domarlo.

 

 

 

   “En el mundo del espectáculo sólo existe una persona capaz de cocinar guiso de lentejas. Yo soy. Y también puedo crear tu inolvidable jalea de naranjas amargas”. 

 

 

 

 

 

 

 

–¿Qué es injusto?

 

 

–Que los imitadores de Elvis estén vivos y él muerto. 

 

 

–¿Qué le genera el pueblo árabe y su ausencia de paz?

 

 

–Tienen mucha paz. Que no los dejen es el problema. ¿Qué tal si hablamos de otros pueblos cercanos que tienen ansias de poder?

 

 

–¿Le gusta el pasto?

 

 

–El pasto es una de las sensaciones más hermosas, aparte de lamer un clítoris de alta sociedad. El pasto húmedo y su olor… ¡Dios mío!

 

 

–¿Cuál es su película favorita?

 

 

–The Kingdom, una serie de Lars von Trier.

 

 

–¿Cree que merece un mayor reconocimiento en el mundo de la música?

 

 

–¿Mundos dominados por escritorios? ¿Mundos de pequeños empleados ascendiendo a gerentes y nombrando éxitos con los dedos? ¡Oh, no! No es para mí. Prefiero pisar vasos de plástico y romper algunos parkings.

 

 

–¿Quiénes son los enemigos de las sociedades?

 

 

–Los que así lo han querido.

 

 

–¿Con qué se ilusiona?

 

 

–Con que las patillas de los lentes queden en equilibrio y con que no me echen siempre la culpa cuando soy un ser libre, con su historia como todos los demás, que no nació para ser atrapado ni condenado a muerte. Puedo refugiarme en lo que quiera porque para eso sirve el pasado. Para volver ahí y olvidarlo todo; ahora nadaré y lo haré bajo el agua. Lo mejor.