Sylvia Plath era una poeta extraordinaria, pero también una desequilibrada que terminó su vida metiendo la cabeza en el horno. Erasmo de Rotterdam escribió un libro sobre la insana mental que hoy se lee como un texto de humor. Pero si de lunáticos se trata, nadie le llega a los talones al gran Hamlet.

Antes de quitarse la vida, Sylvia Plath escribió: “Morir/ es un arte, como cualquier otra cosa./ Yo lo hago excepcionalmente bien”. Luego metió su cabeza en el horno con el gas abierto. Tenía 30 años, se había separado y alquilaba en Londres un piso donde había vivido Yeats, un guiño que a cualquier escritor le hubiera parecido prometedor. Pero no a ella, que antes de sellar la puerta del cuarto de sus hijos para que el escape de gas no los alcanzara, dejó como legado esas líneas de “Lady Lazarus”, uno de sus poemas más desgarradores, donde anticipó su suicidio en algunos de sus versos: “Pronto, muy pronto, la carne/ Que la tumba devoró/ Se sentirá bien en mí./ Y yo una mujer que sonríe/ Tengo sólo treinta años/ Y como gato he de morir nueve veces./ Esta es la número tres/ Qué desperdicio/ Eso de aniquilarse cada década”. Además de ser una excelente poetisa, Plath escribió la novela semiautobiográfica La campana de cristal, en la que el desequilibrio mental de la protagonista alude a episodios experimentados por ella misma tras la muerte de su padre (a quien le dedicó el inclemente y seguramente merecido poema “Daddy”). Sin embargo, a pesar de sus dotes intelectuales, en vida fue más conocida como “la mujer de”, ya que estaba casada con Ted Hughes, considerado ya en su tiempo como uno de los mejores poetas de su generación.

 

 

Un seductor con tendencia a la infidelidad que también fue su albacea literario y que, tras su muerte, se encargó de la edición de su poesía completa (en la Argentina cuesta conseguir la edición español-inglés, pero muchos de sus poemas están en la web). La película Sylvia, protagonizada por Gwyneth Paltrow y Daniel Craig, muestra a la pareja como una suerte de Don y Betty Drapper, los protagonistas de la serie Mad Men (la misma época, los mismos peinados) salvo que además de hornear pasteles y quejarse de las infidelidades de su marido, ella ya había pasado por varias instituciones psiquiátricas y era un genio literario con marcadas tendencias suicidas.

 

 

Que viva la locura

 

 

“Que me digan si no es preferible gozar de la locura que andar siempre ocupado buscando una viga donde colgarse”, supo decir en 1511, en su Elogio de la locura, Erasmo de Rotterdam quien, a diferencia de Plath, que a falta de una viga resistente encontró un horno donde asfixiarse, asumió la voz de la locura con alegría, celebrando los desvaríos de los entregados al sinsentido. Resulta curioso que, a pesar del estilo “pasado de moda”, o quizás precisamente por él, el clásico de Erasmo siga resultando sumamente divertido (y afortunadamente, siempre hay ediciones baratas en las librerías de Corrientes). Como cuando opone la locura a los “enojosos deberes matrimoniales”, que en su tiempo no eran producto de ningún enamoramiento delirado sino de arreglos por conveniencia, porque nadie hubiera construido algo tan importante como un linaje sobre una base tan frágil como un sentimiento.

 

 

De hecho en el siglo XVI el amor era más bien asociado a la idea de pérdida de razón, de debilitamiento, de enfermedad. Es decir, de locura. Y aunque Erasmo exaltaba sus virtudes, también daba cuenta de ese pensamiento de época: “Todas las pasiones pertenecen a la locura, el loco se deja llevar por sus pasiones en tanto que el sabio pretende menospreciarlas y seguir los dictados de la razón. ¿Y Cupido?, se pregunta. Como amigo de bromas, no razona y no hace otra cosa que locuras”.

 

 

Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos

 

 

Entre los personajes desquiciados de la literatura, quizá sea Hamlet el exponente más famoso y, seguramente, el más ingenioso. En la obra de Shakespeare, la locura de Hamlet es fingida (aunque, a decir verdad, el espectro de su padre asesinado encaja bastante bien en el repertorio de alucinaciones poco cuerdas) y su delirio es lúcido, irónico, sarcástico (¿o será que sólo los locos son capaces de decir verdades impunemente?). En uno de los tantos diálogos sardónicos que hacen de Hamlet un clásico indeleble, el personaje de Polonio le dice al protagonista: “Aunque todo es puro delirio, no deja de haber cierta ilación (…)

 

 

¡Qué ingeniosas son a veces sus respuestas! Ocurrencias felices que suele tener la locura y que ni la más sana razón y lucidez podrían soltar con tanta suerte”. También Casandra, la pitonisa de la mitología griega a quien todos creían loca (tenía el don de la profecía pero el castigo de los dioses era que nadie creyera en sus pronósticos), hizo de su supuesto desvarío una burla a la incredulidad y, tras anunciar la inminente caída de Troya sin que nadie le prestara oídos, pudo por fin hacer propio el mentado “yo te avisé”.

 

 

En el cine, el mito de Casandra aparece a menudo como arquetipo de quien tiene una visión profética que es opacada por la locura, o de quienes no logran ser comprendidos hasta que ocurre lo que venían vaticinando (como en Doce monos, de Terry Gilliam, en clave sci fi, o en Poderosa Afrodita, de Woody Allen, en registro cómico). Todos locos incomprendidos que, además, saben más que los otros. Cualquier relación con algunos cuerdos conocidos no es mera coincidencia.