Cuando un rider baja en su tabla, está leyendo lo que la ladera tiene para ofrecerle: sus curvas, sus fuera de pista, sus bosques. Por eso, fuimos en busca de los “lectores” de montañas más extremos, quienes hacen de esta disciplina un estilo de vida.

Un rider trepa a su tabla, generalmente tuneada, y no ve la hora de llegar hasta la cima de la montaña para protagonizar descensos vertiginosos esquivando rocas, provocando saltos que quedan inmortalizados en el lente de alguna cámara o simplemente deslizándose con una velocidad extrema dejando una S perfecta dibujada en la nieve virgen que, varias veces (según cuánto haya nevado), amenaza con alguna avalancha. Los riders profesionales generalmente llevan un Arva Vector (detector de víctimas de avalanchas que tiene cuatro antenas y soporte GPS) atado en la pechera. El deporte más extremo, el heliski (helicóptero que deja a los deportistas extremos en la cima de alguna montaña totalmente virgen), es el preferido de esta suerte de kamikazes de la nieve que no le temen a nada. 

 

Manuel Domínguez tiene 23 años, nació en Bariloche y desde hace tiempo que es snowboardista profesional. Aquí, nos cuenta su historia: “Mi pasión por la nieve arrancó desde muy chico. A los dos años ya mis viejos me llevaban a esquiar en su mochila, o cosas así que hace uno de niño si vive en Bariloche. O sea que ya de chiquito medio que la curtía arriba de un par de tablas de ski hasta más o menos los doce, que descubrí el snowboard. Me acuerdo que en ese momento no existía el freestyle. Había empezado a andar en skate por las calles y, un día, una amiga de mi vieja me prestó una tabla de snowboard y bajé el cerro andando de toque. Ese día me enganché a full con ese deporte”. 

 

Matías Schmitt también nació en Bariloche, tiene 21 años y es snowboarder profesional. También empezó, desde muy chico, gracias a sus padres. “Con los años me iba gustando cada vez más. Ya de más grande quería faltar al colegio, centrando cada vez más todo el tiempo posible en la nieve”, recuerda.

 

San Carlos de Bariloche, cuna del chocolate en rama y los viajes de egresados, es la ciudad anfitriona del Cerro Catedral, “el más grande de Sudamérica”. Los barilochenses suben y bajan en sus autos al cerro como quien va cada día al microcentro a trabajar, cambiando edificios por montañas. Y crecen en un entorno natural que los lleva, sin saberlo, a que el Catedral pase a ser algo imprescindible en sus vidas. “El día arranca alrededor de las 6 de la mañana, porque vivo en la ciudad y tengo algo así como media hora para llegar al cerro. ¿Cómo sería una jornada ideal? Pues que la noche anterior haya nevado sin parar para subir con amigos a hacer fotos, filmar, armar kickers, llevar pieles (la piel de foca es un elemento que metés debajo de las tablas de ski para poder caminar sobre la nieve cuando no tenés medios de elevación y acceder a lugares inhóspitos). Una vez arriba, con el sol saliendo, empezamos a divertirnos filmando saltos que después miramos juntos al final del día. Yo tengo una productora con un amigo con la que filmamos videos de deportes extremos. Lo bueno de eso es poder verte grabado y decir “¡alto truco!” o “tuve un error”. Para tener una gran performance es clave que la nieve esté buena”, cuenta Esteban.

 

A todos parece preocuparles el clima. Los riders saltan de la cama y lo primero que hacen es mirar la montaña. En función de eso, deciden cómo va a ser el día. Para Matías, si nieva por la noche es condición obligatoria irse a dormir temprano y madrugar. “Desayunar bien potente es clave para poder aguantar más allá de la vianda que llevamos en nuestras mochilas, que incluye bananas, manzanas, barras de cereales proteicas, sándwiches y agua. A las ocho y media de la mañana me encuentro con amigos riders en la base del cerro para subir nueve en punto, hora en la que abren los medios, y hacer bajadas y saltos durante todo el día. En algún momento, cuando las piernas no te dan más, hacemos un break y comemos las viandas en algún lugar copado de la montaña. Cuando los medios cierran (a las 17.30), hacemos el último de los descensos vertiginosos hasta la base y nos juntamos en alguno de los barcitos a tomar una birra para luego irnos a descansar con una sonrisa de oreja a oreja”, relata.

 

“El snowboard es no tener una casa fija en ningún lado. Todos vivimos viajando. Donde está la montaña o tu tabla va a ser tu hogar. Y eso es algo bastante característico”, dice Matías.

 

 

Todo gira en torno al snowboard para lo riders; lo demás parece adaptarse a eso. Ante la pregunta: “¿qué lugar ocupa el snowboard en tu vida?”, Matías dice: “Hoy en día es mi vida, es todo lo que hago. Todas las decisiones que tomo son con base en si voy a poder andar o no en snowboard. Viajo todo el año buscando el invierno, tratando de andar los doce meses arriba de mi tabla de snowboard”, narra con la misma pasión que sienten los surfistas profesionales que van por el mundo detrás de las mejores olas.

 

 

El caso de Manuel es diferente: él cree que, de ser un pasatiempo y una diversión, esto se fue convirtiendo en un trabajo. “Es de lo que vivo, lo que me mantiene. Principalmente es lo que me hace feliz y gracias a algunos sponsors y carreras que gano lo puedo seguir haciendo hasta que el cuerpo me diga enough”, explica matándose de risa.

 

Ante la pregunta “¿qué lugar ocupa el snowboard en tu vida?”, Matías dice: “Hoy en día es mi vida, es todo lo que hago. Todas las decisiones que tomo son con base en si voy a poder andar o no en snowboard”.


¿Cuáles son los rasgos que comparten los riders cuando se los ve desde afuera como una tribu que se viste parecido y se junta para salir a encarar un cerro? Ellos demuestran que es algo más allá del deporte; sencillamente, una actitud de vida: “Es no tener una casa fija en ningún lado. Todos vivimos viajando y donde esté la montaña más nevada junto a tu tabla de snowboard, ese va a ser tu hogar”, dice Matías. “Compartimos mucha información sobre las avalanchas, cómo viene el tiempo los próximos días, etcétera, que nos sirve para saber hacia dónde rumbear. Es más, hay páginas de Internet en las que la gente sube comentarios. Lo que se da entre los riders más que nada es buena comunicación, esa idea de progresar cada uno y ayudarse. La competencia que hay es muy sana y todos sabemos que un día se gana y otro se pierde. Lo más importante es disfrutar”, dice mientras tira el humo de un cigarro.

 

 

Este sentimiento de pertenencia empezó a crecer y a transmitirse a otras generaciones, al punto que se habla de una “cultura rider”. “Los chiquitos se visten y nos copian a nosotros y nosotros nos copiamos de los genios que vemos en videos de deportes extremos. En la Argentina la cultura recién ahora está creciendo, aunque no lo hizo del todo. Faltan muchos parques para poder entrenar, especialmente en verano”, dice Matías. 

 

 

Ser rider para muchos es sinónimo de riesgo. Para Esteban, el peligro es algo que se vive todos los días. “Por eso estoy muy a favor del uso de casco. Nuestro peor riesgo son las avalanchas. Cualquier snowboarder o esquiador que va a hacer freeride corre ese riesgo.” Para Manuel, es la adrenalina misma de ser rider: “Si no tomás riesgos a diario estás muerto. Más motivante que eso no hay nada. No sé, para eso quedate en tu casa leyendo”. Matías, en cambio, se muestra más atento a los peligros: “Es un deporte de riesgo, pero hay que ser muy precavido. Lo más lindo de cada día es cuando más adrenalina sentiste, cuando hiciste el mejor salto, la mejor curva, pasaste más cerca de una piedra… Pero siempre hay que tener cuidado y manejarte dentro de tus límites”. ¿Cuáles son los límites de cada uno? Eso es algo que responden en cada bajada por la ladera de una rocosa montaña. Aspectos que finalmente constituyen la esencia de un rider. Y disfrutar parece ser siempre el objetivo principal. “Lo que más disfruto de este deporte es la gente que disfruta este deporte. La montaña es de todos y hay que aprovecharla. Esquiar con un par de amigos fuera de pista es lo mejor”, dice Esteban. Lo que más disfruta Manuel es el día a día con sus amigos, y el entorno donde practica snowboard. “No es una ciudad, en donde el ruido te puede llegar a taladrar la cabeza. Estás con tus pares, sea un día lindo o feo. Es un deporte donde existe la calidad de vida, se puede vivir tranquilo realmente”, dice. 

 

Un deporte, un estilo de vida, una filosofía. Cualquiera de estas definiciones es válida para describir a un verdadero rider.

 

 

La jerga freestyler


Rider: persona que hace snowboard.

 

Freeride o freestyle: estilo en el que priman los saltos y la libre interpretación del rider o esquiador a la hora de bajar la montaña. No existe ninguna norma y el terreno es el fuera de pista.

 

Paquetén, paquete o pacochi: nieve fresca en abundancia.

 

Surfear o surfar: hacer snowboard.

 

Palillo o palltroqui: persona que hace esquí. 

 

Double grab: hacer dos agarres distintos en la tabla en un mismo salto.

 

Frontside: situarse de cara a la pendiente.

 

Backside: situarse de espaldas a la pendiente.

 

Halfpipe: medio tubo originario del skate pero adaptado a la nieve. Consiste en dosparedes de la misma longitud y altura enfrentadas para que los freestylers se deslicen en zigzag, aprovechando las formas.