Un experimento científico señala la existencia de dos estados fundamentales en la sustancia que da origen a todo lo conocido: la dualidad cuántica. El hombre es plenamente responsable de su dualidad, aunque prefiera hacer como que no lo sabe.

En los últimos años se tomó conciencia del extraño comportamiento de la existencia a niveles cuánticos. Los físicosque estudian los principios fundamentales de la materialidad, en un intento de discernir si La naturaleza, en los reinos de lo subatómico, tiene un comportamiento corpuscular (materia) u ondulatorio (energía), encontraron que se comporta de ambas maneras, es decir que una partícula ocupa un lugar en el espacio y tiene masa, mientras que una onda se extiende en el espacio siendo energía. El experimento científico señala la existencia de dos estados fundamentales en la sustancia que da origen a todo lo conocido; una ley física que sentencia a la dualidad como principio en todo aquello que existe en el universo.

 

Fueron los chinos quienes representaron a la dualidad simbolizada en el yin y el yang, donde los opuestos reposan en perfecto orden, se equilibran y se contienen. Nosotros también somos a la vez corpusculares y ondulatorios, una dualidad manifestada en el cuerpo físico con sus necesidades propias de la materialidad y lo sagrado como alimento para el alma. El universo, la vida, la naturaleza y los principios que surgen de la existencia tienen un orden que, se conozca o no, siempre va a estar presente y en perfecto funcionamiento. Seamos quienes seamos, vivamos donde vivamos, tengamos lo que tengamos, ocupemos la posición social que ocupemos, siempre van a actuar en nuestro favor o en nuestra contra, según actuemos correctamente o contrario a ellas. El fundamento de toda ciencia está en los principios sobre los que se basa, con este conocimiento podemos conocer las leyes del funcionamiento de la vida y los tránsitos por los caminos de lo imperfecto y lo perfecto como parte una misma búsqueda por trascender la dualidad.

 

Un experimento científico señala la existencia de dos estados fundamentales en la sustancia que da origen a todo lo conocido: la dualidad cuántica. El hombre es plenamente responsable de su dualidad, aunque prefiera hacer como que no lo sabe.

 

La superación como camino iniciático

 

La perfección no hace al maestro, y lo primero que hay que aprender en el camino a la perfección es a vivir con nuestros defectos e ignorancias, porque cuando se emprende cualquier camino hacia la virtud, uno debe ser consciente de lo que es la imperfección y haber aprendido mediante su superación. El humano es lo imperfecto y cada ser en evolución debe transitar el camino correcto para comprender que en la dualidad cuántica se refleja el derecho evolutivo del libre albedrío. Nada está determinado, todo comienza con opciones representadas en la dualidad y el equilibrio de los opuestos como compensación necesaria para vivir en un campo unificado.

 

Los pensamientos, deseos y emociones emitidos por nosotros son respuestas propias de un alma queriendo, entender la materialidad en su búsqueda por trascender, mediante la autoexperimentación vivencial. Pensamientos, deseos y emociones funcionan como incipientes partículas submateriales que todavía no se han condensado en la sustancia sólida o materialidad, pero que sin lugar a dudas, tarde o temprano, formarán aquello que denominamos “nuestra realidad”. De esta manera el universo físico que contemplamos ha sido fabricado por la actividad cerebral y anímica de la conciencia de las criaturas que lo habitan tanto a nivel colectivo como individual, en la búsqueda del espíritu por lograr trascender la dualidad que no logra comprender por provenir de una realidad única e indivisible, la singularidad del Todo. Íntimamente asociados a las pasiones y actos mentales operan ciertas unidades electromagnéticas premateriales, al modo de protopartículas energéticas que darán lugar, en su momento, a la formación de la materia convencional.

 

Lo que quiere decir es que los objetos palpables devienen de la coagulación de tales entes ondulatorios primigenios, generados por las emociones, sentimientos y el trabajo de la mente humana. El hombre es plenamente responsable de su propia dualidad, aunque prefiera hacer como que no lo sabe, es la fuente y origen de la materialización del entorno y las circunstancias en las que vive su naturaleza corpuscular, que crea y recrea a través del poder creativo de sus anhelos, fantasías y sentimientos, atributos de su otra esencia, la ondulatoria.

 

Dentro del gran ciclo de aprendizaje universal, los planos frecuenciales de existencia que conforman la tercera dimensión representan el teatro evolutivo propicio para la expresión creadora de almas imperfectas muy alejadas de la virtuosidad y maestría.

 

Debemos aprender de nuestros errores y ser conscientes y responsables de lo que aún ignoramos: nuestro poder de materialización. La sustancia primordial entreverada y cuantificada en los intersticios del océano cósmico es el pensamiento de la Conciencia Universal, que actúa como el infinito centro mental de la Totalidad.

 

La vibración ondulatoria de la Mente Divina es la primera y última sustancia con las que se ha construido el conjunto de lo real. Nosotros no somos otra cosa que un reflejo de Dios enceguecido en el olvido, encerrado entre vicios y virtudes en busca de reconectar la esencia misma del origen.

 

La mónada divina en los entes físicos

 

La energía es conciencia, cumple funciones sinérgicas y evoluciona dentro de las estructuras de la materia 3-D. Cuando alcanza una apropiada madurez como sustancia refinada en evolución, se torna menos densa y más espiritualizada, portando la información de la experiencia de vida de cada uno de los seres en evolución ubicados en otros recintos vibratorios de mayor y menor adelanto y sutileza etérica.

 

Al igual que un internet galáctico, estamos intercambiando “on line” cada uno de nuestros fracasos y aciertos. La energía y la información de cada uno de los seres evolutivos no se destruye jamás, sino que en la fase apropiada de la evolución se regenera a sí misma en cada encarnación como parte de la totalidad substancial. Un fragmento de la misma sustancia y cualidades de Dios, aunque todavía en un estadio germinal, reside en el interior de todos los elementos del universo, desde un átomo hasta el hombre, o hasta un arcángel.

 

Cada centella divina conectadirectamente con el Hacedor por medio de un rayo energético individualizado que hace las veces de teléfono rojo que no muchos escuchan cuando suena. La citada conexión de energía vincula íntima e inmediatamente al Creador con el cuantum que palpita en el abismo interior de las criaturas. Esta “sucursal” de lo Alto enriquece a cada unidad del macrocosmos donándole la fuerza divina en estado potencial, la cual cada ser debe descubrir y activar. Tales poderes suprafísicos, al principio latentes, acabarán siendo sentidos por su alma y cultivados paulatinamente por el individuo en la realidad física, a cambio de esfuerzo y de cultivar experiencia y sabiduría en el transcurso del periplo evolutivo.

 

Nada existe en realidad fuera de vos. Lo más importante en la vida es conocerse a uno mismo y comprender las verdaderas motivaciones de nuestros actos, más allá de nuestros defectos y virtudes, somos la esencia misma del Creador. La vida es un camino que conduce a la libertad, a la sabiduría y a la propia Unicidad que nos enseña que no existe un adentro y un afuera, solamente existe el estado superior de Ser.