La chica que saltó a la fama por su trabajo en una tira juvenil el verano del 98 es hoy directora, dramaturga y guionista. A los 36 años, dirigió su primera película, Desmadre, y está lista para filmar otras dos el año que viene. Diario de una mujer imparable.

 

Año 2003. Estamos en el departamento de Andy Kusnetzoff y Jazmín Stuart, el famoso conductor de televisión y la reconocida actriz que conviven juntos, como pareja, en un moderno dúplex de Palermo. Los  dos son muy amables, generosos, buenos anfitriones. Piden sushi, si n saber que no me gusta el salmón crudo, y a la hora de comer se dan cuenta de que no como. Él se preocupa, aunque no es mucho lo que pueda hacer. Ella se ocupa, se sobreocupa, y en lugar de decirme –o pensar- “si no te gusta el sushi, no es mi problema”,  insiste en ir a la cocina y tomarse el trabajo de hacer otra cosa. Deja de comer y se pone a cocinar. Y yo me siento terrible, pero asombrado de la gran persona que acabo de descubrir. Esa actitud, asumo, define la manera de ser de Jazmín. 

 

Nueve años después hablo con ella para coordinar esta nota y lo primero que hacemos es preguntarnos por nuestras ex parejas, que nos acompañaban aquella noche del sushi fallido. Jazmín arranca: “Con Andy somos bastante amigos”. Yo en general quedo amiga de las personas con las que salí. O por lo menos siempre es mi intención, el otro de repente no accede, pero yo siempre trato. Para mí, cuando tuviste una relación con alguien, y más si conviviste, es un tesoro que alguien te conozca tanto y vos conocer tanto a alguien. El feedback que podés establecer con esa persona es tan valioso que para qué descartarlo, me parece ridículo. Andy es una persona muy generosa, y cada vez que yo estoy haciendo algo de laburo que quiero comunicar, siempre me da espacio.

 

Y si yo puedo darle una mano a él con algo, siempre se la voy a dar”. Después, Jazmín me cuenta que tuvo un hijo, Manuel, de tres años y medio. Y que se casó con Mauricio, el encantador  psicólogo y chef al que también conocí en una comida posterior en la que, obviamente,  no hubo sushi. 

 

– ¿Cómo la cambió la llegada de su hijo Manuel? 


–Ser madre no te desborda, simplemente te cambia las prioridades. Por suerte hay algo instintivo que te va enseñando cuál es el camino, qué decisiones tomar. Al mismo tiempo, estás aprendiendo sobre la vida todo lo que no aprendiste desde que naciste. Es como si hicieras un máster acelerado en qué es lo importante en la vida. Todo el tiempo tu hijo pasa a ser un indicador de cuál es la prioridad, y te dejás de enroscar con otras cosas que no dan. Te animás a hacer cosas que antes no hacías por miedo, a decir cosas  que antes no decías.

 

– ¿Qué se animó a hacer, por ejemplo?

 

–Mientras mi hijo iba a un salón de juegos, a mí me quedaba un tiempito para esperarlo en el pasillo, y fue ahí donde escribí el guión de una de las películas que voy a filmar el año que viene. Nunca hubiera lo grado concretar tan rápidamente la escritura de un guión, y sin embargo es a sensación de tener que exprimir el único  hueco libre que tenía me potenció muchísimo. Por eso no creo que un hijo venga a generarte un desbarajuste: al contrario, te ordena los tiempos y la energía.

 

– ¿Qué desea para él?

 

–Me gustaría que esté conectado con lo que le guste, que pueda descubrirlo y que le ponga garra a eso. Tiene que encontrar algo que lo apasione, porque ese es un motor en la vida muy grande. 

 

–A esta altura de su vida, ¿prefiere la dirección a la actuación?

 

– Estar atrás o adelante de la cámara es parte de lo mismo, porque lo que me gusta es contar historias. De chica escribía cuentos, historietas. A los 12 años empecé a tomar clases de teatro, y todo lo narrativo me atrapa muchísimo. 

 

– Entonces, ¿ahora el plan es seguir actuando y dirigiendo?

 

–Voy a hacer  las dos cosas. Para mí estar en un set ya es un estado ideal, porque observo mucho, no sólo lo que me toca a mí, sino el trabajo que desempeñan los demás.

 

–¿Cuándo descubrió ese deseo por dirigir?

 

–Yo me había recibido de la carrera de Dirección de Cine, y enseguida empecé a trabajar como actriz de manera ininterrumpida, entonces nunca había podido conectar con eso. Estaba haciendo una tira diaria en prime time, Verano del 98, que funcionaba muy bien, pero en un momento comencé a asfixiarme. Sentí que estaba trabajando en automático, en un espacio donde no se podía profundizar, donde no había ningún tipo de reflexión. Me empecé a sentir muy atrapada, a ver que no quería estar más ahí, y mis deseos se cumplieron. Me quedé sin trabajo, con mucho tiempo libre, recién separada, en medio de la nada, como en una nebulosa, encontrándome conmigo misma a la fuerza. Ahí me acordé de lo mucho que me gustaba escribir, lo que había disfrutado la carrera de Dirección, y escribí una obra de teatro que estuvo dos años en cartel. A partir de ese momento tuve una carrera de perfil más bajo, pero en donde pude profundizar mucho más.

                                               

                                            

“Ser madre no te desborda, simplemente te cambia las prioridades. Por suerte hay algo instintivo que te va enseñando cuál es el camino, qué decisiones tomar. Al mismo tiempo, estás aprendiendo sobre la vida todo lo que no aprendiste desde que naciste”

–Y ahora la encontramos dirigiendo su primera película.

 

–Sí , tuve la oportunidad de codirigir Desmadre, mi primera película en el terreno de la dirección. Y fue todo un desafío, pero me animé. Estoy contenta de haber empezado algo que siempre quise hacer. El cine es una disciplina en la que si no filmás nunca vas a aprender. Se pueden leer todos los libros, ver todas las películas, pero si no estás ahí teniendo que resolver, no aprendés.

 

–¿Cuál fue el obstáculo más importante con el que se encontró? 


–Lo más crítico en este momento en la Argentina es el tema de la distribución y la exhibición. A nivel producción hay distintas maneras, se hace cine más independiente o más comercial, con el apoyo del Incaa, sin el apoyo, pero a la hora de exhibir la película, es un sistema que está muy cerrado todavía.

 

–¿Se debería cambiar algo desde el Estado?

 

–La legislación es complicada, en el lapso de una semana una película argentina tiene que atraer a determinada cantidad de público, y si no ya se la empieza a sacar de cartel. 

 

–¿En qué medida la frustra eso? 

 

–Lo que me preocupan son ciertas contradicciones que se dan. El Incaa funciona como ente regulador y tiene que controlar que estas leyes  se cumplan y que las salas exhibidoras les den a la s películas argentinas el lugar que se merecen y está dictaminado por ley. El problema es que a veces ese trabajo de fiscalización no está del todo bien hecho, entonces son los directores los que tienen que hacer el trabajo de recorrer las salas para asegurarse de que su película esté exhibida de la manera correcta, que los banners estén colgados , que los trailers se estén proyectando en las salas. Ahí hay una contradicción que involucra a cualquier argentino, porque cuando el Incaa otorga un subsidio, es dinero de la Argentina, entonces lo lógico sería que después, al momento de la exhibición, defienda esa misma película que subsidió , para que el dinero de los argentinos llegue a buen puerto y rinda, y esa película pueda ser vista por mucha gente, porque en definitiva fue una inversión de todos. ¿Para qué estamos pagando películas si después no nos encargamos de que puedan ser vistas?

 

–¿Qué le produce la televisión?

 

–Pasé tres años sin cable, sin ver tele. Me parecía que entre la tanda publicitaria, los noticieros sensacionalistas y los programas de chismes, la cabeza de uno se llenaba de tanta información inútil, que me cansé.

 

–Al trabajar en ambientes tan diversos, ¿fue víctima de los prejuicios?

 

–Siempre me sentí sapo de otro pozo. Cuando egresé de la Universidad de Cine y me puse a trabajar en una serie juvenil todos me miraban con cara rara. Después, cuando me puse a escribir y dirigir teatro, en ese ambiente también me miraban raro. Y ahora de nuevo, soy la actriz que se mete a dirigir una película. Hay prejuicio, pero no me molesta, porque siento un convencimiento muy fuerte adentro de mí. De por qué hago lo que hago, de la humildad con que lo hago. Voy con pasos cortos pero seguros, y no tengo problema en preguntar algo cuando no sé, no me preocupa no saber.

 

–¿ Cuáles son sus vicios?

 

–No tengo ningún vicio de sustancias, todos los que tuve los fui dejando. Sí tengo vicios de carácter. A veces soy muy explicativa, no tengo poder de síntesis, siempre pienso que el otro no va a terminar de entender lo que quiero decir, y eso es un vicio, porque siempre me planteo dejar de hacerlo y no puedo.

 

–¿Y una virtud?

 

– No sé cómo decirlo, pero tengo algo relacionado con el sentido común y con el registro del otro. En situaciones de crisis o de disputa creo que tengo la facilidad de poder mediar, escuchar, traducir y colaborar en algunas situaciones críticas desde ese lugar. Llamar al sentido común, esa sería mi gran virtud.

 

“Con Andy somos bastante amigos. Yo en general quedo amiga de las personas con las que salí. O por lo menos siempre es mi intención”.