Los cuatro años que transcurren entre los Juegos Olímpicos hoy representan el enlace de una antigua tradición deportiva con el mayor deseo del mundo contemporáneo: el establecimiento definitivo de la paz entre las naciones.

 

Los Juegos Olímpicos eran considerados la mayor festividad de la antigua Grecia, duraron más de mil años y se realizaban en honor a los dioses.

 

Durante la celebración, las guerras se suspendían temporalmente con el objeto de que los guerreros, quienes eran también deportistas, pudieran participar en las competencias.

 

Este acto de suspensión de toda contienda bélica era conocido con el nombre de “paz olímpica” o “ekecheiria”, y la ciudad de Olimpia tenía el estatus de zona neutral, llegando eventualmente a ser el lugar en el cual se realizaban las negociaciones de paz. Inspirada en esta noble tradición olímpica, la Asamblea de las Naciones Unidas, en noviembre de 2003, declaró que siendo el olimpismo una filosofía de vida que exalta y combina en un conjunto armónico las cualidades del cuerpo, la voluntad y el espíritu humano, el Comité Olímpico Internacional revitalizara la tradición de la tregua olímpica para contribuir a la búsqueda de soluciones pacíficas y diplomáticas para los conflictos que asolan al mundo. Hoy en día, la tregua olímpica se mantiene como una expresión de los hombres de edificar un mundo basado en las reglas de la competición leal, la humanidad, la reconciliación y la tolerancia. La tregua olímpica representa el enlace de esta sabia tradición con el más buscado deseo del mundo contemporáneo: el establecimiento definitivo de la paz entre las naciones, la cooperación internacional y el entendimiento entre todas las culturas y razas humanas que habitan el planeta. Hasta la fecha, más de 20 mil personalidades del mundo han apoyado la declaración a favor de la paz y la unidad. En 1987 se fundó una red común denominada Amphictionie, conformada por 81 ciudades y regiones hermanadas, que apoya y pone en práctica la antigua iniciativa olímpica. Actualmente la Fundación Internacional para la Tregua Olímpica (Fito) es la organización encargada de promover los valores del acuerdo y es representada por una paloma que lleva en el pico una rama de olivo o “kotinos”. 

 

El propósito y el logro como camino de reencuentro con el Creador


Desde siempre el ser humano demostró enormes capacidades para acceder a los logros más difíciles. La humanidad tiene frente a sí misma no sólo el desafío de sobrevivir a las amenazas de guerras entre naciones hermanas (que pueden motivar la futura falta de recursos y las crisis económicas), sino que también se está viendo enfrentado a su épica misión de esgrimirse como el mensajero del amanecer de una nueva era, la cual se sustenta en la posibilidad de la regeneración espiritual como un ejercicio accesible para todo hombre que estuviese dispuesto a ver las cosas como realmente son, esencialmente divinas. Los dioses ya no están en el Monte Olimpo, somos nosotros los que tenemos que competir contra nosotros mismos, honrar nuestra propia divinidad y escapar del temor al futuro que hoy parece presentarse como una meta difícil de alcanzar. El ser humano compitió demasiado en pos de satisfacer a sus dioses, cuando las competencias eran alternadas con sacrificios y ceremonias en honor a Zeus (cuya estatua se alzaba majestuosamente en Olimpia) o a Pélope, el héroe divino y rey mítico de Olimpia, famoso por su legendaria carrera de carros y en cuyo honor se celebraron infinidades de contiendas. El haber competido en honor de los dioses significó una sublime participación física para doblegar las leyes de gravedad, la resistencia ofrecida por los vientos, las distancias, la voluntad humana regida por una especie de ética divina manifestada en cada una de las disciplinas olímpicas. Para el atleta olímpico, la observación de los ritmos y patrones que emergían del anima mundi, de la naturaleza, servían como un mapa para descifrar las unidades más profundas contenidas en el deporte como una manifestación y expresión de nuestra propia conexión con el todo, en la que la unión entre el Cielo y la Tierra quedó inmortalizada en frases como aquella que anuncia que “grandes cosas suceden cuando los hombres y los dioses se encuentran”. Como el “anthropos” del conocimiento gnóstico, que establece que la naturaleza es el cuerpo, y la divinidad el alma, siendo que la materia que se manifiesta en lo físico y lo espiritual es la fuerza superior que le da vida.

 

Es el Gran Hombre al cual refiere el Zohar, el libro central de la corriente cabalística, que describe al hombre como réplica del Universo, que sintetiza en su humanidad la grandeza de la creación, el enlazador del micro y el macrocosmos. Los antiguos Juegos Olímpicos representaban el desafío del hombre en pos de recordar y reivindicar el poder de los dioses incorporado en la genética humana, un fragmento del ser eterno e infinito, que se materializa en la división, la amnesia como ilusión que nos hace creer en el separatismo de la divinidad. Una separación que nos condujo a dividir al ser único en múltiples divinidades para intentar comprenderlo; una visión que nos lleva, aún en la actualidad, a la competencia y la rivalidad como parte de esta fragmentación de la Unidad, la cual, en su olvido de sí mismo, ha llevado al atleta a competir por la atención de los dioses. 

 

La paz y la unidad, la Olimpíada evolutiva. 

El pulso prístino de conciencia, el mismo que es anhelado por muchos en variados métodos de búsqueda que se hallan en la moderna espiritualidad (y que la mayoría no puede aún siquiera concebir), debe ser alcanzado como una medalla dorada olímpica, en la más noble de las misiones humanas: compartir el más preciado bien que disponemos, la autosuperación, el amor, la compasión, la paz y la voluntad por competir con nosotros mismos para vencer al más temible adversario, nuestra propia ignorancia y separación interior.

 

Debemos así servir de enlace entre ese mundo interior personal y este mundo exterior que todos compartimos. La evolución es una olimpíada por volver al origen. Tal como nos muestran las variadas creencias místicas, maestros ascendidos y divinidades, tras haberse librado de la rueda del karma (ese loop existencial que retarda nuestra eventual implosión hacia la unidad), alcanzaron la iluminación, la paz interior, y una vez partido de este plano, regresan a participar en nuestra realidad desde las dimensiones superiores, para servir como guías y maestros que impulsan al despertar de las personas. Las verdades infalibles que pregona la tregua olímpica nos recuerdan el poder humano cuando logra trascender su letargo ilusorio, para volver a reintegrar su naturaleza segmentada y retornar a la unidad original. Y precisamente esta redención es al estado al que la “paz olímpica” nos invita –una reconexión con la divinidad sin necesidad de intermediarios–, en particular de instituciones y de competencias bélicas que tanto nos alejaron de nuestro real logro. Si bien este despertar puede ser llevado a cabo sólo por la propia voluntad humana, con la confianza de que estamos diseñados para reintegrarnos al todo, lo cierto es que a través de la tregua olímpica espiritual y la paz con uno mismo el hombre puede purificar su naturaleza y alcanzar el logro que le permita trascender uno de los desafíos evolutivos más difíciles de la historia planetaria. Y es allí la olimpíada más difícil en la que todos competimos por la superación de nosotros mismos, para alcanzar nuestra propia divinidad. Sólo así honraremos al Dios único.