El café San Bernardo es el nuevo fenómeno 24 horas de la ciudad. Gente de todas las generaciones se reúnen a jugar a algo Crónica de una aventura ping-pongística que invita a descubrir una cara diferente de la ciudad y a rescatar una parte de nuestra historia lúdica. 

 “Café San Bernardo cumple 100 años el 20 de agosto de 2012. Es un café donde venían los abuelos, siguieron los padres y después  los nietos. Era un café barrial pero después trascendió Villa Crespo. Vienen de todos lados acá”. Carlos (dueño).

 Yo juego al ping-pong hace mucho porque practico varios deportes desde que soy chica. Pero la alegría que me dio saber que podía juntarme con mis amigos a jugar al pingpong un día de semana en Buenos Aires no se compara con la de hacer ningún otro deporte. Me acuerdo que encontré un pequeño anuncio con la convocatoria en una web y mandé un e-mail general a todos mis amigos: “¿Quién se suma? Yo estoy”, y así avanzamos un grupo de quince personas a un lugar desconocido que todavía no tenía nombre, solamente una dirección: Av. Corrientes 5436. Alguno de sus anuncios online declaran “Abierto las 24 horas – Café – Bar – Billares – Pool – Ping-pong – Ajedrez – Dominó, Bares y Cafeterías”; 4 estrellas; otros muestran su logo; otros anuncian “el tradicional Café San Bernardo, en Villa Crespo, está abierto toda la noche y es ideal para aquellos deportistas nocturnos que quieran combinar una partida de cartas o un duelo de billar o de ping-pong con un buen vermucito”. No soy de tomar vermucito, pero me consideraba una deportista y, en ese momento, una flamante deportista nocturna.

“Los principios del tenis de mesa son oscuros y no se sabe con certeza cuándo se practicó por primera vez. Podemos decir que este deporte surgió en Inglaterra, cerca de 1870, como una derivación del tenis. Ante un clima adverso, los jugadores de tenis inventaron una especie de tenis en miniatura”.

“Juego semejante al tenis, que se practica sobre una mesa de medidas reglamentarias, con pelota ligera y con palas pequeñas de madera a modo de raquetas. «Bola de ping-pong» (chino:, pinyin: pīngpāng qiú) es el nombre oficial del deporte en China”. Wikipedia.  

 

Así que partimos en grupo y con ansiedad a disputar nuestro primer torneo metropolitano de ping-pong. Todavía recuerdo la sensación que me dio el lugar al entrar: una barra larga a la derecha, un techo descascarado y en fuga, miles de mesas de paño verde. 
 

Al fondo, se vislumbraba una masa de gente que le pegaba a pelotitas naranjas que iban y volvían, mientras otros con carpetas y micrófonos anunciaban nombres y rogaban que se respetaran los números, porque si no iba a ser difícil llevar adelante el evento. A pesar de nuestra ansiedad inicial, habíamos llegado un poco tarde. La categoría de avanzados estaba cerrada y la de principiantes, quizás remitiendo a su misma esencia, tenía la flexibilidad de recibir más adeptos.Nos anotamos todos. En ese momento, Marina, mi amiga más promotora del evento, me persuadía a anotarme en la de avanzados, con una confianza ciega en mí y la ilusión de ganarnos vales para jugar gratis para toda la vida. La situación me intimidaba, veía chicos de todos los tamaños pegarle muy bien a la pelota.Finalmente Marina logró su misión y la chica del micrófono anunció mi nombre en la categoría de avanzados. El primer partido fue contra otra chica y eso hizo que no me sintiera tan sola. Un público mixto, lleno de cineastas, publicitarios, marcas de jeans conocidas, peinados pensados y cervezas de litro, miraba atento. La primera instancia había sido superada. En el entretiempo, me transformaba en hincha de otros partidos mientras miraba de reojo la marea ping-poner a y lo que se estaría transformando en un fenómeno deportivo y urbano.

 

Carlos, de unos cuarenta y pico, es hace más de veinte años el dueño del café que se fundó en el año 1912. Su padre empezó a trabajar en el año 62 hasta que falleció muchos años después. Carlos trabajó junto a su padre desde los 18 años, y luego de su muerte, continuó y lleva así 24 años al frente. “Acá estamos, atravesamos todos los momentos, desde lo que ya sabemos hasta la llegada de la democracia.” Durante toda la charla, Carlos tiene una pequeña hoja de papel y, con una prolijidad destacable, anota los pedidos. Los mozos salen de la cocina y de atrás de la barra con bandejas de cervezas, maníes, pebetes y hasta alguna pizza. Ninguno le canta los pedidos ni los valores pero Carlos sabe, haciendo buen uso de la memoria del oficio, que valor le corresponde a cada cosa.“Te sabes todos los precios de memoria?”, le pregunto, y me dice que no, pero en una columna sigue anotando “$33,00”, “$42,00”, “$15,00”. Veinticuatro anos, todos los días de cada semana, mas de diez horas por día anotando estas cosas. Supongo que debe ser eso.

“James Gibb sugirió el nombre de ping-pongalafirmaJohn Jaques Ltd., la cual lo registró. El nombre viene por el sonido de ping que hacía la pelota de celuloide al impactar con las raquetas recubiertas en pergamino y el sonido pong al contacto de la pelota con la mesa.”

                             

Carlos no vive en el barrio, viaja veinticinco minutos atravesando la ciudad para pasarse entre 12 y 14 o hasta “20 horas”, me dice con orgullo, que fue su máximo record al frente del bar. Cómo surge la idea de hacer un bar de juegos, le pregunto, pensando quien habrá sido el fundador lúdico del San Bernardo. “En los primeros años era billar, después, en los años 80, se implemento el pool y unos años después, el ping-pong. Siempre estuvo basado en juegos de mesa: domino, dados, cartas, ajedrez, hace un par de anos se impuso el buraco porque la gente lo pedía. Siempre tuvo formato de 24 horas y hay diferentes grupos a lo largo del día: esta la gente que viene a jugar al domino, la que viene a almorzar, la que viene a jugar al billar y los que vienen a jugar a las cartas.

 

Ahora hay un grupo de jóvenes que se armo en Facebook y viene los martes, esos son los más pibes. Hay un grupo de gente grande también y ya sabemos como es el tema con la gente grande. La semana pasada perdí tres clientes. Gente de setenta y pico de años.”

 

Le pregunto a Carlos si el nombre remite a algo y me cuenta que “en las primeras elecciones al distrito lo nombraron San Bernardo por la parroquia del barrio”. El mismo distrito que hoy lo reconoce como un café “emblemático” desde que fue “declarado de interés general para el barrio de Villa Crespo, integrado al circuito turístico y cultural”. Pienso en lo de “interés general” y pienso en todo lo que hoy el bar contiene: gente de todas las edades, juegos de todo tipo y todo en formato 24 horas, las mismas 24 horas que son las que le dan la impronta de bar para todos y todas. Desde mi inscripción al campeonato hasta hoy, hubo una renovación escenográfica. Desafiando el mito le pregunto a Carlos hasta dónde va a ceder el San Bernardo en su estilo “histórico y barrial” frente a la presión de estar tan a la moda. Carlos se ríe y me dice: “Vamos a ver, pero un cambio era necesario, no se hizo algo modernoso pero bueno, se trató de solucionar sin darle un cambio brusco. La idea de poner las bolas colgando es por la pelotita de pingpong y para que haya buena iluminación porque la gente se quejaba de que no la veía y acá viene gente grande también a jugar”. Ahora me ofrece algo para tomar y le pregunto si hay alguna comida típica. “Acá el boliche se caracteriza por la sandwichería. El sándwich de milanesa es impresionante, el fiambre en general, el de salame y queso. A medida que pasan los años uno se va amoldando a lo que le van pidiendo. Un plato típico, típico: hígado a la veneciana, mondongo, todo eso se sirve al mediodía. A la noche sale mucho pizza porque la gente nos pedía pizza y no nos quedó otra que hacerla.”

 

En ese momento entran tres chicas agitadas, parecen llegar tarde a una cita acordada. Están bastante abrigadas y el cambio de temperatura las hace transpirar. Le hacen una pregunta al mozo de la barra y como no sabe la respuesta grita: “Carlos, las chicas quieren saber si hay algún otro pingpong por acá cerca”, y Carlos responde rápido “Hay otro en avenida San Martin y Juan B. Justo. Las chicas se consultan entre ellas hasta que la más transpirada dice: “Era si o si sobre Corrientes” y repregunta: “.Este es el único, no?” y el dice: “No hay otro”.

Desde mi banco, veo ese lugar como no había visto a ningún otro. El juego como ocio y esparcimiento claramente nos reconecta con una forma de felicidad bastante perfecta. Eso es lo que me confirma Carlos cuando le pregunto como definiría el la filosofía del San Bernardo, responde: “Siempre se destacó por ser un lugar en donde la gente viene a desconectarse de su vida habitual, hay gente que me dice que prefiere venir acá que ir al psicólogo”. De eso no tengo duda, y a pesar de que en la segunda ronda vuelvo a ganar, no tardo en enfrentarme a un adversario duro que en la tercera ronda me descalifica. Disfruto igual la posibilidad de jugar con gente que conozco aunque un poco frustrada por desilusionar a una que en secreto me dijo: “Ojalá ganes vos así reivindicas a las pibas”. Quizás, me queda una cuenta pendiente y en la próxima edición pueda reivindicarme como deportista nocturna.